«Señor Jesús,
que te conozca íntimamente
a fin de amarte con mayor
amor
y seguirte
con más diligencia»
«Imitar a
los santos,
no mirando
más circunstancias que
prometerse así con
la gracia de Dios de hacerlo
como ellos
lo habían hecho»
¿Quién fue Ignacio de Loyola, ese hombre que no buscó otra cosa que la voluntad de Dios para cada momento y para cada circunstancia concreta? Íñigo Yáñez de Oñaz y Loyola nace en Loyola-Azpeitia, el País Vasco (Guipúzcoa, España) el 24 de diciembre de 1491, el menor de los varones de trece hermanos de una antigua familia de caballeros. Las etapas principales de la vida de Íñigo jalonan el itinerario de la acción profunda que ejerció sobre su tiempo. Coincidiendo con la muerte de su madre lo envían a Arévalo a casa del Contador Mayor de Castilla. Aprende lo que un caballero debe saber: el dominio de las armas. La biblioteca es rica y abundante, y no deja de pulir su buena letra (se lo considera un "muy buen escribano"). Él mismo se describe como «dado a las vanidades del mundo y principalmente se deleitaba en ejercicio de armas con un grande y vano deseo de ganar honra».
Primero se dedica a la vida militar, siguiendo la tradición familiar castellana. Pero a los 30 años un cañonazo destroza su pierna en la defensa de Pamplona contra tropas francesas y navarras, y su carrera militar termina abruptamente. Digamos de paso que su pierna es curada tan mal al principio que tiene que ser rota de nuevo y vuelta a recomponer, cuando no había anestesia. En esa convalescencia cambia por completo de orientación: la lectura de libros piadosos (La vida de Cristo, del cartujo Ludolfo de Sajonia, y Las vidas de los santos o Flos Sanctorum) lo decide a consagrarse a vivir la fe. «Y cobrada no poco lumbre de aquesta leción, comenzó a pensar más de veras en su vida pasada, y en quánta necesidad tenía de hacer penitencia della. Y aquí se le ofrecían los deseos de imitar los santos, no mirando más circunstancias que prometerse así con la gracia de Dios de hacerlo como ellos lo habían hecho».
Este deseo se ve acrecentado por una visión de la Virgen con el Niño Jesús, que provoca la definitiva conversión del soldado en religioso. Se retira inicialmente a hacer penitencia y oración en el Monasterio de Montserrat de los benedictinos (1522), donde cuelga su vestidura militar frente a la imagen de nuestra Madre, y abandona el monasterio con harapos y descalzo. De esa forma llega a Manresa, donde permanece por diez meses, ayudado por un grupo de mujeres creyentes, entre las cuales tiene fama de santidad. En este período vive en una cueva en donde medita y ayuna. Aquí se produce un nuevo cambio drástico en su vida: de peregrino solitario a evangelizador con compañeros que quisiesen seguirlo en la empresa. De esta experiencia radical nace el método ascético de los Ejercicios espirituales (editados recién en 1548).
Crece en él la convicción de viajar a Jerusalén para trabajar en la conversión de los no cristianos en Tierra Santa (1523). De regreso a Barcelona comienza a estudiar (ya con 33 años) para poder afrontar mejor su proyecto de apostolado, en las universidades de Alcalá de Henares y Salamanca.
Las primeras actividades de Íñigo difundiendo el método de los Ejercicios espirituales lo hacen sospechoso de heterodoxia (como los «alumbrados» o los seguidores de Erasmo): en Castilla es procesado, lo encarcelan unos días, le prohíben predicar (1524) y debe interrumpir sus estudios.
