MANIFESTACIONES MARIANAS |
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El descubrimiento y la colonización de América llevaban casi 40 años. Corre el año 1531. Españoles e indios están enfrentados. Se impone una colonización por la fuerza del poder y las armas. La colonización es también portadora de cultura y evangelización. A pesar del esfuerzo religioso y educativo de los misioneros, la evangelización se hace costosa. La conversión de los indígenas es lenta. Antes de ser asumida a los cielos, María había sido dejada por Jesús junto a su Iglesia naciente para participar de la evangelización de los pueblos y naciones. María deja Israel, acompaña a Juan a Éfeso y está en los comienzos de la evangelización del mundo. Desde Pentecostés es Madre de la Iglesia. Y como tal cuida de la Iglesia y de su misión en los comienzos y en toda su historia. Para la evangelización, ella misma interviene con gestos celestiales que, siendo sencillos, tienen la fuerza y la gracia de su presencia. Generalmente este hecho queda localizado en un Santuario desde el cual María sigue obrando un raudal de gracias. Y María, no estuvo ausente en la misión que a la Iglesia se le abría con el descubrimiento de América. Podemos ver el acontecimiento escrito por un indio culto, Valeriano, entre 1545 y 1550 en náthuatl, lengua indígena. En el mes de diciembre de 1531, un indio de nombre Juan Diego iba camino del culto cristiano. Al llegar al cerrillo Tepeyac oyó cantar deliciosamente a un conjunto de pájaros. Se paró para escuchar y oyó que lo llamaban: "Juanito, pequeño Juan Diego". Juan Diego subió al cerrito y se encontró con una Señora de presencia, hermosura y grandeza sobrenatural. La Señora se presentó y le dijo: "Sabe y ten entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen santa María, Madre del verdadero Dios, por quien se vive; del Creador en quien está todo, Señor del cielo y de la tierra. Deseo vivamente que se me erija aquí un templo para, en él, mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy su piadosa madre; a ti, a todos ustedes, los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me amen, que invoquen y en mí confien, aquí oiré sus lamentos y remediaré todas sus miserias, penas y dolores. "Y para realizar lo que mi clemencia pretende, ve al palacio del obispo de México y le dirás que yo te envío a manifestarle lo que mucho deseo: Que aquí en el llano me edifique un templo. Le contarás puntualmente cuanto has visto y admirado, y lo que has oído. Ten por seguro que te lo agradeceré bien y lo pagaré, porque te haré feliz y merecerás mucho que yo recompense el trabajo y fatiga con que vas a procurar lo que te encomiendo. Mira que ya has oído mí mandato, hijo mío, el más pequeño; anda y pon todo tu esfuerzo". Juan Diego se despidió de María y se presentó al obispo. El cual, después de escucharlo le dijo: "Otra vez vendrás, hijo mío, y te oiré despacio". Juan Diego se volvió triste y sin resultado a la cumbre del cerrillo. Por segunda vez María se hizo presente. Y después de escucharlo le dijo: "Te mando que otra vez mañana, vayas a ver al obispo. Dile que yo, en persona, la siempre Virgen santa María, Madre de Dios, te envía". Juan Diego se fue a descansar a su casa. Y al día siguiente, domingo, fue, escuchó misa y luego se hizo presente al Obispo. El prelado le dijo que "era muy necesaria alguna señal para que pudiera creer que lo enviaba la misma Señora del cielo". Juan Diego volvió a encontrarse por tercera vez con María. Y la Señora le dijo: "Está bien, hijito mío. Volverás aquí mañana para que lleves al obispo la señal que te ha pedido; con eso te creerá y acerca de esto ya no dudará, ni de ti sospechará; y sabe, hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el trabajo y cansancio que por mí has hecho. Anda, vete ahora que mañana te aguardo aquí". |
Juan Diego encontró gravemente enfermo a su tío Juan Bernardino. Por lo cual, al día siguiente quiso evitar encontrarse con la Señora, para buscar un sacerdote para su tío. Pero María se le hizo presente inesperadamente. Y después de escuchar su disculpa le dijo: "No te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella; estate seguro de que ya sanó". Y luego añadió: "Sube, hijo mío, el más pequeño, a la cumbre del cerrillo; donde me viste y te di órdenes. Hallarás que hay diferentes flores; córtalas, júntalas, recógelas; enseguida baja y tráelas a mi presencia". Al punto subió Juan Diego al cerrillo y cuando subió a la cumbre se asombró mucho de que hubieran brotado tantas variadas y exquisitas rosas de Castilla, antes del tiempo en que se dan, porque era época de heladas, estaban muy fragantes y llenas del rocío de la noche, y semejaban perlas preciosas. Luego empezó a cortarlas, las juntó y las echó en su regazo. María entonces exclamó: "Hijo mío, el más pequeño, esta diversidad de rosas es la prueba y señal que llevarás al obispo. Le dirás en mi nombre que vea en ellas mi voluntad y que él tiene que cumplirla". Juan Diego entró en la casa del obispo, se arrodilló delante de él, como las otras veces y contó de nuevo todo lo que había visto y admirado, y también el mensaje que traía. "La Señora del cielo, santa María, Madre preciosa de Dios, me mandó a la cumbre del cerrillo, donde antes la había visto, a que fuese a cortar varias rosas de Castilla. Después que fui a cortarlas, las traje abajo; las tomó con sus manos y de nuevo las echó en mi regazo, para que te las trajera y a ti en persona te las diera. Aunque yo sabía bien que la cumbre del cerrillo no es lugar en que se den flores, porque sólo hay muchos riscos, abrojos, espinas, nopales y mezquites, no por eso dudé. Cuando iba llegando a la cumbre del cerrillo, vi que estaba en el paraíso, donde había juntas todas las varias y exquisitas rosas de Castilla brillantes de rocío, que enseguida fui a cortar. "Ella me dijo por qué te las había de entregar, y así lo hago, para que en ellas veas la señal que pides y cumplas su voluntad; y también para que aparezca la verdad de mi palabra y de mi mensaje. Aquí están, recíbelas". Desplegó entonces su blanca manta, pues tenía en su regazo las flores; y cuando se esparcieron por el suelo todas las diferentes rosas de Castilla, se dibujó en ella y apareció de repente la preciosa imagen de la siempre Virgen santa María, Madre de Dios, de la manera que está y se guarda hoy en su templo del Tepeyac, que se nombra Guadalupe. Juan Diego señaló, después, dónde debía levantarse el templo y partió para ver a su tío enfermo. Al llegar, lo encontró sano y contento. El tío manifestó que había visto a María y la Señora le dijo "que cuando él fuera a ver el obispo, le revelara lo que vio y de qué manera milagrosa le había ella sanado. Y que su bendita imagen se había de llamar la siempre Virgen santa María de Guadalupe". El relato concluye diciendo: "El obispo trasladó a la iglesia mayor la santa imagen de la amada Señora del cielo; la sacó del oratorio en su palacio, donde estaba para que toda la gente la viera y admirara su bendita imagen. La ciudad entera se conmovió: venían a ver y admirar a su devota imagen y a hacerle oración. Mucho les maravillaba que se hubiese aparecido por milagro divino; porque ninguna persona de este mundo pintó su preciosa imagen". La manta en que milagrosamente quedó fijada la imagen de María de Guadalupe, era el abrigo de Juan Diego. En aquel tiempo, era de ayate, la ropa de abrigo de todos los indios pobres. Sólo los nobles, los principales y los guerreros se vestían y ataviaban con una manta blanca de algodón. |
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