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El patrono de la juventud católica, san Luis Gonzaga, nace el 9 de marzo de 1568 en Castiglione, cerca de Mantua, en Lombardía, Italia. Es el mayor de los ocho hijos de un matrimonio formado por el príncipe imperial Ferrante Gonzaga, marqués de Castiglione delle Stiviere (Italia) y Marta Tana Santena (doña Norta), dama de honor de la reina de la corte de Felipe II de España, donde también el marqués ocupa un alto cargo. A los cinco años, Luis viste ya una pequeña coraza, con casco y penacho y cinturón con espada, y juguetea detrás del ejército paterno, aprendiendo de los rudos soldados el uso de las armas. Su madre lo educa cristianamente, y muy pronto da indicios de su inclinación a la vida religiosa. Lo envían con su hermano Rodolfo a Florencia como pajes del gran duque de Toscana, dejándolos a cargo de varios tutores, para que aprendiesen el latín y el idioma italiano puro de la Toscana. Su entrega a Dios en la infancia es completa y absoluta. Ante una imagen de María en Florencia, a los diez años, hace el juramento de permanecer siempre puro (eso se llama "voto de castidad"). La primera comunión se la da san Carlos Borromeo, arzobispo de Milán, a los doce años. Sufre mucho de los riñones y esto lo obliga a quedarse días enteros quieto en su cama. Pero esta quietud le trae un gran bien: le permite dedicarse a leer Vidas de Santos, y esto lo anima muchísimo a volverse mejor (a veces siente remordimientos porque le parece que desea demasiado irse al Cielo). También lee Las cartas de Indias, sobre las experiencias de los misioneros jesuitas en América, que le suscitan la idea de ingresar en la Compañía de Jesús para trabajar por la evangelización del nuevo mundo. Cuando va a hacer o decir algo importante se pregunta: "¿De qué sirve esto para la eternidad?", y si no le sirve para la eternidad, ni lo hace ni lo dice. El día de la Asunción del año 1583, en el momento de recibir la sagrada comunión en la iglesia de los padres jesuitas de Madrid, oye claramente una voz interior que le dice: «Luis, ingresa en la Compañía de Jesús». Decide ingresar en la Compañía pese a la rotunda negativa de su padre, que sueña para él una exitosa carrera militar, y pone a la vocación de su hijo todas las dificultades imaginables, mientras repite: "¡Mi hijo no será fraile!". Luis necesita otros dos años para vencer la oposición del padre, que lo envía a las cortes de Ferrara, Parma y Turín. Ferrante hace los preparativos para enviarlo a visitar todas las cortes del norte de Italia y, terminada esta gira, encomienda a Luis una serie de tareas importantes, con la esperanza de despertar en él nuevas ambiciones que le hagan olvidar sus propósitos. Pero no hubo nada que pudiese doblegar la voluntad de Luis. Una de estas actividades es ir de ciudad en ciudad poniendo paz entre familias que estaban peleadas. Cuando es enviado a poner paz entre los enemistados, éstos ante su gran santidad, aceptan hacer las paces y no pelear más. Es extraordinariamente amable y bien educado. |
Finalmente renuncia a favor de su hermano al título de príncipe que le corresponde por derecho de primogenitura, y a los dieciocho años ingresa en la Compañía de Jesús, en Roma. Su director espiritual es el gran sabio jesuita san Roberto Belarmino, el cual le aconseja tres medios para llegar a ser santo: 1º) frecuente confesión y comunión, 2º) mucha devoción a la santísima Virgen, 3°) leer vidas de santos. Durante los años siguientes, el santo da pruebas de ser un novicio modelo. Estando en Milán y por revelación divina, Luis comprende que no le queda mucho tiempo de vida. Es avisado en sueños que moriría el viernes de la semana siguiente al Corpus. Aquel anuncio le llena de júbilo y aparta aún más su corazón de las cosas de este mundo. Por consideración a su precaria salud, es trasladado de Milán a Roma para completar sus estudios teológicos, siendo los atributos de Dios sus temas de meditación favoritos. En 1591 ataca con violencia a Roma una epidemia de fiebre (la peste de tifo negro); los jesuitas abren un hospital y el seminarista Luis despliega una actividad extraordinaria; instruye, consuela y exhorta a los enfermos, y trabaja con entusiasmo y empeño en las tareas más repugnantes del hospital. Se encuentra en la calle a un enfermo gravísimo, se lo echa al hombro y lo lleva al hospital para que lo atendieran. Pero se contagia el tifo, que lo lleva al sepulcro el 21 de junio de 1591, a los 23 años. Muere mirando el crucifijo y diciendo: "Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor". Su confesor san Roberto, que lo acompaña en la hora de la muerte, dice que Luis Gonzaga murió sin haber cometido ni un sólo pecado mortal en su vida. San Luis Gonzaga tuvo que hacer muchos sacrificios para poder mantenerse siempre puro, y por eso la Iglesia Católica lo ha nombrado patrono de los jóvenes que quieren conservar una santa pureza. Repetía la frase de san Pablo: "Domino mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, no sea que enseñando a otros a salvarse, me condene yo mismo". El cuerpo de san Luis se encuentra en Roma, en la iglesia de San Ignacio. Este santo, víctima de cierta hagiografía amanerada, a pesar de las apariencias, era de un temperamento fuerte. Las duras penitencias a las que se somete son el signo de una determinación no común hacia una meta que se había fijado desde su infancia. La mamá logra asistir en 1621 a la beatificación de su hijo. Es canonizado en 1726. El Papa Benedicto XIII lo nombra protector de los estudiantes jóvenes. El Papa Pío XI lo proclama patrono de la juventud cristiana. |
Dios nuestro, fuente y origen de todos los dones celestiales,
tú que uniste en san Luis Gonzaga una admirable pureza de vida
con la práctica de la penitencia,
concédenos, por sus méritos e intercesión,
que los que no hemos podido imitarlo en la inocencia de su vida
lo imitemos en su espíritu de penitencia.
Por Jesucristo, tu Hijo y nuestro Señor.
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