«Dios me había hecho sentir que tenía un plan
para mí en estas vacaciones,
que compartir
con la gente de Avellaneda
me iba a hacer muy plena»

El Señor tenía un regalo para mí

Llegué a Avellaneda con la convicción de que el Señor tenía un regalo para mí en esta misión. Mis ganas no acompañaban. Mi afectividad y salud tampoco. Los miedos tampoco me daban libertad. El Señor empezó a hacer su obra mucho antes de subirme al colectivo. Muy cuidadosamente fue preparando cada paso: despojándome de todo aquello que desde que nací fue brindándome seguridad (mis médicos —me fui con una muela dolorida—, mi familia —que no quería que vaya—, mis proyectos de familia en plena construcción con mi novio, etc.) Tuve que ir dándole pequeños "Sí" al Señor, a pesar de que mis sentimientos no acompañaban. Simplemente me lancé por convicción.

Él me había hecho sentir, un día al volver de mi retiro anual, que tenía un plan para mí en estas vacaciones, que compartir con la gente de ese lugar me iba a hacer muy plena. Este sentir interior fue el que me sostuvo en mi decisión. Fundamentalmente el Señor me fue invitando a confiar en su cuidado, el que sólo Él tiene por mi vida.

Así llegue a la misión. Enseguida me encontré con una comunidad de hermanos que me reflejaron (con sus gestos, cuidados, oraciones y servicio) el amor de predilección que Dios tiene por mí. Me sentía cuidada por Dios en ellos. El Señor, liberándome de todos los miedos que traía, fue haciendo su obra en mí en esos días. Me enseñó a descansar en mi servicio. Mis exigencias y activismo suelen confundirse con el amor cada ver que se me invita a participar de algún servicio, además de mezclarse con mis otras tareas cotidianas. El Señor me mostró que sólo bastaba mi disponibilidad, que el impulso de su Espíritu se ocupaba de conducirme, y que no requería de un esfuerzo extra de mi parte. También me enseñó a descansar en el servicio del hermano, especialmente cuando me correspondía a mí, y ellos salían a mi encuentro, acompañándome.

Me fue de mucha sanidad el vínculo con mis hermanos varones. Las heridas que la historia fue dejando en mí hacían que tienda siempre a cierta desconfianza, lo que no permitía que me dejara amar por ellos.

Por todo esto, fui experimentando, con mucha alegría, la necesidad de vivir en comunidad para la plenitud y desarrollo de la vida. El Señor fue enseñándome a amar al otro tal cual es, experimentando que hasta con nuestra naturaleza más rebelde podemos salir al encuentro del otro y servirlo tal cual somos. Sentía que se hacía carne en mí el llamado de Dios a servirlo tal cual soy, inclusive con mis límites.

Por otra parte, el Señor me mostró su especial presencia en los niños. Organizados los servidores para anunciarles el Amor de Dios a estos pequeños, nos sorprendía el anuncio de ellos a nosotros. Se nos hacían carne las palabras de Jesús: «El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe a aquel que me ha enviado» (Mc 9,37).

En esta misión también sentía que el Señor me invitaba a poner toda mi vida a su servicio. Como psicopedagoga, me invitaba a encontrarle sentido a la rebeldía de aquel niño que no quería bajarse del árbol, de aquella niña que tantas veces nos preguntaba si estaba lindo su dibujo, o de aquella otra que, llorando, nos pedía que la escucháramos. El Señor me invitaba a dejar de separar mi trabajo de mi servicio, a poner mis dones y aquello para lo que me formé, a su servicio (algo que aún hoy le pido me ayude a comprender en su totalidad).

El Señor cumplió su promesa en mí. Fue ocupando cada espacio vacío con su amor. En ello, creo yo, radica la plenitud de la vida. ¡Gloria a Dios!

Jesús es la Esperanza que este mundo desconoce

Nadina M.
Rosario

La misión se llevó a cabo del 3 al 14 de enero de 2009 en Avellaneda, Santa Fe (Diócesis de Reconquista).

© El Movimiento de la Palabra de Dios, una comunidad pastoral y discipular católica. Este testimonio puede reproducirse a condición de mencionar su procedencia.