TESTIMONIO |
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La vida del mensajero Juan Diego constituye un testimonio de la acción de María en el Pueblo de su Hijo. Por designio de Dios, la madre de la historia de la salvación, decide hacerse presente en los nuevos orígenes de la historia de América. Y lo hace con su sello: una manifestación sencilla y sobrenatural (epifanía) que convoca a la población. Un instrumento que la sirve como mensajero, y un templo o lugar permanente de su presencia donde obra como dispensadora de la gracia de su Hijo. En este caso, el instrumento elegido no es un cristiano español sino un indio converso. María se manifiesta como madre de los indios y no sólo de los europeos. A Juan Diego le dirá: "¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?". María no sabe de discriminaciones y elige, con criterio evangélico, a uno de esos pequeños humildes por los que Jesús alababa a su Padre (cf. Lc 10,21). Juan Diego Cuauhtlatoatzin ("el águila que habla"), nació hacia 1474 y murió en 1548. Su vida transcurrió como la de muchos de sus contemporáneos. Contrajo matrimonio en Santa Cruz el Alto (Tlacpan), con la joven Malitzin, quien en su bautismo tomó el nombre de María Lucía. Ella murió dos años antes de las apariciones a su esposo. De fray Toribio Paredes de Benavente aprendió la doctrina cristiana, las exigencias de vivir de acuerdo con el Evangelio, y la excelencia de la virtud de la pureza y castidad. Eso lo llevó, junto con su esposa, a la decisión de vivir castamente, una vez recibido el Bautismo. Fue bautizado con el nombre de Juan Diego. Después del encuentro del Tepeyac, Juan Diego, dejó todo y obtenido el permiso del obispo, se retiró a la ermita de Guadalupe para servir a la Virgen, cuidando la casita. Así fue llevando una vida de santidad. Diariamente barría el templo y se postraba delante de la Señora del Cielo invocándola con amor. Se confesaba frecuentemente y obtuvo la gracia de comulgar tres veces por semana, cosa excepcional para un laico de entonces. Ayunaba, hacía penitencia y buscaba la soledad para entregarse a solas a la oración. Su vida espiritual se proyectaba en el servicio a la comunidad: era buscado como intercesor ante la Santísima Virgen, para que les diese buenas lluvias en sus siembras. Tenían confianza en que cuanto Juan Diego pedía y rogaba a la Señora del cielo, se le concedía. Él aprovechaba, además, su permanencia junto a la casita de la Virgen para evangelizar a quienes allí acudían. De esta forma, el testimonio de una vida íntegra alcanzada por Juan Diego en el amor a la Virgen Madre de Dios, provocó una fama de santidad reconocida por quienes entraban en contacto con él. El vidente Juan Diego no era un niño, sino un adulto: tenía 57 años. Se tiene la idea de que era un indio de humilde condición. Las tradiciones orales, en cambio, hacen pensar en un origen de nobleza (¿sería un caso como el de san José, descendiente pobre de David?). Después del encuentro con María, Juan Diego llevó vida de ermitaño y "habiendo servido a la señora del cielo durante 16 años", murió en 1548, a la edad de 74 años, año en que también falleció Fray Juan de Zumárraga. Fue sepultado en la ermita, igual que su tío Juan Bernardino. El Códice de 1548 o Códice Escalada, descubierto en 1995, ha sido considerado como el acta de defunción de Juan Diego, pues refiere la muerte del santo en 1548. "El fenómeno guadalupano —dice el P. Fidel González, historiador y experto en la figura del nuevo santo—, como hecho histórico, no tuvo discusión durante tres siglos, hasta el XVIII. En la época de la independencia de México —momento en que la población pedía la intercesión de la Virgen de Guadalupe—, un español, Juan Bautista Muñoz, prefirió interpretar la aparición como un mito. Más adelante, con el liberalismo y el positivismo histórico, muchas cosas se pusieron en duda y algunos comenzaron a reducir el acontecimiento guadalupano a un símbolo. Hoy, la documentación histórica a nuestra disposición nos lleva a dar la razón a quienes en el siglo XVII analizaron jurídicamente los hechos hasta lograr también la verificación histórica. Modernamente, el ex abad de la Basílica de Guadalupe, el sacerdote Guillermo Schulenburg, ha negado públicamente la existencia histórica de Juan Diego. Las investigaciones ordenadas para esclarecer la situación han permitido localizar a sus descendientes. Entre ellos se encuentra Raimundo Yebra Soriano, de 70 años. Al igual que su mujer de 54 años, Hilda Chávez Soriano, cuyo árbol genealógico también se encuentra con el de Juan Diego y que reivindica su identidad étnica y católica. |
