Las misiones de verano

Misionar es adherirnos a la urgencia de Jesús y María de que los hombres se salven

«El hombre contemporáneo cree más a los testigos que a los maestros; cree más en la experiencia que en la doctrina, en la vida y los hechos que en las teorías. Por eso el testimonio de vida cristiana es la primera e insustituible forma de la misión: Cristo, de cuya misión somos continuadores, es el Testigo por excelencia (Ap 1,5; 3,14) y el modelo del testimonio cristiano. El Espíritu Santo acompaña el camino de la Iglesia y la asocia al testimonio que Él da de Cristo (cf. Jn 15,26-27)» (Redemptoris Missio 42).

La misión no es una actividad, es un estilo de vida: el del Evangelio. Es responder al envío de Jesús, «Vayan y anuncien…» (Mc 16). Es adherirnos a la urgencia de Jesús de que los hombres se salven.

Desde el año 1986, durante la primera quincena de enero, grupos misioneros de El Movimiento de la Palabra de Dios se insertan en varias misiones rurales de diócesis de la Argentina. Para cada año, se proponen un objetivo: conocimiento del lugar, promoción de líderes, formar la comunidad, etc.

Para participar en las misiones de verano es necesario cultivar determinadas aptitudes que ayudan a dar mayor cauce a la gracia:

  • Inquietud por el anuncio de la Palabra.
  • Docilidad y escucha al Espíritu.
  • Actitud de servicio, de disponibilidad, capacidad de compartir y trabajar en grupo.
  • Sencillez en los vínculos, capacidad de encuentro.
  • Capacidad de insertarse en la cultura de la zona.
Viajar hasta los confines de la Tierra para manifestar la solicitud misionera

Juan Pablo II nos dice: «se es misionero ante todo por lo que se es, en cuanto Iglesia que vive profundamente la unidad en el amor, antes de serlo por lo que se dice o se hace» (RM 23). «Desde el comienzo de mi pontificado he tomado la decisión de viajar hasta los últimos confines de la Tierra para poner de manifiesto la solicitud misionera; y precisamente el contacto directo con los pueblos que desconocen a Cristo me ha convencido aún más de la urgencia de tal actividad» (RM 1).

«El compromiso misionero de la Iglesia constituye, también en este comienzo del tercer milenio, una urgencia que en varias ocasiones he querido recordar. La misión está aún lejos de cumplirse y por eso debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio. Todo el Pueblo de Dios, en cada momento de su peregrinar en la historia, está llamado a compartir la 'sed' del Redentor (cf. Jn 19,28). Los santos han advertido siempre con mucha fuerza esta sed de las almas que hay que salvar. Es necesario promover con valentía la misión 'ad gentes', partiendo del anuncio de Cristo, Redentor de cada criatura humana. Contando con la intercesión de la Virgen, la Iglesia ofrece a Cristo, pan de la salvación, a todos los pueblos, para que lo reconozcan y lo acojan como único Salvador» (mensaje para el Domingo Mundial de las Misiones 2004).

«Toda comunidad cristiana nace misionera, y el amor de los creyentes a su Señor se mide precisamente según su compromiso evangelizador. Podríamos decir que, para los fieles, no se trata simplemente de colaborar en la actividad de evangelización, sino de sentirse ellos mismos protagonistas y corresponsables de la misión de la Iglesia» (Benedicto XVI, mensaje para el Domingo Mundial de las Misiones 2007).


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