San Jerónimo, presbítero y doctor de la Iglesia (342–420)

"Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo"

Eusebius Hieronymus Sophronius nace alrededor del año 342 en Stridon, una población pequeña de Dalmacia (actual Croacia). Al crecer es educado en Roma con los mejores maestros de la época como Donato, el famoso gramático pagano. Pronto se destaca por su gran inteligencia. En poco tiempo llega a dominar perfectamente el latín y el griego (su lengua natal es el ilirio), y lee a los mejores autores en ambos idiomas. Termina sus años de estudio sin haber adquirido los grandes vicios de la juventud romana, pero desgraciadamente ajeno al espíritu cristiano y adicto a las vanidades, lujos y otras debilidades. A los 18 años, siendo catecúmeno, se deja arrastrar en alguna ocasión por las malas influencias del ambiente, pero finalmente recibe el Bautismo. Cuenta que "teníamos la costumbre, mis amigos y yo de la misma edad y gustos, de visitar, los domingos, las tumbas de los mártires y de los apóstoles y nos metíamos a las galerías subterráneas, en cuyos muros se conservan las reliquias de los muertos".

En el año de 370, Jerónimo se establece temporalmente en Aquilea donde el obispo, san Valeriano, había atraído a tantos hermanos valiosos que su clero era famoso en toda la Iglesia europea. Jerónimo conoce a varios de aquellos clérigos, entre ellos san Cromacio, el sacerdote que sucede a Valeriano en la sede episcopal; a sus dos hermanos, los diáconos Joviniano y Eusebio, a san Heliodoro y su sobrino Nepotiano y, sobre todo, a Rufino, que sería primero su amigo del alma y luego su encarnizado opositor. También conoce a Evagrio, un sacerdote de Antioquía con merecida fama de ciencia y virtud, quien despierta el interés del joven por el medio oriente. Así renuncia a los caminos de gloria humana que le brinda su dominio de los clásicos latinos, y en cambio se entrega al estudio de la Palabra divina y a una vida de intenso ascetismo.

Así parte con sus amigos y se traslada al desierto de Calquis, un yermo inhóspito al sudeste de Antioquía, donde pasa cuatro años en diálogo interior. En su carta a Heliodoro le aconseja: «Oh soledad dichosa, si tu padre para detenerte se tiende en el umbral de tu puerta, pasa por encima de él». Sin embargo, más adelante, en el desierto el santo anacoreta, entregado de lleno a la oración y el ayuno, se ve envuelto en un mar de tentaciones. "En el rincón remoto de un árido y salvaje desierto, quemado por el calor de un sol tan despiadado que asusta hasta a los monjes que viven allá, me parecía encontrarme en medio de los deleites y las muchedumbres de Roma... En aquel exilio y prisión a los que, por temor al infierno, me condené voluntariamente, sin más compañía que la de los escorpiones y las bestias salvajes, muchas veces me imaginé que contemplaba las danzas de las bailarinas romanas, como si hubiese estado frente a ellas. Tenía el rostro escuálido por el ayuno y, sin embargo, mi voluntad sentía los ataques del deseo; en mi cuerpo frío y en mi carne enjuta, que parecía muerta antes de morir, la pasión tenía aún vida. A solas con aquel enemigo, me arrojé en espíritu a los pies de Jesús, los bañé con mis lágrimas y, al fin, pude domar mi carne con los ayunos durante semanas enteras. No me avergüenzo al revelar mis tentaciones. Con mucha frecuencia velaba del ocaso al alba entre llantos y golpes en el pecho, hasta que volvía la calma". Sale triunfante de las tentaciones y con la opción más acrisolada, «porque fiel es Dios que no permite que seamos tentados por sobre nuestras fuerzas» (1 Cor 10,13).

