«Desde el momento
que me bajé
del colectivo
en Avellaneda,
me di cuenta de que
mi lugar era ahí,
que el Señor
me había puesto
en el lugar correcto y que había estado bueno eso de aceptar los planes
del Señor»

Llevar la buena Noticia

Desde siempre me costó aceptar los planes que el Señor tenia para mí, pero cuando recibí su llamado a misionar no lo pensé dos veces y dije SÍ.

Luego de aceptar y ya acercándonos a la fecha de la misión, mi cabeza se llenó de dudas: ¿qué voy a decir en las visitas? ¿Qué hago con mi naturaleza impaciente? ¿Y si hace mucho calor? ¿Y si me descompongo? ¿Y si no me llevo bien con los otros misioneros? ¿Y SI NO SIRVO PARA ESTO? Dudas, dudas y más dudas llenaron cada espacio de mi mente, crecieron los nervios y ya me estaba volviendo insoportable. Pero en mi corazón, el SÍ que antes había dado aumentaba día a día.

Desde el momento que me bajé del colectivo en la Terminal de la ciudad de Avellaneda, me di cuenta que mi lugar era ahí, que el Señor me había puesto en el lugar correcto y que había estado bueno eso de aceptar los planes del Señor.

La primera gracia recibida reconozco que fue la convivencia comunitaria, que aún sin conocerme los hermanos siempre me sostuvieron; todos los días reinó un ambiente de mucha paz, mucha alegría y mucho amor fraterno. Compartir mi vida con misioneros de diferentes lugares, de diferentes realidades de camino comunitario, de diferentes estilos de vida y edades (pero con el mismo carisma y el mismo amor). Me ayudó mucho para trabajar mi naturaleza humanamente impaciente; me sirvió también para dejar a un lado un poco lo que yo quiero y aceptar la propuesta del otro. Convivir con estos hermanos me ayudó para empezar a valorarme un poco más, para dejarme amar por el Señor y por la gente que tengo a mi lado.

Cada visita que realizábamos era dar un paso hacia la humildad que nacía en mi corazón; era necesario que yo disminuyera para que Él creciera en mí y yo poder transmitir su amor a quienes no lo conocían. Ahí comprendí que era el Espíritu Santo el que ponía palabras en mi boca y el que guiaba mi corazón a tener gestos amorosos con las personas a las que visitábamos.

Sentía admiración por la gente del barrio Don Pedro desde el primer día, porque me impresionó la alegría con que nos recibieron y la capacidad de dar sin pedir nada. Nunca nos cerraron las puertas, todos los días se acercaban con algo a la Capilla, ya sea un pan o fruta o hielo; lo poco que tenían lo daban (yo creo que tenían la certeza de que se les iba a devolver con creces en amor). Comprendí ahí que la gente que menos tiene es la que más da, y eso animó mi corazón a dar, a entregar cada minuto de mi vida al hermano que más lo necesita, entregar sin esperar nada a cambio.

Cada día que pasaba el Señor iba conquistando mi corazón un poquito más, y fue en el primer encuentro que tuvimos con los niños en que amé el Servicio al que me había llamado el Señor. Asistieron a este primer encuentro alrededor de 130 niños, y aunque la situación fue desbordante y agotadora, mi corazón se enterneció al comprender que lo que ellos sólo necesitaban era un poco de amor, sólo eso. Ver esas caritas mirando desde la ventana de la cocina de la capilla todos los días o esperando en la puerta sólo para ver a sus "profes" (como ellos nos decían) llenaba mi corazón de alegría, porque lo único que buscaron siempre fue un poco más de amor, amor que quizás no recibían durante el resto del año.

Me sorprendió la fe fuerte que tiene la gente en el Señor, y aunque quizás no esté en sus hábitos el asistir al templo, la mayoría cree firmemente en Él.

Me animó muchas veces a continuar con la misión el amor que recibí de todos, pero sobre todo la gracia fundacional que tienen los jóvenes de Avellaneda (SF), la insistencia de encontrar un lugar como iglesia, la sed de formar parte de un grupo de oración, me animaba a recordar mi Iniciación y en esos momentos amaba al Señor y daba gracias por su entrega para mí, por cuidarme desde siempre, por darme hermanos con los que caminar y en los que apoyarme. Siento que el Señor fue madurando mi corazón en un proceso que continúa en el año, y que sé que cuento ahora con dos comunidades para eso y que mi corazón tiene nuevos lugares donde reposar.

Siento que el Señor fue conquistando de a poco mi corazón, animándome a amigarme con mi ser. Él me revelaba que soy su instrumento y que, aunque a veces me sienta sin ganas para anunciarlo, cuento con personas que me levantan una y mil veces. Y una vez más me convenzo de que NO PODEMOS CALLAR LO QUE HEMOS VISTO Y OÍDO.

PADRE, HOY ME PONGO EN TUS MANOS Y A TU SERVICIO
PARA LLEVAR A LOS HOMBRES LA BUENA NOTICIA,
SÓLO CUENTO CON TU AMOR VIVO EN MI CORAZÓN.
TE PIDO QUE ME GUÍES
Y QUE ME SIGAS PROTEGIENDO DEL MAL. AMÉN
.

Jesús es la Esperanza que este mundo desconoce

Samy
Paraná, Entre Ríos

La misión se llevó a cabo del 3 al 14 de enero de 2009 en Avellaneda, Santa Fe (Diócesis de Reconquista).

© El Movimiento de la Palabra de Dios, una comunidad pastoral y discipular católica. Este testimonio puede reproducirse a condición de mencionar su procedencia.