«Ámense constantemente
los unos a los otros con un corazón puro, como quienes han sido engendrados
de nuevo, no por un germen corruptible, sino incorruptible:
la Palabra de Dios, viva y eterna»

Reseña biográfica de san Pedro, apóstol y mártir

Shimón Bar Ioná recorre las calles de Betsaida junto al lago de Tiberíades con las canastas llenas, acompañando a su padre Jonás y su hermano Andrés para vender la pesca. Es tosco, rudo, quemado por el sol y el aire, pero sincero, explosivo, generoso y espontáneo. Pasan horas remendando las redes, recomponiendo maderas y renovando las velas.

Se casa joven. Se traslada a Cafarnaúm, donde junto con Juan y Santiago, los hijos del Zebedeo, se dedican a la pesca. A veces, se sientan en la plaza y comentan con ansiedad y algo de misterio acerca del Mesías y la redención de Israel. Juan, el hijo de Zacarías e Isabel, prepara el ambiente con sus bautismos de penitencia en el Jordán. Hasta que Andrés aparece y le dice: ¡Lo encontré!


San Pedro, apóstol y mártir

¡Llevame con él!, le pide. Desde entonces no se olvida lo que le dice el rabbí de Nazareth: ¡Te llamarás Kefás! (Mc 3,16), que en arameo significa roca; en el NT, escrito en griego, se usa principalmente la forma Pedro (=Roca, piedra). Con el nuevo nombre, Jesús le da al pescador Simón un nuevo programa de vida y una garantía de ayuda (Mt 16,18). A su vez, Pedro tendrá que amar y seguir a Jesús más que los otros (Jn 21,15-19); será el jefe y el modelo de los discípulos de Cristo. Es interesante tener en cuenta que hasta entonces no existía el nombre propio de Pedro; a partir de Simón Pedro el nombre se difunde por todas partes.

Pedro es arrogante para tirarse al agua del lago y al mismo tiempo teme hundirse. Corta una oreja en Getsemaní y luego sale huyendo. Es el paradigma de la grandeza que da la fe y también de la flaqueza de los hombres. En el Evangelio se ve descrita la figura de Pedro con vehemencia para investigar; protestón ante Cristo que quiere lavarle los pies, y noble al darle su cuerpo a limpiar.

En la lista de los doce Apóstoles que Jesús llama para que lo sigan más de cerca (Mt 10,2-4; Mc 3,16-19; Lc 6,14-16; Hch 1,13), el primer nombre es siempre el de Simón. Es el primero en buscar a Jesús, el primero en tirar de la red que trae ciento cincuenta y tres peces grandes; y tres veces responde que sí al Amor con la humildad de la experiencia personal.

Fue obispo de Antioquía y después pasa a ser obispo de Roma. Pinturas muy antiguas nos describen a Pedro como un hombre de poca estatura, enérgico, de pelo crespo y barba. Habla a los miserables y a los esclavos prometiendo libertad para ellos, hay esperanza para el enfermo y hasta el pobre se llama feliz; los empleados, nobles y militares… todos tienen un lugar. Todos son hermanos. Y saben que es una gloria sufrir por Cristo.

En la cárcel Mamertina está encerrado, sin derechos; no es romano, es sólo un judío, y es cristiano. Hacia el año 64 escribe su primera carta: es una exhortación a un grupo de Iglesias situadas en cinco provincias romanas de Asia Menor. Allí, como en otras regiones del Imperio, comienza a vislumbrarse un horizonte sombrío para las incipientes comunidades cristianas. Los creyentes no cuestionan las estructuras sociales o políticas de su tiempo, pero han introducido un estilo de vida nuevo, que los hace vivir como «extranjeros» en su propio ambiente. Esta forma de vida diferente no tarda en hacerse sospechosa, y la reacción de la sociedad pagana tampoco se hace esperar. El simple hecho de ser cristiano se convierte en un delito, «sancionado» con la calumnia, el desprecio y la hostilidad más o menos abierta. En tales circunstancias, Pedro escribe esta carta con el fin de alentar a los cristianos a profundizar cada vez más su compromiso bautismal, abandonando definitivamente las malas costumbres y desmintiendo con el testimonio de su conducta las calumnias de los paganos. Su preocupación central es el comportamiento cristiano, no sólo dentro de la comunidad eclesial, sino también en relación con el mundo.

Finalmente comparte con el Maestro el trono: la cruz, cabeza abajo. Muere mártir crucificado durante el reinado de Nerón hacia el año 67. Es sepultado muy cerca del circo de Nerón, en lo que hoy es el Vaticano, donde aún se encuentran sus restos bajo el altar mayor de la basílica de San Pedro. La tumba de San Pedro ha sido venerada desde el siglo II. Hay un edículo del año 160 en el cual puede leerse en griego "Pedro está aquí". Esto ha sido comprobado por los arqueólogos y anunciado por Pío XII al concluir el año santo de 1950.

La llamada su "segunda carta" es del año 75.

Oración

Dios nuestro, que nos llenas de santa alegría
con la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo,
haz que tu Iglesia se mantenga siempre fiel
a las enseñanzas de estos apóstoles,
de quienes recibió el primer anuncio de la fe.
Por Jesucristo, tu Hijo y nuestro Señor.


Más información:

evangelizo.org

www.corazones.org

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