Santa Rosa de Lima (1586-1617)

"Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús. No debemos cansarnos de ayudar a nuestro prójimo, porque en ellos servimos a Jesús"

Isabel Flores de Oliva nace en Lima, Perú, en abril de 1586 (año de la aparición de la Virgen en Chiquinquirá). Es una de los trece hijos del matrimonio de Gaspar Flores, arcabucero de la guardia virreinal, nacido en Puerto Rico, María de Oliva. En el bautismo le ponen de nombre Isabel, pero luego la madre al ver que al paso de los años su rostro se vuelve rosado y hermoso como una rosa, empieza a llamarla con el nombre de Rosa. Y el arzobispo santo Toribio Alonso de Mogrovejo, al darle la Confirmación en 1597 le pone definitivamente ese nombre, con el cual es conocida hoy en todo el mundo.

Desde pequeña Rosa tiene una gran inclinación a la oración y a la meditación. Un día rezando ante una imagen de la Virgen María le parece que el niño Jesús le dice: "Rosa, conságrame todo tu amor". Y en adelante se propone no vivir sino para amar a Jesucristo. Y al oír a su hermano decir que si muchos hombres se enamoran perdidamente es por la atracción de una larga cabellera o de una piel muy hermosa, se corta el cabello y se propone llevar el rostro cubierto con un velo, para no ser motivo de tentaciones para nadie. Quiere dedicarse únicamente a amar a Jesucristo.

Se propone irse de monja agustina. Pero el día en que va a arrodillarse ante la imagen de la Virgen Santísima para pedirle que la ilumine si debe irse de monja o no, siente que no puede levantarse del suelo donde está arrodillada. Llama a su hermano a que la ayude a levantarse pero él tampoco es capaz de moverla de allí. Entonces se da cuenta de que la voluntad de Dios es otra y le dice a nuestra Señora: "Oh Madre celestial, si Dios no quiere que yo me vaya a un convento, desisto desde ahora de mi idea". Tan pronto pronuncia estas palabras queda totalmente sin parálisis y se puede levantar del suelo fácilmente.

Entonces se entera de que la más famosa terciaria dominica es santa Catalina de Siena, y se propone estudiar su vida e imitarla en todo. Y lo logra de manera admirable. Se fabrica una túnica blanca y el manto negro y el velo también negro para la cabeza, y así empieza a asistir a las reuniones religiosas del templo.

A Rosa le toca vivir en Lima un ambiente de efervescencia religiosa, una época en que abundan las atribuciones de milagros, curaciones y todo tipo de maravillas por parte de una población que pone gran énfasis en las virtudes y calidad de vida cristianas. Alrededor de sesenta personas fallecen en "olor de santidad" en la capital peruana entre finales del siglo XVI y mediados del XVIII.

Su padre fracasa en el negocio de una mina y la familia queda en gran pobreza. Entonces Rosa se dedica durante varias horas de cada día a cultivar un huerto en el solar de la casa y durante varias horas de la noche a hacer costuras, para ayudar a los gastos del hogar.

El demonio la ataca de muy diversas maneras. Y las tentaciones impuras la hacen sufrir enormemente. Además tiene épocas de terribles sequedades espirituales en las cuales todo lo que fuera oración, meditación o penitencias le produce horror y asco. Y fuera de eso la gente se burla de su comportamiento y los mismos familiares la consideran equivocada en su modo de vivir. Una vez le protesta amorosamente a Jesucristo por todo esto, diciéndole: "Señor, ¿y a dónde te vas cuando me dejas sola en estas terribles tempestades?". Y oye que Jesús le dice: "Yo no me he ido lejos. Estaba en tu espíritu dirigiendo todo para que la barquilla de tu alma no sucumbiera en medio de la tempestad".

Es difícil encontrar en América otro caso de mujer que haya hecho mayores penitencias. Muchas de ellas no son para imitar. Pero lo primero que se propone mortificar es su orgullo, su amor propio, su deseo de aparecer y de ser admirada y conocida. Y en ella se ha cumplido lo que dijo Jesús: "quien se humilla será enaltecido".

Una segunda penitencia de Rosa es la de los alimentos. Su ayuno es casi continuo. Y su abstinencia de carne es perpetua. Come lo mínimo necesario para no desfallecer de debilidad. Aún los días de mayor calor, no toma bebidas refrescantes de ninguna clase, y aunque a veces la sed la atormenta, le basta mirar el crucifijo y recordar la sed de Jesús en la cruz, para tener valor y seguir aguantando su sed, por amor a Dios.

Duerme sobre unas tablas, con un palo por almohada. Alguna vez que le vienen deseos de cambiar sus tablas por un colchón y una almohada, mira al crucifijo y le parece que Jesús le dice: "Mi cruz era mucho más cruel que todo esto". Y desde ese día nunca más vuelve a pensar en buscar un lecho más cómodo.

Los últimos años vive continuamente en un ambiente de oración mística, con la mente casi ya más en el Cielo que en la Tierra. Su oración y sus sacrificios y penitencias consiguen numerosas conversiones de pecadores, y aumento de fervor en muchos religiosos y sacerdotes. En la ciudad de Lima había ya una convicción general de que esta muchacha es una verdadera santa.

Desde 1614 al llegar la fiesta de san Bartolomé, el 24 de agosto, demuestra su gran alegría. Y explica el porqué de este comportamiento: "Es que en una fiesta de san Bartolomé iré para siempre a estar cerca de mi redentor Jesucristo". Y así sucede. El 24 de agosto del año 1617, después de una terrible y dolorosa agonía, expira afectada por una aguda hemiplejía con la alegría de irse a estar para siempre junto al amadísimo Salvador. Tenía 31 años.

Los milagros empiezan a sucederse en favor de los que invocan la intercesión de Rosa, y el Clemente X la canonizó en 1671 y la proclama Patrona de América Latina. Es la primera mujer americana declarada santa por la Iglesia Católica.

El Papa Inocencio IX dijo de ella: "Probablemente no ha habido en América un misionero que con sus predicaciones haya logrado más conversiones que las que Rosa de Lima obtuvo con su oración y sus mortificaciones". Lo cual es mucho decir.

Oración

Dios nuestro, que impulsaste a santa Rosa de Lima
a apartarse de la vida del mundo por amor tuyo
y a consagrarse sólo a ti,
en la austeridad y en la penitencia,
concédenos, por su intercesión,
que sepamos seguir en este mundo
el camino que conduce a la verdadera vida,
para que lleguemos a gozar del torrente
de tus delicias allá en el Cielo.
Por Jesucristo, tu Hijo y nuestro Señor.

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