LA REVELACIÓN PRIVADA |
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En la Iglesia y a partir de la Renovación Carismática, se ha puesto de relieve, dentro de la experiencia carismática, el don de profecía. San Pablo se refiere a él en el capítulo 14 de la primera carta a los Corintios, que en otra ocasión comentaremos. La consecuencia de este "don pentecostal" es la existencia de numerosos mensajes carismáticos. A ellos se suman hoy también los mensajes de tradición o procedencia mariana. ¿Qué decir ante la multitud de mensajes y de mensajeros carismáticos? ¿Cómo discernir el don pentecostal de profecía? ¿Qué aprovechamiento puede hacerse de este don y qué dificultades pastorales, espirituales y comunitarias puede acarrear? Hoy nos vamos a detener, solamente, en la fuente de estos mensajes y en algunas "dificultades carismáticas" que pueden plantearse. Todo mensaje o profecía auténtica tiene por origen a Dios y a su Espíritu Santo. Pero el canal o camino interior por el que llega puede ser diverso. Hay mensajes o profecías que tienen como fuente, la vida mística de los santos. Así podrían citarse las profecías de Ana María Taigi, la revelación del Sagrado Corazón de Jesús a santa María Alacocque, las revelaciones de Ana Catalina Emmerick, etc. A veces Dios constituye a algunas personas como videntes suyos. El vidente es testigo de una manifestación objetiva de Dios o de los santos. Tal puede considerarse a Sor Lucía en el caso de Fátima, de los videntes de Mediugorie y de Patricia Talbot en las apariciones de El Cajas (Ecuador), entre otros. A veces, junto a los videntes, otras personas participan parcial o exteriormente de la gracia de estas manifestaciones o de sus signos como en el caso de las apariciones marianas de nuestro tiempo. Otras veces, la fuente de los mensajes es la experiencia carismática en el don pentecostal de la profecía. El mensajero carismático puede también tener visiones que acompañen a los mensajes. Es importante tener en cuenta que las visiones no son apariciones; ellas pertenecen a lo subjetivo del visionario, aún como gracia. A continuación vamos a señalar tres dificultades que, en nuestro camino eclesial, pastoral y comunitario hemos recogido especialmente de la experiencia carismático-pentecostal y que pueden crear confusión. 1. Llamar vidente al mensajero carismático. Esta dificultad la hemos constatado en algunos países como Ecuador. |
La experiencia carismática es delicada en su discernimiento y requiere mucha humildad y sujeción pastoral por parte del "profeta". Tanto más que puede ser una experiencia inicial en un recién convertido como ocurre en "seminarios de vida en el Espíritu" de pocos días. También porque la persona puede ser halagada en su orgullo o vanidad por un don que le reporta consideración y valoración en la comunidad. La tentación de esta dificultad está en que los mensajeros carismáticos anhelen una Iglesia de profetas a la que el Espíritu Santo guíe por medio de mensajes. 2. Otra dificultad y motivo de confusión, que se deriva de lo anterior, es atribuirle al mensajero carismático, un rol pastoral. En este caso y debido a su supuesta conexión directa con Dios, el profeta puede creer que no necesita de otra mediación pastoral de pertenencia y discernimiento; no necesita de la Iglesia y sus pastores. Cuando una comunidad pretende ser dirigida "carismática" y no pastoralmente, se pone en camino de convertirse en secta. Tal es el caso de "Brote Nuevo" en Argentina. En realidad, la experiencia carismática no discernida realmente, puede conducir a engaños interiores y a manejos comunitarios. 3. Otra seria dificultad la constituye, no el plantear sino el querer resolver situaciones y decisiones importantes como el estado de vida (¿debo casarme o consagrarme?), donaciones económicas, cambios de trabajo o profesiones, etc. por medio de mensajes o de alguien que dice tener "discernimiento carismático". Cuando este discernimiento carismático, que depende de la "certeza de espíritu" que dice tener el carismático, reemplaza al discernimiento espiritual (vgr. Reglas de San Ignacio) o el discernimiento pastoral que se hace en base a criterios objetivos, se pueden seguir grandes males, desilusiones y frustraciones en la vida de la entrega real a Dios. Un signo de esta equivocación puede estar en el temor con que se amenaza o presiona a las personas para someterse a los mensajes y discernimiento a fin de no ir contra la voluntad de Dios y ser castigados. La falta de paz y libertad, en este sentido, no constituyen un signo del Espíritu sino de la carne. Por eso hay que tomar en cuenta estas palabras de la Escritura: "Estas doctrinas tienen una cierta apariencia de sabiduría por su religiosidad... pero carecen de valor y sólo satisfacen los deseos de la carne" (Col 2,23). P. R. |
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