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La tilma de Juan Diego

El mensaje de Guadalupe se recoge especialmente de la tilma de Juan Diego. En ella está la imagen de María que el Señor del cielo y de la tierra ha querido dejar grabada para los pueblos latinoamericanos.

San Agustín decía: "para el que quiera creer tengo cien pruebas; para el que no quiere creer, no tengo ninguna". Porque a la fe no se llega como a una certeza matemática: "dos más dos son cuatro". En ese orden no hay ateos... Pero en el orden de la fe sí, porque la fe, a pesar de las certezas que la avalan, exige un acto de libertad: buscar y querer creer.

María eligió un signo sobreabundante para convencer al obispo. Las flores recogidas fuera de estación y de lugar geográfico. Pero añadió algo que no fue tanto para el prelado cuanto para las generaciones futuras. La tilma o ayate de Juan Diego y la imagen estampada en ella. María ve y mira más allá de los sucesos históricos. Como Señora de la Humanidad, obra con perspectiva y proyección histórica. Vamos a ver estos dos signos con que Dios presenta sus maravillas a través del accionar de María en la historia de la Iglesia como historia de Salvación.

La tilma

La tilma es la manta de Juan Diego. En ella recogió flores según el mandato de María y en ella quedó impresa la imagen mestiza de María. Inexplicablemente ha perdurado en el tiempo y a diversas pruebas en su historia, como son, quedar ilesa después de la explosión de una carga de dinamita o resistir una mancha causada con ácido nítrico.

El ayate, tejido de fibra de magüey, tiene una duración de unos 20 años; pero en el caso de la tilma guadalupana no sólo perdura por más de 450 años, sino que está extraordinariamente suave, hasta el punto de que durante muchos años los expertos pensaban que era de palma silvestre, que da un tejido más suave.

La imagen

Su característica: la presencia de María en el momento en que Juan Diego le presenta al obispo el signo de las flores, quedó milagrosamente plasmada en la tilma de su mensajero.

Lo primero que se puede apreciar es que María adopta un rostro mestizo, signo de la futura "raza" mejicana.

Luego, su vestimenta está llena del lenguaje simbólico afín a la cultura indígena del lugar. María no se presenta como ajena o distante de la población indígena, sino próxima como una madre que es también Señora del cielo.

Podemos señalar algunos detalles de su vestimenta:

  • El vestido con una variedad de corazones, montes y flores, asume el valor de la tierra, la naturaleza y la creación.
  • El manto estrellado representa el cielo que abraza y cubre la tierra. Un estudio de las estrellas descubrió que representan las constelaciones según figuraban el día 12 de diciembre de 1531, miradas como desde fuera de la bóveda del cielo.
  • María es madre, está embarazada. Una pequeña flor de cuatro pétalos —el tonali— para la mentalidad indígena representa la morada de Dios. Esta flor está sobre el vientre de María, que como en su visita a Isabel, indica que es portadora de Dios. Además, el cinturón de la cintura es característico de una mujer que va a ser madre.
  • Su vientre es luminoso porque en ella resplandece la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.
  • Su gesto de adoración la muestra mirando y contemplando el misterio de salvación que trae en su vientre.
  • Los cuatro brazos de la cruz que lleva al cuello, para la mentalidad azteca representan las cuatro direcciones de la tierra, y tiene una dimensión de plenitud universal.

El modo de realización

El doctor Franyutti, uno de los investigadores de la imagen de Guadalupe, dice en su estudio, "El verdadero y extraordinario rostro de la Virgen de Guadalupe": "para dar luminosidad y volumen a un rostro por lo menos hay que utilizar dos colores, uno claro y otro oscuro para las sombras. Pero en el rostro de la Virgen no hay una sola sombra pintada. Las cejas, el borde de la nariz, la boca y los ojos no son otra cosa que la misma tela, carente de todo color superpuesto, con todas sus manchas e irregularidades, pero utilizadas con tal maestría que parecen perfiles extremadamente bien dibujados. Todos los rasgos no son más que aberturas de la tela, manchas e hilos gruesos. Por ejemplo, el perfil que forma la nariz no es sino la misma tela que termina en hilo grueso en lo que es la punta de la nariz. Esos rasgos denotan una técnica superior a la humana, ya que la forma con que han sido utilizadas las imperfecciones de la tela, no tiene explicación lógica: de lo burdo se obtuvieron efectos delicados y de las manchas, hoyos e hilos gruesos del ayate, unos rasgos finísimos, sin haber puesto un gramo de pintura sobre ellos".