"Cuando mi alma ardía con los malos pensamientos, como último recurso, me hice alumno de un monje que había sido judío, a fin de que me enseñara el alfabeto hebreo. Así, de las juiciosas reglas de Quintiliano, la florida elocuencia de Cicerón, el grave estilo de Fronto y la dulce suavidad de Plinio, pasé a esta lengua de tono siseante y palabras entrecortadas. ¡Cuánto trabajo me costó aprenderla y cuántas dificultades tuve que vencer! ¡Cuántas veces dejé el estudio, desesperado y cuántas lo reanudé! Sólo yo que soporté la carga puedo ser testigo, yo y también los que vivían junto a mí".

Al pasar los treinta años Jerónimo es ordenado sacerdote. Él no desea la ordenación (nunca celebra el santo sacrificio), y consiente en recibirla bajo la condición de no estar obligado a servir con su ministerio a una parroquia; sus inclinaciones lo llaman a la vida monástica de reclusión. Hacia el año 382, invitado por el Papa san Dámaso, se traslada a Roma donde llega a ser nombrado secretario del Sumo Pontífice. Aureolado por el brillo de su santidad y ciencia, lo consultan siempre como defensor de la fe. Por orden del Papa emprende la revisión de la versión latina de los Evangelios de acuerdo con los textos griegos, que "había sido desfigurada con transcripciones falsas, correcciones mal hechas y añadiduras descuidadas". Esta traducción, denominada VULGATA, es adoptada oficialmente por la Iglesia. Hasta el fin de sus días jamás dejará el estudio de la Sagrada Escritura.

Gracias a su influencia saludable, algunas damas de la nobleza romana dejan la vida mundana para llevar una vida escondida en Cristo en la Orden Jerónima. Entre ellas se destacan Marcela, junto con su hermana Asela y la madre de ambas, Albina; también Lea, Melania la mayor, la primera que hace una peregrinación a Tierra Santa; Fabiola, Paula y sus hijas, Blesila y Eustaquia. Todas ellas llegaron a ser santas.

Con un estilo directo y áspero critica a los cristianos acomodados: decía que "las señoras ricas tienen tres manos: la derecha, la izquierda, y una mano de pintura"... También corregía a ciertos elementos del clero: "Todas sus ansiedades se hallan concentradas en sus ropas... Se les tomaría por novios y no por clérigos; no piensan en otra cosa más que en los nombres de las damas ricas, en el lujo de sus casas y en lo que hacen dentro de ellas". Muerto el Pontífice protector, se levanta tal serie de calumnias contra Jerónimo que, pese a ser probada su inocencia, decide abandonar Roma. Dice: «Doy gracias a Dios porque me ha juzgado digno de que el mundo me odie».

En el mes de agosto de 385, se embarca en Porto hacia Antioquía. Nueve meses más tarde se reúnen con él Paula, Eustaquia y las otras damas romanas que han resuelto compartir con él su exilio voluntario y vivir como religiosas en Tierra Santa. Por indicación de Jerónimo, aquellas mujeres se establecen en Belén y Jerusalén, pero antes de enclaustrarse, viajan por Egipto para recibir consejo de los monjes de Nitria y del famoso Dídimo, el maestro ciego de la escuela de Alejandría.

Tras peregrinar y recorrer los santos lugares en Palestina, Jerónimo se establece en en una amplia caverna en Belén, vecina al sitio donde nació el Salvador, y se le unen muchos discípulos. «Amen la ciencia de la Escritura y no amarán los vicios de la carne», repite Jerónimo. Gracias a la generosidad de Paula, se construye un monasterio para hombres, próximo a la basílica de la Natividad, en Belén, lo mismo que otros edificios para tres comunidades de mujeres. En aquel mismo lugar establece una escuela gratuita para niños y una hostería, "de manera que, si José y María visitaran de nuevo Belén, habría donde hospedarlos" (santa Paula). Así transcurren 35 años en completa paz, viviendo en extrema austeridad y a la vez en incansable actividad en pro de la Iglesia. Junto a sus trabajos bíblicos, trabaja siempre en defensa del dogma ante las herejías que aparecen.