Acaba de hacerse público el hallazgo de documentos oficiales manuscritos del siglo XVII sobre el primer proceso formal canónico de las apariciones de la Virgen de Guadalupe a Juan Diego. Un dato decisivo que apoya su historicidad. Los documentos contienen el proceso jurídico que inició la Iglesia el 27 de abril de 1666, en el que confirma los testimonios de más de 20 indígenas que tuvieron conocimiento de la existencia de Juan Diego. Hace pocos días, Juan Pablo II canonizó en Juan Diego, a un laico que es indio. Un indio elegido y mimado por María. En él se cumplió la promesa de nuestra Madre celestial. Juan Diego, después de la experiencia mariana vivida se hizo apóstol entre los suyos y contemplativo en María. Ella le retribuyó a su hijo Juan Diego con la santidad, según su propia promesa: "Hijito mío, yo te pagaré tu cuidado y el trabajo y cansancio que por mí has tenido. Ten por seguro que te lo agradeceré bien, te haré feliz y te glorificaré". Juan Diego acaba de ser canonizado, el 31 de julio, por Juan Pablo II en el mismo santuario de Guadalupe en México. El siguiente fue el milagro que Dios le otorgó a la Iglesia, a favor del reconocimiento de la santidad del servidor de María en Guadalupe. El milagro, que se produjo el 6 de mayo de 1990, en el mismo momento en que el Santo Padre proclamaba beato a Juan Diego, cambió la vida del entonces veinteañero Juan José Barragán Silva, toxicómano. Juan José consumía marihuana desde hacía cinco años. Aquel día, exasperado y bajo el efecto de la droga, tomó un cuchillo y se hirió ante su madre. Luego sangrando fue al balcón para tirarse. La madre intentó sujetarlo por las piernas pero él se soltó y se tiró de cabeza. Sin esperanzas, el joven fue llevado al hospital Durango de la Ciudad de México, donde fue acogido por el departamento de terapia intensiva. Lo sucedido resultó "inexplicable" también para todos los peritos médicos a quienes se les pidió el parecer. Considerando la altura desde la que se precipitó el joven (10 metros), su peso (70 kilos), el ángulo de impacto (70 grados), se ha calculado que la caída ocasionó una presión equivalente a dos mil kilos. Después de tres días, de manera instantánea e inexplicable, Juan José se curó completamente. Los exámenes sucesivos confirmaron que no tenía secuelas ni neurológicas ni psíquicas, por lo que los médicos definieron su curación como "científicamente inexplicable". La madre del muchacho, Esperanza, ha contado que justo cuando el joven estaba cayendo lo encomendó a Dios y a la Virgen de Guadalupe. Invocando a Juan Diego dijo: "Dame una prueba... ¡Sálvame a este hijo! Y tú, Madre mía, escucha a Juan Diego". El suceso de Guadalupe en México, ocurrido entre el 9 y el 12 de diciembre de 1531, es una muestra más de que María sigue atentamente la obra evangelizadora que Jesús le encomendó a la Iglesia: ir hasta los confines de la tierra y de la historia, con la promesa de: "Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo" (Mt 28,19-20). María, como Madre del Pueblo de Dios, no sólo contempla desde el cielo sino que también obra sobre la tierra. La evangelización costosa de México, después de esta epifanía mariana, se aceleró notablemente en la población indígena. En los 10 años anteriores a la aparición, los misioneros habían convertido a la fe a unos 700.000 indígenas. Después de la manifestación de María, en 7 años se convirtieron 8 millones de personas. Y la imagen guadalupana de María resultó un llamado de gracia, tanto para los indígenas como para los españoles. Y además, facilitó la integración de las dos etnias y las dos culturas. Así surgió el mestizo propio de la población mejicana, profetizado por el rostro de María en Guadalupe. De la manifestación de María podemos recoger otros dos elementos: en primer lugar, María elige un instrumento pequeño, un indio sencillo, un "pobre de Yahvé" para encargarle la osada misión de pedir un templo en su nombre. De este hecho surgirá el acontecimiento cultural y social de una nueva raza. En el mestizaje mexicano se reconcilia y se realiza la unión racial de indios y españoles. En segundo lugar, el proceso de la gestión encargada a Juan Diego tiene una clara referencia eclesial. El mensajero es enviado al obispo y María accede a darle el signo que puede disponer a fray Juan de Zumárraga en favor de lo que le pide Juan Diego. María conoce y respeta la Iglesia de su Hijo en las características y disposiciones de los hombres que la gobiernan. Ella se impone por el valor celestial de su presencia materna y de sus signos más que por el peso de una autoridad impositiva. |
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