Durante el sábado de mi retiro de Profundización me sentí cada vez más cerca del Señor, y tenía siempre un poco más de fe en lo que él iba a hacer conmigo. En la oración de sanidad pedí por unas llagas en las manos que me picaban mucho. Había ido a médicos y nadie sabía bien a qué se debían, pero que se me iba a pasar.
Cuando terminamos de cenar me sentía sanada y tranquila. Pero en un momento dado sentí que había algo en mi pecho que quería salir: era como algo muy concreto, como una pelota o globo que tenía que salir porque me estaba ahogando. Mi coordinador me acompañó a orar junto al Sagrario, en la capilla. Me puse a llorar sin poder parar. Lloraba de felicidad, sin saber bien por qué ni entender mucho. Oraba desde lo más íntimo de mi corazón. Sentía que llorando me liberaba. Y a través de mi hermano el Señor me dijo de mil maneras que me amaba mucho.
Me sentí totalmente liberada, libre, como nunca me había sentido libre ante nada. Y cuando me fui a dormir me miré las manos, y ¡las llagas estaban totalmente secas! Lloré dándole gracias al Señor. ¡El amor del Señor es incalculable! Realmente estoy muy feliz. él es el único que puede hacerme tan feliz.
A mí me asombra la acción terapéutica de la experiencia del amor de Dios. La primera sesión de análisis que tuve después del retiro, le contaba a mi analista las cosas que podía comprender. Le decía que en el retiro encontré uno de los núcleos enfermos más importantes, y que ahora estaba capacitada para trabajarlo, y que eso me hacía sentir en paz.
A la sesión siguiente seguía con mucha paz. Ella me decía que era la primera vez, en un año y medio de terapia, que llego a cosas tan importantes, y que cabría pensar qué me pasó en el retiro para que de repente llegara a cosas tan inexplicables. Porque si antes de irme yo estaba con mucha angustia, ella no se explicaba mi mejoría. Yo le dije que el Señor me había mostrado cosas y que habíamos orado por nuestra sanación interior. Se quedó muda; no podía decirme nada. Creo que el Señor me inspiró darle mi testimonio. ¡Aleluia!
No me interesa ya entender a Dios porque me basta su amor que me permite conocerlo. Me basta su amor que me llena. Cada vez me siento más confiada, y sé que tal vez no tenga tanta fe, tanta esperanza y seguridad en Dios, pero sé que va a ser un proceso paulatino y que el Señor me va a ir llevando según lo ha prometido.
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Silvia M. (22) |
© El Movimiento de la Palabra de Dios, una comunidad pastoral y discipular católica. Este testimonio fue inicialmente publicado por su Editorial de la Palabra de Dios y puede reproducirse a condición de mencionar su procedencia.