"Aquí las lenguas difieren, pero la religión es la misma. Hay tantos grupos corales para cantar los salmos como hay naciones... Aquí tenemos pan y las hortalizas que cultivamos con nuestras manos; tenemos leche y los animales nos dan alimento sencillo y saludable. En el verano, los árboles proporcionan sombra y frescura. En el otoño, el viento frío que arrastra las hojas, nos da la sensación de quietud. En primavera, nuestras salmodias son más dulces, porque las acompañan los trinos de las aves. No nos falta leña cuando la nieve y el frío del invierno nos caen encima. Dejémosle a Roma sus multitudes; dejémosle sus arenas ensangrentadas, sus circos enloquecidos, sus teatros empapados en sensualidad..."

En respuesta a un tal Vigilancio le escribe: "Nosotros no adoramos las reliquias de los mártires, pero sí honramos a aquellos que fueron mártires de Cristo para poder adorarlo a Él. Honramos a los servidores para que el respeto que les tributamos se refleje en su Señor". Protesta contra las acusaciones de que la veneración a los mártires es idolatría, al demostrar que los cristianos jamás adoraron a los mártires como a dioses y, a fin de probar que los santos interceden por nosotros, escribe: "Si es cierto que cuando los apóstoles y los mártires vivían aún sobre la tierra, podían pedir por otros hombres, con cuánta mayor eficacia podrán rogar por ellos después de sus victorias! ¿Tienen acaso menos poder ahora que están con Jesucristo?"

Cuando Roma es saqueada por las huestes de Alarico, gran número de romanos huyen y se refugian en Palestina. En aquella ocasión, Jerónimo les escribe: "¿Quién hubiese pensado que las hijas de esa poderosa ciudad tendrían que vagar un día, como siervas o como esclavas, por las costas de Egipto y del África? ¿Quién se imaginaba que Belén iba a recibir a diario a nobles romanas, damas distinguidas criadas en la abundancia y reducidas a la miseria? No a todas puedo ayudar, pero con todas me lamento y lloro y, completamente entregado a los deberes que la caridad me impone para con ellas, he dejado a un lado mis comentarios sobre Ezequiel y casi todos mis estudios. Porque ahora es necesario traducir las palabras de la Escritura en hechos y, en vez de pronunciar frases santas, debemos actuarlas".

Tras muchos sufrimientos muere el 30 de setiembre del año 420, a los 78 años. Fue sepultado en la iglesia de la Natividad, cerca de la tumba de Paula y Eustaquia, pero mucho tiempo después sus restos son trasladados al sitio donde reposan actualmente, en la basílica de Santa María la Mayor, en Roma.

La mejor apología que podemos hacer de san Jerónimo son las palabras que el Papa Benedicto XV le dedica en la encíclica «Spíritus Paráclitus»: «el máximo doctor que dio el Cielo, para interpretar la divina Escritura». Nadie mejor dotado que él para semejante trabajo: durante muchos años había vivido en el escenario mismo de las Sagradas Escrituras, donde los nombres de las localidades y las costumbres de la gente eran todavía los mismos. Sin duda que muchas veces obtuvo en Tierra Santa una clara representación de diversos acontecimientos registrados en las Escrituras. Conocía el griego y el arameo, lenguas vivas por aquel entonces, y también sabía hebreo que, si bien había dejado de ser un idioma de uso corriente desde el cautiverio de los judíos, aún se hablaba entre los doctores de la Ley. A ellos recurrió Jerónimo para una mejor comprensión de los libros santos e incluso tuvo por maestro a un doctor y famoso judío llamado Bar Ananías, el cual acudía a instruirle por las noches y con toda clase de precauciones para no provocar la indignación de los otros doctores. Pero no hay duda de que, además de todo eso, Jerónimo recibió la ayuda del Señor para obtener el espíritu, el temperamento y la gracia indispensables para alcanzar la divina sabiduría y comprenderla. Además, la pureza de corazón y toda una vida de penitencia y contemplación, habían preparado a Jerónimo para recibirla.

Oración

Oh Dios, que concediste a san Jerónimo
saber gustar de la sagrada Escritura y vivirla intensamente,
haz que tu pueblo se alimente cada vez más en tu Palabra
y encuentre en ella la fuente de la vida.
Por Jesucristo, tu Hijo y nuestro Señor.

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