Decide irse a París (1528-34), donde se gradúa en la Universidad como maestro en Artes. Permanece por más de siete años, aumentando su educación teológica y literaria y tratando de despertar el interés de los estudiantes. Aunque no termina los estudios de Teología, Íñigo forma un grupo de seis compañeros a los que comparte sus ideas y con los que siembra la semilla de la Compañía de Jesús: Francisco Javier, Pedro Fabro, Alfonso Salmerón, Jacobo Laínez, Nicolás Bobedilla y Simón Rodrigues. Viaja a Flandes e Inglaterra para conseguir dinero para su obra. El día 15 de agosto de 1534 los siete juran en la Cueva de Montmartre «servir a nuestro Señor, dejando todas las cosas del mundo», y fundan la Sociedad de Jesús, que luego sería la Compañía de Jesús. Ante la imposibilidad de ir de misión a Palestina, por la guerra contra los turcos, se ofrecen al papa Pablo III, quien permite que el obispo de Venecia los ordene sacerdotes (1537).
En los años siguientes Íñigo va cambiando su nombre a Ignacio, «por ser más común a las otras naciones». Se dedican al apostolado, la enseñanza, el cuidado de enfermos y la definición de una nueva orden religiosa, la Compañía de Jesús, cuyos estatutos el Papa aprueba en 1540. Ignacio de Loyola, cuyo fervor y energía inspiran al grupo, es elegido por unanimidad su primer "General". Es que la Compañía reproduce la estructura militar en la que Íñigo había sido educado, pero al servicio de la propagación de la fe católica, amenazada en Europa desde las predicaciones de Lutero; las Constituciones que Ignacio elabora en 1547-50 la configuran como una orden moderna y pragmática, concebida racionalmente, obediente (su lema era perinde ac cadaver, "disciplinado como un cadáver"), y ligada al Papa, para el cual resultaría un instrumento de gran eficacia en la «reconquista» de la sociedad para la fe en la época de la Contrarreforma católica.
Aquejado de graves problemas de salud, Ignacio alcanza a ver, sin embargo, en sus últimos años de vida, la expansión de la Compañía por Europa y América, con una fuerte presencia en la educación de la juventud y en el debate intelectual, en el apostolado y en la actividad misionera (destacando la labor en Asia de san Francisco Javier). Mas, en la base de toda esta actividad, se encuentran los indecibles recuerdos místicos de Manresa y toda la experiencia espiritual, cuya imagen queda plasmada en los Ejercicios y en la pasión que sentía Ignacio por la «mayor gloria de Dios» (Ad Maiorem Dei Gloriam), su amor varonil a Jesús y a Dios nuestro Señor, y su entrega incondicional a la Iglesia y al Papa.
Con estos sentimientos muere en Roma el 31 de julio de 1556. Lo sucede como general de los jesuitas su más estrecho colaborador, el castellano Laínez. Todos podemos hacer nuestra la oración que dirigía con frecuencia a Cristo: «Que te conozca íntimamente a fin de amarte con mayor amor y seguirte con más diligencia». Fue canonizado en 1622 por Clemente XV. Es el patrono de la ciudad de Junín, en la Argentina, donde el principal templo católico es la Iglesia Matriz San Ignacio de Loyola.
La cualidad primordial de san Ignacio de Loyola fue el equilibrio en medio de la grandeza: equilibrio superior de las facultades y equilibrio del hombre de acción y contemplativo. Aunque sea el patrono de los soldados, también sería un buen patrono para los estudiantes rezagados, pues tenía más de treinta años cuando volvió a estudiar, y no se licenció hasta los cuarenta y tres.
Volver a la escuela no es tan raro hoy como en tiempos de Ignacio. Los estudiantes mayores tienen muchas ventajas sobre los más jóvenes: como desean estar en la escuela, tienden a trabajar más y a aplicarse con mayor diligencia. Se toman en serio sus estudios porque se toman en serio a sí mismos. Si Ignacio pudo asistir a clases con estudiantes a los que doblaba en edad, para luego, además, fundar la Compañía de Jesús, una de las órdenes religiosas más importantes del mundo, todavía podemos ser lo que Dios quiere…
Señor Dios,
que suscitaste en tu Iglesia
a san Ignacio de Loyola
para que extendiera más
la gloria de tu nombre,
concédenos que, a
imitación suya
y apoyados en su auxilio,
libremos tambien en la tierra
el noble combate de la fe,
para que merezcamos ser coronados
juntamente con él, en tu Presencia.
Por Jesucristo, tu Hijo y nuestro Señor.
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