MARÍA EN LA IGLESIA |
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Las "grandes cosas" (Lc 1,49) no son más que el haber sido ella la madre de Dios; con ello le han sido otorgados tantos y tales bienes, que nadie es capaz de abarcarlos. De ahí provienen todo honor, toda la felicidad, el ser una persona tan excepcional entre todo el género humano, que nadie se le puede equiparar, porque con el Padre celestial ha tenido un hijo. ¡Y qué hijo! Tan enorme, que ni darle nombre puede por esta magnitud superexcelente, y se ve precisada a quedarse proclamando balbuciente que es algo muy grande, que no puede expresarse ni medirse. |
Y de esta suerte ha encerrado en una palabra todo su honor, porque quien la llama madre de Dios no puede decirle nada más grande, aunque contase con tantas lenguas como hojas y hierbas hay en la tierra, estrellas en el firmamento y arenas en la mar. Es preciso pensar muy de corazón en qué consiste eso de ser madre de Dios. Ella lo atribuye a la gracia de Dios, no a mérito por su parte. Porque, aunque no haya cometido pecado, se trata de una gracia tan extraordinaria que de ninguna manera puede haber sido digna de recibirla. ¿Qué tamaña dignidad necesitaría una criatura para ser madre de Dios?... (Martín Lutero, Magnificat, en Obras, Salamanca, 1977, p. 191). |
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