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"En la sociedad actual, a veces se considera a la persona enferma como un obstáculo fastidioso, y no se reconoce la aportación preciosa que ofrece en el plano espiritual a la comunidad. La enfermedad y la muerte no son realidades de las que haya que huir o que haya que censurar por inútiles, sino que son etapas de un camino" (Juan Pablo II, 11/2/2001). "La enfermedad ni es una carga insoportable para el ser humano ni priva al paciente de su plena dignidad como persona. Por el contrario, puede transformarse en una experiencia enriquecedora para el enfermo y para toda la familia. Tantos hermanos nuestros, además de una ayuda eficaz en los momentos delicados de su vida, necesitan sobre todo respeto, cercanía y solidaridad" (Juan Pablo II, 16/2/2001). En la hora del dolor Dios procura madurar al hombre preparándolo para el Reino. El hombre es invitado a aceptar sobre sí el dolor e incorporarse al misterio de Cristo. A participar con Jesús de la Redención, transformándose en co-redentor con Él. |
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En este sentido la persona enferma presta un servicio insustituible a la Iglesia, al pueblo de Dios. En el silencio de su dolor intercede por la salvación de los hombres, participa con su vida del misterio de la cruz. Por el sentido de su dolor, "nos sirven".
El Señor nos dice: "Hagan ustedes lo mismo", por eso como comunidad de la Iglesia y desde la gracia de nuestro carisma, desde el año 1984 un grupo de jóvenes y de adultos hemos estado acudiendo semanalmente a visitar enfermos internados en los hospitales. Buscamos acompañarlos, recibirlos en nuestro corazón, y manifestarles el Amor de Dios, que nos hace partícipes del mismo Cuerpo Místico de Cristo.
"El sufrimiento está presente en el mundo para provocar amor, para hacer nacer la obra de amor al prójimo, para transformar toda la civilización humana en la Civilización del Amor" (Salvifici Doloris).