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Éste es el caminito, «la petite voie» que sigue santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897), santa Teresita. La santa más popular de los tiempos modernos y también la menos vistosa; su fuerza interior ha impresionado a los contemporáneos. De puertas para adentro, Teresa Martín Guerin es una más en el Carmelo de Lisieux: callada, obediente, gris, débil de cuerpo, ni siquiera goza de buena reputación entre sus compañeras y sus superiores. Nunca hace nada extraordinario, nunca se muda de su sitio, un convento cualquiera en un rincón provinciano; aquí no hay nada periodístico, llamativo, brillante que contar. Se limita a seguir lo que ella llamaba el caminito, «la petite voie». Su ambiente pertenece a lo invisible, a lo sobrenatural, y muere a los 23 años ignorada de todos. Vive de espaldas al brillo de la modernidad, conjurando con su entrega silenciosa el estruendo diabólico del mundo. Sólo después de su muerte su libro, Historia de un alma, y sus milagros la hacen famosa, y la Iglesia la hace patrona de las misiones y doctora de la Iglesia. Joven recia, con una voluntad acomodada al Señor, nos sabe dar esa luz que nos acompaña en nuestro diario caminar, sabe afrontar las luchas de cada día, de su circunstancia y de su entorno con una elegancia digna de los mejores mártires. Es la sencillez de la entrega en su vivir como formadora, la alegría en su vivir comunitario. Su riqueza interior se manifiesta en los escritos. Hay un momento en la vida de Teresa de singular importancia: aquella hora en que Teresita, en el claustro de Lisieux, se dispone a cumplir el amoroso mandato de su Madre Priora: que escriba, que cuente la historia de su vida, que apunte sus pensamientos. Y ella, que no conoce aún sus grandes condiciones de escritora, redacta un libro tembloroso de sinceridad al que llama muy instintivamente Historia de un alma. |
Teresa tiene el buen gusto de no asombrarnos con sus conocimientos profundos. No los tiene. Ni siquiera posee una cultura libresca a la que echar mano cuando la pluma se le retuerce sobre el modesto papel en que apunta sus palabras. Teresita abre el alma y la memoria. Como los mejores escritores de memorias personales, es de una sinceridad casi febril: lo suelta todo, lo dice con estilo muy directo, hace filigranas de sencillez. Se pone en manos del Evangelio, que es su gran fuente de inspiración. Se pone en el alma y el espíritu de un oleaje carmelitano que va desde su maestro y padre san Juan de la Cruz hasta lo que le rezuma de aquel espíritu insobornable de su Madre santa Teresa. Los lee hasta el agotamiento. Los reflexiona apasionadamente. Los convierte en masa de su pan de cada día. Y de ellos saca también mucho del aire poético que encontramos en sus versos. Y, sobre todo, en las conversaciones de Teresita, en sus palabras postreras: alguien, felizmente, se encarga de recoger aquellos suspiros finales de una de las almas más sutiles que ha podido dar la espiritualidad cristiana. Asombroso patronazgo el suyo, al menos a primera vista: la pobre monjita de Lisieux patrona de la actividad misionera, motor de la evangelización, ella, de horizontes humanos tan cortos, sin medios, sin dinero, sin salud. Sólo poniéndose en manos de Dios para todo, y no conformándose con menos. |
Dios y Padre Nuestro,
que abres las puertas de tu Reino a los pequeños y humildes,
haz que sigamos confiadamente el camino de sencillez
que siguió santa Teresa del Niño Jesús,
para que, por su intercesión, también nosotros
lleguemos a descubrir aquella gloria que permanece escondida
a los sabios y prudentes según el mundo.
Por Jesucristo, tu Hijo y nuestro Señor.
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