Una noche, la madrugada del 17 de febrero, me desperté súbitamente. Miré el reloj: las tres. Sin entender la causa de mi insomnio, traté de conciliar nuevamente el sueño. Una y otra vuelta, otra más y nada. Prendí la luz: "¿Qué me pasa…?". Al no encontrar respuesta pensé: "Bueno, aprovecho para orar…". Y así lo hice. Un buen rato y la oración se transformó en intercesión, y se destacó una moción interior: "Orá por Fulana". Bien, así lo hice, y al rato un sueño muy grande me invadió y me dormí.
Al día siguiente, una paciente mía que sufría de una grave depresión me confesó que aquel día a las 3 de la madrugada intentó dar fin a su vida. Yo escuchaba su relato con particular preocupación, hasta que la paciente lo concluyó diciendo:
— Pero, doctor, ¡viera usted! Tuve tan presentes sus palabras de la última sesión que realmente comprendí que si tenía tanta fuerza como para quitarme la vida, también podía usarla para seguir viviendo. Y al otro día comencé a preocuparme por mi casa: arreglé mi jardín que tenía tan descuidado, limpié los vidrios, arreglé… —etc.
— Muy bien, vamos muy bien —, dije inocentemente y, dando indicaciones médicas, la cité para el jueves siguiente.
He aquí lo curioso: terminé de anotar las consignas de la entrevista y caí en la cuenta de que la paciente se llama "Fulana". Quedando patitieso y tembloroso, no hice más que alabar a Dios por haber sido testigo del poder de la comunión de los santos, de la oración con poder de los miembros de Cristo, los unos por los otros.
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Dr. Luis S. |
© El Movimiento de la Palabra de Dios, una comunidad pastoral y discipular católica. Este testimonio fue inicialmente publicado por su Editorial de la Palabra de Dios y puede reproducirse a condición de mencionar su procedencia.