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Nace en Aragón, España, en 1556, hijo del gobernador de la región. Su padre desea que sea militar, pero los religiosos que lo instruyen en su niñez lo entusiasman por la vida sacerdotal, y pide que lo dejen hacer estudios eclesiásticos. Desde muy pequeño su gran deseo es poder alejar el mal y el pecado de las almas de los demás. Su padre desea que José sea el heredero administrador de sus muchos bienes y riquezas. Pero en una gravísima enfermedad, el joven le promete a Dios que si le concede la curación, se dedicaría únicamente a trabajar por la salvación de las almas. El joven se cura de la enfermedad, y entonces el padre le permite cumplir su promesa, y es ordenado sacerdote. Ya antes se había graduado de doctor en la universidad de Alcalá. Como tenía fama de gran santidad y de mucha sabiduría, el señor obispo le va concediendo puestos de mucha responsabilidad. Primero lo envía a una región montañosa donde la gente es casi salvaje y muy ignorante en religión. Allá, entre nieves y barriales y por caminos peligrosos, se propone visitar familia por familia para enseñarles la fe y el cambio total. Pero él siente una voz en su interior que le dice: "¡Andá a Roma! ¡Andá a Roma!" Y en sueños ve multitudes de niños desamparados que le suplican se dedique a educarlos. Así que renuncia a sus altos puestos, y repartiendo entre los pobres las grandes riquezas que ha heredado de sus padres, se dirige a pie a la Ciudad Eterna. En Roma se hace socio de una cofradía que se dedica a enseñar el catecismo a los niños, y se da cuenta de que la ignorancia religiosa es total y que no basta con enseñar religión los domingos, sino que es necesario fundar escuelas para que los jovencitos tengan educación e instrucción durante la semana. En ese tiempo los gobiernos no tienen ni escuelas ni colegios, y la juventud crece sin instrucción. Se reúne con unos sacerdotes amigos y funda entonces su primera escuela en Roma. Su fin es instruir en la religión y formar buenos ciudadanos. Pronto tienen cien alumnos. Tienen que conseguir profesores y edificio, porque los gobiernos no costean nada de eso. Pronto van llegando nuevos colaboradores y los alumnos ya son setecientos. Más tarde son ya mil los jóvenes que estudian en las escuelas dirigidas por José y su amigos. |
En sus ratos libres se dedican a socorrer enfermos y necesitados, especialmente cuando llegan la peste o las inundaciones. Con su amigo san Camilo son incansables en ayudar. A sus institutos educativos les pone por nombre "Escuelas Pías", y los padres que acompañan al padre Calasanz se llaman escolapios. Después de un par de años ya hay "Escuelas Pías" en muchos sitios de Italia y en muchos países, entre ellos Argentina (Buenos Aires). Ahora los padres escolapios tienen 205 casas en el mundo, dedicadas a la educación, con 1630 religiosos. Son estimadísimos como educadores. El padre Calasanz recibe como colaborador a un hombre ambicioso y lleno de envidia, que se propone hacerle la guerra y quitarle el cargo de Superior General. Por las calumnias de este hombre y de varios más, nuestro santo es llevado a los tribunales y solamente la intervención de un cardenal obtiene que no lo lleven a la cárcel. Él repetía: "Me acusan de cosas que no he hecho, pero yo dejo a Dios mi defensa". El envidioso logra a base de calumnias que a José de Calasanz le quiten el cargo de Superior General, y después las acusaciones mentirosas llegan a tal punto que la Santa Sede determina acabar con la congregación que el santo había fundado. San José al escuchar tan triste noticia, repite las palabras de Job: "Dios me lo dio, Dios me lo quitó, bendito sea Dios". Afortunadamente, después se sabe la verdad y al fundador le son restituidos sus cargos, y la comunidad vuelve a ser aprobada y ahora está extendida por todo el mundo. El 25 de agosto del año 1648, a la edad de 92 años, este gran apóstol pasa a la eternidad, a recibir el premio de sus grandes obras apostólicas y de sus muchísimos sufrimientos. |
Señor Dios nuestro,
que adornaste a san José de Calasanz
con una gran caridad y abnegación, para que
entregara su vida a la enseñanza y educación de la juventud y la niñez,
concédenos que, así como veneramos en él a un maestro de sabiduría,
así también imitemos su total entrega al servicio de la verdad.
Por Jesucristo, tu Hijo y nuestro Señor.
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