MARÍA EN LA IGLESIA |
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Encarnándose en la Virgen María, Jesús se encarna también en la descendencia davídica, se encarna, podemos decir, en toda la historia santa del Pueblo de Dios. Así se asumió todo lo que esta historia encerraba de grandioso y de inacabado, todo lo que tenía también de pequeñez e incluso de mezquindad, hasta lo que contenía de pecado; la sangre de Betsabé la adúltera, de Rut la moabita, hija de dios extranjero, de Tamar que jugaba a la prostituta, de Rahab que lo era efectivamente; todos estos nombres tan humildes son glorificados en Jesús, forman parte de su genealogía (Mt 1,3-16), preparan su venida en el arrepentimiento y la penitencia; por ellos también, el Hijo de Dios queda unido a la raza humana. Por tanto si nos interesamos tan vivamente en la ascendencia davídica del Señor, no es sólo por curiosidad histórica o arqueológica; es porque a través de los rasgos de David y de sus descendientes descubrimos la figura de Jesús. |
¿Cuál es el lugar de María en esta perspectiva? Un lugar central. Por ella, en efecto, David viene a ser lo que es: abuelo de Cristo. María se halla en ese punto preciso de la historia santa del Pueblo de Dios en que la realeza de David desemboca en la historia del Logos; en ella tiene lugar el encuentro entre Dios y David; no simplemente porque ella albergó en su seno al Hijo de Dios, sino sobre todo porque lo dio a luz en su corazón, en su alma, porque ella se asoció con todo el ardor de su fe y de su amor a su maternidad davídica y divina. (L. Deiss, María, hija de Sión. Madrid 1967) |
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