TESTIMONIOS

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De la droga a la comunidad

En Mediugorie, una joven vive en una comunidad religiosa. Nació en una familia católica, de padres creyentes, pero ella, desde inicios de su juventud sintió una especie de rechazo a todo lo que ellos hacían. En un primer tiempo, por respeto a ellos, escondió sus sentimientos; ya desde que tenía 13 años su corazón estaba lejos de ellos, de la oración y de Dios; de todo lo que, sin embargo, habían sido sus cosas más queridas.

Y llegó el día en que se lanzó hacia el país de sus sueños. Comenzó a salir con compañías, quedándose afuera hasta tarde en la noche para beber y fumar... La droga fue cosa ordinaria; dejó la escuela, se dio en cuerpo y alma a "programas de libre pensadora", así como se los ofrecían sus amigos, terminando por sumergirse en el torrente fangoso de la vida inmoral.

Lo que un día había soñado se había hecho realidad. Nadie podía ya ponerle obstáculos, ningún límite tenía sentido. Y sin embargo, en ella se arraigaba la sensación de un extraño vacío que le atormentaba sin descanso. Se volvió más nerviosa y agresiva. Tenía todo lo que había soñado pero dentro de ella no había felicidad ni satisfacción. Trató de superar la desesperación y la vacuidad dándose todavía más al alcohol y a la droga, pero la cosa se volvía más pesada.

Delante de los amigos fingía felicidad y alegría, pero en el fondo del alma lloraba por algo que no lograba encontrar. Tenía miedo de todo y de todos y no tenía fuerza y voluntad para regresar a la familia. Trató de hacerlo una vez pero las palabras fueron pocas, arrogantes y acusadoras, y se fue otra vez.

Sin embargo, "en uno de los siguientes encuentros con mis padres" —nos cuenta ella— "tuve la sensación de algo nuevo. Estaban más serenos, irradiaban algo que me parecía que era lo que buscaba. Oí entonces una palabra: Mediugorie, y después la Virgen, los mensajes, la oración, el ayuno, la paz...

"Me parecía que el corazón estaba por alcanzar algo, pero enseguida rechacé todo con un sentido de desprecio y de odio profundo.

"Regresé a mis compañías. Pero ahora mis padres soportaban más fácilmente mis salidas, se disgustaban menos y esto me hacía encolerizar más. Adentro tenía un vacío espantoso que absorbía las últimas gotas de mi alegría, me hacía fruncir el rostro y apretar los labios.

"Mis padres decidieron regresar a Mediugorie para la Semana Santa. Aunque mi mamá me rogó amorosamente, silenciosamente, me negué a ir con ellos. Partieron y yo me quedé sola en la casa.

"De repente cayó sobre mí un torrente de inquietudes. ¿Ir a dónde? ¿Qué hacer? Pensaba que había perdido la razón. En esta confusión que me invadía el corazón y el alma asomó una sola idea: ir a Mediugorie.

"Se me abría la única salida. Partí sin pensarlo mucho. Busqué a mi familia con la ayuda de un sacerdote; hablando con él le dije que en el fondo no sabía por qué estaba allá, y que no creía en Dios. Pero él, sonriendo, me dijo: "Lo importante es que estás aquí, del resto se ocupará la Virgen".

"Los primeros días me asustaron; percibía mi incredulidad, me sorprendía de los demás y me daba rabia su ingenuidad. Llegó el Jueves Santo y mi mamá me invitó a las funciones: una cosa larga y aburrida.

"Al final de la Misa anunciaron la Adoración en la capilla. Entré yo también y me arrodillé, y de repente entendí: sí, Dios existe, el amor existe, la vida es un don. Y así, a través de esos canales en los cuales últimamente corrían amargura e inquietudes, ahora regresaba la dulzura, la serenidad y la paz. Todo recomenzaba de nuevo. Los padres de familia son maravillosos; la oración es el encuentro con Dios; la Iglesia es una madre; la Virgen es la Madre de la pureza, de la bondad, del amor y de la consolación, es la Mujer que vence. Todo es nuevo. Ahora vivo en comunidad: rezo, ayuno, adoro y hago de intérprete para los jóvenes".

(Eco de Medjugorje N° 108)