«El amor que
no puede sufrir
no es digno de
ese nombre»













«Alguien debe orar y sacrificarse por los que no lo hacen.
Si no se estableciera
ese equilibrio espiritual
la Tierra sería destrozada
por el Maligno»

«Nada posee Clara,
nada le pertenece;
como lirio del huerto
libre respira y crece.
Nada toma
en su mano,
nada de aquí fenece;
pobre, en la cruz
se abraza con Cristo
que padece.
Nada de lo que fluye
su párpado estremece;
Clara mira
y escucha al Verbo
que acontece»

Reseña biográfica de santa Clara de Asís, fundadora (1193-1253)

Nace en Asís, Italia, en 1193. Su padre Favarone Offeduccio es un caballero de los más ricos y poderosos de esa época. Su madre Ortolana, descendiente de familia noble y feudal, es una mujer muy cristiana, de ardiente piedad y de gran celo por el Señor. Desde sus primeros años Clara se ve dotada de innumerables virtudes y aunque su ambiente familiar pide otra cosa de ella, siempre desde pequeña es asidua a la oración y mortificación. Siempre muestra gran desagrado por las cosas del mundo, y gran amor y deseo por crecer cada día en su vida espiritual.

Cuando su corazón comprende la amargura, el odio, la enemistad y la codicia que mueven a los hombres a la guerra, comprende que esta forma de vida es como la lanza afilada que un día traspasó el corazón de Jesús. No quiere tener nada que ver con eso, no quiere otro señor más que el que dio la vida por todos, Aquel que se entrega pobremente en la Eucaristía para alimentarnos diariamente. El que todo lo cambia y todo lo puede, aquel que es puro Amor.

Renace en ella un ardiente amor y un deseo de entregarse a Dios de una manera total y radical. Ya en ese entonces se oye de los Hermanos Menores, como se llaman los seguidores de san Francisco. Clara siente gran compasión y gran amor por ellos, aunque tiene prohibido verlos y hablarles. Cuida de ellos y les provee enviando a una de las criadas. Le llama mucho la atención cómo los frailes pasan su tiempo y sus energías cuidando a los leprosos. Todo lo que son y hacen le llama mucho la atención y se siente unida de corazón a ellos y a su misión.

Su conversión hacia una vida de plena santidad llega al oír un sermón de Francisco. En 1210, cuando Clara tiene 18 años, Francisco predica en la Catedral los sermones de Cuaresma; al oír sus palabras «éste es el tiempo favorable… es el momento… ha llegado el tiempo de dirigirme hacia el que me habla al corazón desde hace tiempo… es el tiempo de optar, de elegir…», siente una gran confirmación de todo lo que venía experimentando en su interior.

Durante todo el día y la noche, medita aquellas palabras que calan en lo más profundo de su corazón. Esa misma noche decide comunicárselo a Francisco y no dejar que ningún obstáculo la detenga en responder al llamado del Señor, depositando en Él toda su fuerza y entereza. En secreto va a buscar a Francisco para pedirle que la instruya en el modo de lograr la perfección cristiana. Él le dice que hay que desprenderse de todo, la anima a dejar la vida de riquezas y comodidades que lleva y a dedicarse a una vida pobre, de oración y penitencia. Clara sabe que el hecho de tomar esta determinación de seguir a Cristo y sobre todo de entregar su vida a la visión revelada a Francisco, va a ser causa de gran oposición familiar, pues el sólo hecho de la presencia de los hermanos menores en Asís ya estaba cuestionando la forma de vida tradicional y las costumbres que mantenían intocables los estratos sociales y sus privilegios. A los pobres les da una esperanza de encontrar su dignidad, mientras que los ricos comprenden que el Evangelio bien vivido expone por contraste sus egoísmos a la luz del día.

Clara se fuga de su casa el 18 de marzo de 1212, un Domingo de Ramos, empezando así la gran aventura de su vocación. Se sobrepone a los obstáculos y al miedo para darle una respuesta concreta al llamado que el Señor ha puesto en su corazón. Llega a la humilde capilla de la Porciúncula donde la esperan Francisco y los demás hermanos menores, y se consagra al Señor. De rodillas ante Francisco, Clara promete renunciar a las riquezas y comodidades del mundo y dedicarse a una vida de oración, pobreza y penitencia. Francisco, como primer paso, toma unas tijeras y le corta su larga y hermosa cabellera rubia, y le propone un tosco hábito.

Días más tarde Clara se traslada temporalmente, por seguridad, con las monjas benedictinas, ya que su padre, al darse cuenta de su fuga, sale furioso en su búsqueda con la determinación de llevársela de vuelta al palacio. Pero la firme convicción de Clara, a pesar de su juventud, obliga finalmente al caballero Offeduccio a dejarla. Días más tarde, Francisco, preocupado por su seguridad dispone trasladarla a otro monasterio de benedictinas situado en San Angelo. Allí la sigue su hermana Inés, quien fue una de las mayores colaboradoras en la expansión de la Orden y la discípula predilecta de Clara. La sigue también su prima Pacífica, su hermana menor Beatriz, su devota tía Bianca y su propia madre Ortolana.

