LA REVELACIÓN PRIVADA |
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La Iglesia reconoce y acepta la presencia de una revelación privada de Dios para sus hijos. La Iglesia no sólo ha reconocido revelaciones privadas como Guadalupe, Fátima, Lourdes, La Salette, la revelación del Sagrado Corazón a santa Margarita María Alacocque, etc., sino que las celebra litúrgicamente. Es claro y expreso el reconocimiento de que la Revelación pública de la Biblia no clausura la revelación privada que Dios puede tener con sus hijos, los hombres. No hay oposición entre la Revelación pública de la Biblia y la revelación privada que debe estar en concordancia con la Palabra de Dios, las enseñanzas de la Iglesia y la vida de conversión y santificación de los fieles. Si Dios por su Espíritu habla privadamente a sus hijos, lo hace, no para revelar nuevas verdades, sino para "edificarlos, exhortarlos y reconfortarlos" paternalmente (cf. 1ª Cor 14,3). De todo lo que Dios habla a través de los hombres, sean creyentes o "cristianos anónimos" en los hombres de buena voluntad, la Iglesia, como Jesús, nos enseña a no apagar el Espíritu ni entorpecer la acción de Dios. Decía Pablo: "no desprecien las profecías —la revelación privada y carismática—: examínenlo todo y quédense con lo bueno" (1ª Tes 5,20-21). |
Es una sabia norma de discernimiento. Ella evita que los prejuicios descarten, a priori, acciones de Dios que nos obligan a tener una mirada segura y al mismo tiempo, amplia y flexible de la fe respecto de Dios. No ser nosotros más dios que Dios mismo. Es lo que les enseña también Jesús a sus apóstoles en el caso del exorcista judío que liberaba opresiones sin ser discípulo de Jesús: "Juan, dirigiéndose a Jesús le dijo: 'Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre y tratamos de impedírselo, porque no es de los nuestros'. Pero Jesús le dijo: 'No se lo impidan, porque el que no está contra ustedes, está con ustedes' " (Lc 9,49-50). El Padre no obraba sólo a través de los discípulos de Jesús; no había por qué encerrarse en un rechazo y una condenación. Esta es también la base del diálogo eclesial ecuménico. Tal vez sea práctico sintetizar todo lo dicho en una sabia expresión de Kempis en la Imitación de Cristo: "no mires quién lo ha dicho; mas bien, atiende qué tal es lo que se dijo". No interesa tanto saber quién habla sino cuánto de verdad hay en lo que dice. P. R. |
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