TESTIMONIOS |
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Los "hijos" de María se hacen apóstoles de su Hijo. Es el caso de esta conversión por un encuentro producido con don Ángelo, creador y difusor de "Eco de Medjugorje", fallecido el 3 de marzo del año 2000.
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El que presento es el pequeño testimonio de la gran conversión que cambió mi vida; yo no era creyente, de familia atea, casado por la Iglesia sólo para complacer a mi mujer. Un día ella misma me pidió que acompañara a don Ángelo a Medjugorje como simple oyente. Rechacé decididamente sus insistencias durante más de una semana; luego, sin saber muy bien por qué, decidí ir; me despedí de mis padres "ateos", que me aconsejaron no gastar el dinero inútilmente para traer a casa "vírgenes" o "rosarios". No conocía a don Ángelo, nunca lo había visto. Salimos y tras un tranquilo viaje de 12 horas con una conversación cordial, llegamos a nuestro destino. A la mañana siguiente lo acompañé a celebrar la misa en la comunidad de los chicos ex-drogadependientes de sor Elvira. Durante la celebración, fui el único que no se arrodilló entre aquellos 75 jóvenes... Me sentí tan incómodo que, por respeto a ellos, acabé arrodillándome; era la segunda vez en mi vida que realizaba aquel gesto. Dejé a don Ángelo confesando y un seminarista me acompañó al lugar de las apariciones y allí, por casualidad, encontré una virgencita que enseguida compré para mi madre. Por la tarde, mientras acompañaba a don Ángelo por allí, me preguntó si quería confesarme. Me negué rotundamente, porque para mí la confesión no tenía ningún sentido: con calma, don Ángelo me explicó el sentido de este gran don y, por primera vez en mi vida, me confesé. Luego fui solo al monte Krizevac y allí tuve experiencias personales que me impresionaron mucho. |
A la mañana siguiente siempre don Ángelo me invitó a comulgar. Al recibir la Eucaristía sentí un gran calor en el corazón y sorprendentemente comencé a llorar descontroladamente. Sin embargo empecé a tener en mi interior reacciones negativas a todos estos hechos extraños que me estaban ocurriendo; por un lado no comprendía, por otro quería comprender a toda costa. Quien se encontraba conmigo, me repetía que mi presencia allí no era casual, sino que la Virgen me quería allí. La confusión en mi interior era cada vez mayor, entre otras cosas porque tenía que decidir si, de vuelta a casa, no iba a decir nada a nadie o iba a aceptar el cambio con las consecuencias que me traería. Después de una noche sin dormir decidí volver al monte y allí me entregué completamente a María; le prometí que si todo aquello que estaba sintiendo y que me estaba ocurriendo era verdadero, me convertiría en un testigo suyo para siempre. Comencé el camino de conversión, sentía una presencia en mi interior que me daba una gran fuerza y coraje; pero en casa, hijos y padres lo rechazaban todo. Surgían dudas, perplejidades, las dificultades para ir a misa en mi región, porque me sentía juzgado y fuera de lugar. Tuve tentaciones fuertes, sobre todo cuando estaba en el templo; y más difícil aún era vencer el poderoso impulso de blasfemar. Era el principio de una conversión, de un camino que, a pesar de las muchas y fuertes tentaciones, continúa en la alegría, en la serenidad y en la paz de quien ha encontrado al Señor; de quien quiere permanecer en Él porque sólo Él es el "deseo de mi vida".
Luciano Begotti |
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