«En los años en que se encontraba con Francisco para aprender de él el camino de Dios, Clara era una chica atractiva. El Pobre de Asís le mostró una belleza superior, que no se mide con el espejo de la vanidad, sino que se desarrolla en una vida de amor auténtico, tras las huellas de Cristo crucificado. ¡Dios es la verdadera belleza! El corazón de Clara se iluminó con este esplendor, y esto le dio la valentía para dejarse cortar la cabellera y comenzar una vida penitente. Para ella, al igual que para Francisco, esta decisión estuvo marcada por muchas dificultades. Aunque algunos familiares no tardaron en comprenderla, e incluso su madre Ortolana y dos hermanas la siguieron en su elección de vida, otros reaccionaron de manera violenta. Su huida de casa, en la noche del Domingo de Ramos al Lunes Santo, fue una aventura» (Benedicto XVI).

Francisco hace que Clara se vaya a vivir junto a la Iglesia de San Damiano en Asís, en una pobre y humilde casita. Muchas chicas más se dejan atraer por esa vida de oración y recogimiento, y así pronto la casa se llena de mujeres dedicadas a la santidad. Cuando se trasladan las primeras hermanas a San Damiano, Francisco pone al frente de la comunidad a Clara, como guía de las damas pobres. Al principio a ella le cuesta aceptarlo pues por su gran humildad desea ser la última y la servidora, esclava de las esclavas del Señor. Toda la vida trata de renunciar al puesto de superiora y dedicarse a ser una sencilla hermana de segundo orden. Pero con verdadero amor asume la carga que se le impone: entiende que es el medio de renunciar a su libertad y ser verdaderamente esclava. Por cuarenta años será la abadesa del convento, y las monjitas no aceptan a ninguna otra en su reemplazo mientras viva; es que su modo de ejercer la autoridad es muy agradable y lleno de caridad. Así se convierte en la madre amorosa de sus hijas espirituales, sirve la mesa, lava los platos, atiende a las enfermas llena de comprensión y misericordia, siendo fiel custodia y prodigiosa sanadora de las enfermas. Hace los trabajos más costosos y da amor y protección a cada una de sus hijas. Busca cómo lavarle los pies a las que llegan cansadas de mendigar el sustento diario. Lava a las enfermas y no hay trabajo que desprecie pues todo lo hace con sumo amor y suprema humildad.

«Sin el apoyo del obispo Guido, difícilmente se habría podido realizar el proyecto ideado por Francisco y realizado por Clara, tanto en la consagración que hizo de sí misma en la iglesia de la Porciúncula en presencia de Francisco y de sus hermanos, como en la hospitalidad que recibió en los días sucesivos en el monasterio de San Pablo de las Abadesas y en la comunidad del Santo Ángel de Panzo, antes de la llegada definitiva a San Damiano. Así, la historia de Clara, como la de Francisco, muestra un rasgo eclesial particular. En ella se encuentran un pastor iluminado y dos hijos de la Iglesia que se confían a su discernimiento. Institución y carisma interactúan estupendamente. El amor y la obediencia a la Iglesia, tan remarcados en la espiritualidad franciscano-clariana, hunden sus raíces en esta bella experiencia de la comunidad cristiana de Asís, que no sólo engendró en la fe a Francisco y a su "plantita", sino que también los acompañó de la mano por el camino de la santidad» (Benedicto XVI).

Si hay algo que sobresale en la vida de Clara es su gran mortificación. Debajo de su túnica, como prenda íntima, usa un áspero trozo de cuero de cerdo o de caballo. Su lecho es una cama compuesta de sarmientos cubiertos con paja. Por su gran severidad en los ayunos, las hermanas de Clara, preocupadas por su salud, informan a Francisco quien interviene con el obispo ordenándole comer, cuando menos diariamente, un pedazo de pan que no fuese menos de una onza y media. «Hay quienes no rezan ni se sacrifican; hay muchos que sólo viven para la idolatría de los sentidos. Ha de haber compensación. Alguien debe orar y sacrificarse por los que no lo hacen. Si no se estableciera ese equilibrio espiritual la Tierra sería destrozada por el Maligno».

   

Clara acostumbra pasar varias horas de la noche en oración para abrir su corazón al Señor y recoger en silencio las palabras de amor del Señor. Muchas veces, en su tiempo de oración, se la podía encontrar cubierta de lágrimas al sentir el gran gozo de la adoración y de la presencia del Señor en la Eucaristía. Cuando Clara sale del oratorio, su semblante irradia felicidad y sus palabras son tan ardientes que mueven y despiertan en las hermanas ese ardiente celo y encendido amor por el Señor.

A los pocos años ya hay conventos de clarisas en Italia, Francia, Alemania y Checoslovaquia. Y estas monjitas hacen unas penitencias muy especiales, inspiradas en el ejemplo de su santa fundadora que es la primera en dedicarse a la penitencia. No usan medias, ni calzado, se abstienen perpetuamente de carne, y sólo hablan si las obliga a ello alguna necesidad grave o la caridad. La fundadora les recomienda el silencio como remedio para evitar innumerables pecados de la lengua y conservarse en unión con Dios, y alejarse de dañosas distracciones del mundo, pues si no hay silencio, la mundanalidad se introduce inevitablemente en el convento.