María de Guadalupe

Los ojos de la Virgen

Lo que con el tiempo y la técnica se ha ido descubriendo en los ojos de la imagen constituye algo humanamente incomprensible. Es una de las maravillas de esta revelación privada.

La imagen no ha sido pintada con mano humana. Ya en el siglo XVIII varios científicos realizaron pruebas que mostraron la imposibilidad de pintar una imagen así en un tejido de esa textura.

Richard Kuhn, premio Nobel de química, hizo análisis químicos en los que se pudo constatar que la imagen no tiene colorantes naturales, ni animales ni mucho menos minerales. Dado que en aquella época no existían los colorantes sintéticos, la imagen, desde este punto de vista, es inexplicable.

En 1979 los estadounidenses Philip Callahan y Jody B. Smith estudiaron la imagen con rayos infrarrojos y descubrieron, con sorpresa, que no había huella de pintura y que el tejido no había sido tratado con ningún tipo de técnica.

El ingeniero Aste Tönsmann, se preguntó entonces: "¿Cómo es posible explicar esta imagen y su consistencia en el tiempo sin colores y con un tejido que no ha sido tratado? Es más, ¿cómo es posible que, a pesar de que no haya pintura, los colores mantengan su luminosidad y brillantez?".

Ese investigador peruano comenzó a desarrollar su estudio en 1979. Utilizó para ello el procesamiento digital de imágenes usado por los satélites y las sondas espaciales. Agrandó los iris de los ojos de la Virgen hasta alcanzar una escala 2.500 veces superior al tamaño real y, a través de procedimientos matemáticos y ópticos, logró identificar todos los personajes impresos en los ojos de la Virgen.

En definitiva, en los ojos de la imagen de la Virgen de Guadalupe está impresa una especie de instantánea de lo que sucedió en el momento en que tuvo lugar el milagro. En el centro de las pupilas de ambos ojos se han detectado: una figura de rasgos indios sin barba, con un sombrero en forma de cucurucho, el cual extiende por delante una manta (sin duda Juan Diego), a su derecha un rostro de hombre joven (se ha supuesto ser el traductor, por estar entre el indio y el obispo; lo fue Juan González Sánchez de veintitantos años, extremeño, llegado hacía tres años, que se ordenó de sacerdote en 1534), una cabeza de anciano (del obispo Zumárraga, por su edad, cráneo y nariz vasca, calvo con cerquillo al estilo franciscano), y a su derecha otro indio casi desnudo, sentado a la usanza azteca. Detrás de Juan Diego una cara de mujer, de rasgos negros, que mira el prodigio (se confirmó después que el obispo tenía una esclava negra, a quien en su testamento concedió la libertad). Naturalmente, las computadoras también analizaron al "hombre con barba", la cual acaricia con su mano derecha (no tiene características indias, sería un español, quizás don Sebastián Ramírez de Fuenteleal, obispo de Santo Domingo, que llegó a México en octubre de 1531 como presidente de la Audiencia de la Nueva España, y muy posiblemente se hospedase en la residencia del obispo Zumárraga).

El cómo se ha realizado algo así, no es posible descifrarlo con los métodos científicos actuales. En la tilma extendida por Juan Diego no "aparecen" rosas ni imagen de la Virgen: es decir, la tilma retrató a la Virgen que estaba delante, y en cuyos ojos antes de ser retratada no podía reflejarse su retrato, éste tuvo que realizarse una fracción de segundo después de que cayeron las rosas de la tilma.

Para concluir, baste decir que el tamaño de todo el iris en la tilma, no pasa de 8 mm.

El suceso de Guadalupe nos permite constatar la atención particularizada que María tiene sobre cada pueblo o nación que la Iglesia debe misionar y convertir en discípulo de su Hijo. Desde Pentecostés, siglo tras siglo y pueblo tras pueblo está en la mirada materna y misionera de María. Ella es la Madre del Pueblo de Dios y Guardiana de su fe.