MARÍA EN LA IGLESIA

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Nos invita a una renovación en el Espíritu

"¡Queridos hijos! Me regocijo con ustedes y en este tiempo de gracia los invito a una renovación espiritual. Oren, hijos, para que en ustedes habite en plenitud el Espíritu Santo, a fin de que puedan testimoniar con gozo a todos aquellos que están lejos de la fe. Hijos, oren en particular por los dones del Espíritu Santo, para que en el Espíritu del Amor cada día y en cada situación estén más cerca del hermano, a fin de que con sabiduría y amor superen toda dificultad.

"Yo estoy con ustedes e intercedo por cada uno de ustedes ante Jesús. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!"
(Medjugorje, 25-May-2000).

En el mensaje de abril, María nos reprendió que estuviéramos demasiado preocupados por las cosas materiales y poco por las espirituales; en este mes de mayo comienza diciendo: me alegro con ustedes y esta afirmación llena los corazones de nosotros sus hijos, de consolación, de gozo, de esperanza. Su mirada, tierna y alegre, nos abraza a todos, no por nuestros méritos sino por su amor de madre.

Este amor materno queda enseguida reafirmado cuando dice: en este tiempo de gracia los invito a una renovación espiritual. Con esta invitación vuelve a dirigirnos la llamada del mes pasado a las cosas espirituales; ella, que es realmente nuestra madre, sabe qué es lo que necesitamos y no se cansa de repetirlo. Cercana la fiesta de Pentecostés nos sugiere que oremos para que el Espíritu Santo habite plenamente en nosotros; de hecho, la vida de Dios en nosotros, la vida de Jesús en nosotros es obra del Espíritu y es posible únicamente si dejamos que el Espíritu nos invada plenamente.

María, la llena de gracia, es la única criatura humana capaz de ser completamente habitada por el Espíritu de Dios y en ella Dios asume la naturaleza humana, se hace carne. No se puede invocar al Espíritu sin dejarle espacio en nosotros; no es posible poner a Dios junto a nuestros ídolos, aunque se llamen ideales; nuestro Dios es un Dios celoso (Ex 20,5; Dt 5,9) que nos ama con su amor exclusivo, incompatible con otros amores.

¡El amor de Dios por el hombre se llama Jesús y Jesús no es sustituible por nada ni nadie del mundo! Por esto debemos preocuparnos por las cosas espirituales y no por las materiales, por esto debemos invocar la plenitud del Espíritu Santo en nosotros. Jesús, o está plenamente en nosotros o no está.

Si está en nosotros, entonces podremos darlo a los demás, seremos capaces de testimoniar con gozo a todos los que están lejos de la fe y podremos hacer posible a los otros la experiencia gozosa del encuentro con Él. Si no está en nosotros, en cambio, podremos como máximo dar algo nuestro que, aunque pueda ser útil, resulta siempre inadecuado a la verdadera necesidad del hombre.

María también nos invita a pedir en la oración los dones del Espíritu Santo para estar cada día y en cada situación más cerca del hermano. No se trata de una simple invitación a la comprensión y a la solidaridad, sino de algo infinitamente más importante. Una vez más, se trata de ser dispensadores de los dones de Dios, vehículos de su amor; se trata de llevar al hermano la salvación querida y predispuesta para él por Dios, garantizada por el sacrificio de Cristo y facilitada por la intercesión de María; se trata además de testimoniar con la vida que es posible tener experiencia de Dios ya en este mundo, en la concreción de nuestra existencia terrena; en la sabiduría y en el amor, que son dones del Espíritu, será posible superar todas las dificultades, arrancar cualquier duda, acoger y gustar la paz que deriva de su presencia y vivir en su consolación las distintas vicisitudes de la vida. Tomemos en serio esta invitación de María, trabajemos en su escuela sin cansarnos.

El Papa, en Fátima, en la homilía de la santa misa de beatificación de los pastorcitos Francisco y Jacinta, el 13 de mayo de 2000, dirigiéndose a los numerosos niños presentes, los invitó a ofrecer oraciones y sacrificios por la conversión de los pecadores y a anotarse en la escuela de la Virgen, asegurando que "se avanza más en poco tiempo de sumisión a María que durante años enteros de iniciativas personales, apoyadas sólo en las propias fuerzas" (san Luis M. Grignion de Montfort, Tratado de la verdadera devoción a María, nº 155).

En Medjugorje, desde hace muchos años, María nos exhorta, nos invita, nos instruye con paciencia infinita; tomemos en serio sus mensajes, acojamos sus invitaciones y recordemos que este tiempo de gracia puede acabar. Por esto, acojamos la invitación de María a renovarnos en el Espíritu. Ella está con nosotros e intercede por cada uno de nosotros cerca de Dios. ¿Qué es lo que esperamos todavía?

(Eco de Medjugorje nº 152)