Cierta vez, cuando sólo tenían un pan para que coman cincuenta hermanas, Clara lo bendice y, rezando todas un Padrenuestro, parte el pan y envía la mitad a los hermanos menores y la otra mitad se la reparte a las hermanas. Aquel pan se multiplica, dando abasto para que todas coman. Clara dice: «A Aquel que multiplica el pan en la Eucaristía, el gran misterio de fe, ¿acaso le faltará poder para abastecer de pan a sus esposas pobres?»

Siguiendo las enseñanzas y ejemplos de su maestro Francisco, Clara quiere que sus conventos no tengan riquezas ni ingresos de ninguna clase. Para ella la Santa Pobreza era la reina de la casa. Y aunque muchas veces le ofrecen bienes para asegurar el futuro de sus religiosas, no los acepta. Al Sumo Pontífice, que le ofrece unas rentas para su convento, le escribe: «Santo Padre: yo anhelo la absolución de mis pecados, pero le suplico que no me absuelva ni me libre de la obligación que tengo de ser pobre como lo fue Jesucristo». En 1228 obtenía del Papa el "privilegioum paupertatis" de vivir totalmente de limosnas.

A quienes le dicen que hay que pensar en el futuro, les responde citando las palabras de Jesús: «Mi padre celestial que alimenta a las avecillas del campo, nos sabrá alimentar también a nosotras». Para Clara la pobreza es el camino para alcanzar más perfectamente la unión con Jesús. Este amor por la pobreza nace de la visión de Cristo pobre, el Redentor y Rey del mundo nacido en el pesebre. Aquel que es el Rey y, sin embargo, no tuvo nada ni exigió nada terrenal para sí, y cuya única posesión era vivir la voluntad del Padre. La pobreza alcanzada en el pesebre y llevada a su culmen en la Cruz. Cristo pobre, cuyo único deseo fue obedecer y amar.

   

Cuando en 1234 el ejército de Federico II devasta el valle de Espoleto, los soldados, preparándose para el asalto de Asís, escalan los muros de San Damiano de noche esparciendo el terror entre la comunidad. Clara se levanta tranquilamente de su lecho de enferma, y tomando el copón de la pequeña capilla junto a su celda, hace frente a los invasores, que ya habían apoyado una escalera en una ventana abierta. Conforme ella va alzando en alto el Santísimo Sacramento, los soldados que van a entrar caen de espaldas como deslumbrados, y los otros que están listos para seguirlos inician la huida. Debido a este incidente, santa Clara es generalmente representada portando un copón.

Estuvo enferma 27 años en el convento de San Damiano, pero soporta su enfermedad con paciencia heroica. En su lecho borda y hace costuras, y ora sin cesar. El Sumo Pontífice la visita dos veces y exclama: «Ojalá yo tuviera tan poquita necesidad de ser perdonado, como la que tiene esta santa monjita». Cardenales y obispos van a visitarla y a pedirle consejo. San Francisco ya había muerto, y tres de los discípulos preferidos del santo, fray Junípero, fray Ángel y fray León, le leen a Clara la Pasión de Jesús mientras agoniza. Ella repite: «Desde que me dediqué a pensar y meditar en la Pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo, ya los dolores y sufrimientos no me desaniman sino que me consuelan».

«Oh Dios, bendito seas por haberme creado». Estas fueron las últimas palabras de una gran mística  llena de alegría y de amor  a Dios y a los hombres.   El 11 de agosto del año 1253, a los 60 años de edad, y tras 41 años de ser religiosa, se va al gozo del Padre, dos días después de que su Regla sea aprobada por el Papa. En la Basílica de Santa Clara hoy encontramos su cuerpo incorrupto y muchas de sus reliquias. Las religiosas clarisas son 18.000 en 1.248 conventos en el mundo.

Es la Patrona de la televisión, en virtud de la visión que tuvo la noche de Navidad de 1252: Clara está en su convento, de donde no puede salir por su enfermedad, pero milagrosamente puede ver (y escuchar) reflejada en la pared de su celda la ceremonia que tiene lugar en la iglesia franciscana situada a unos dos kilómetros de distancia.

Oración

Señor Dios nuestro, que concediste a santa Clara
un gran amor por la pobreza evangélica,
concédenos por su intercesión, seguir a Jesús
en la pobreza de espíritu
y llegar a contemplarte en tu glorioso Reino.
Por Jesucristo, tu Hijo y nuestro Señor.


Más información:
corazones.org enciclopediacatolica.com
fratefrancesco.org santaclaraestepa.com
franciscanos.org

Esta síntesis se ofrece instar manuscripti para su divulgación. Es una copia de trabajo para uso interno de El Movimiento de la Palabra de Dios, y ha sido depurada dentro de lo posible de errores de tipeo o traducción.