Reseña biográfica de san Francisco de Asís (1181-1226)

"Alabado seas, mi Señor, por los que perdonan y aguantan por tu amor los males corporales y la tribulación: ¡felices los que sufren en paz con el dolor porque les llega el tiempo de la coronación!"

Francisco era hijo de un rico mercader llamado Pietro di Bernardone, en Asís (Italia). Joven mundano de cierto renombre en su ciudad, a los 21 años fue encarcelado por unos meses a causa de su participación en un altercado entre las ciudades de Asís y Perugia. Tras este lance, aquejado por una enfermedad e insatisfecho con el tipo de vida que llevaba, decidió entregarse al apostolado y servir a los pobres. A los 25 años renunció públicamente a los bienes de su padre y vivió a partir de entonces como un ermitaño.

Las oraciones de la Misa del día trazan un fiel retrato de san Francisco. Este hombre de Dios «dejó su casa, abandonó la herencia que le pertenecía y logró llegar a ser pobre y necesitado; y así el Señor lo tomó a su servicio».

Predicó la pobreza como un valor y propuso un modo de vida sencillo basado en los ideales del Evangelio. El papa Inocencio III aprobó su modelo de vida religiosa, le concedió permiso para predicar y lo ordenó diácono. Con el tiempo, el número de sus adeptos fue aumentando y Francisco comenzó a formar una orden religiosa, la de los franciscanos. Además, con la colaboración de santa Clara, fundó la rama femenina de su orden, que recibió el nombre de clarisas. Sin embargo, la dirección de la orden no tardó en pasar a los miembros más prácticos, como el cardenal Hugolino y el hermano Elías, y él pudo dedicarse por entero a la vida contemplativa. Durante este retiro, recibió los estigmas (las heridas de Cristo en su propio cuerpo), según su testimonio, y compuso el poema Cántico de las criaturas o Cántico del hermano sol, que influyó en buena parte de la poesía mística española posterior.

Fundador de la orden franciscana, Francisco llevó una vida «asemejándose a Cristo por la humildad y la pobreza», llena de «amor jubiloso»; «se consagró al misterio de la cruz»; «en su caridad y en su celo apostólico», se puso al servicio de todos para salvarlos a todos.

Tantos y tan grandes milagros obró el Señor por intercesión de san Francisco, que ya a los dos años de su muerte, el Cardenal Hugolino (nombrado Papa con el nombre de Gregorio IX), fue personalmente a la ciudad de Asís y con gran solemnidad lo canonizó y puso en el catálogo de los Santos, el 15 de julio de 1226.

Francisco de Asís es, sin duda, el santo cuya vida ha reproducido más a la letra la de Jesús. Desde el día en que, en San Damián oyó cómo le decía el Crucificado: «Vete y repara mi Iglesia en ruinas» (1206) hasta aquel otro en que, sobre el monte Alvernia, recibió los estigmas de la Pasión (1224), y al de su muerte, tendido en tierra, cerca de Santa María de los Ángeles (1226), toda su vida de itinerante entre sus hermanos a los que por humildad, llamó Hermanos Menores.

Francisco no tuvo otro deseo que fijar sus pasos tras las huellas de Jesús, a fin de vivir las Bienaventuranzas. «Felices los pobres»: Francisco se encuentra reflejado por entero en esas palabras: alegría y pobreza, dicha nacida de la pobreza, simplicidad de corazón y humilde adhesión a los ministros de Jesucristo, ternura para con todos los hombres y, más allá de ellos mismos, para con todas las criaturas, tal es el secreto de la felicidad que Francisco enseñó a sus hermanos y hermanas.

Y su mensaje sigue permanente en la Iglesia. «El varón que tiene corazón de lis, alma de querube, lengua celestial, el mínimo y dulce ...», dirías que es el santo más para todo el mundo. Ateos, agnósticos, herejes, anticlericales, todos sienten una ternura especial por el Poverello, y de esta manera quizá se abarata un poco su santidad, hecha sentimentalismo laico. De todas formas, quede claro que no era un bohemio caprichoso, como hijo de mercader sabía muy bien lo que costaba el dinero, pero también que el camino hacia Dios pasa por la entrega, por lo que suele llamarse pobreza evangélica, y cuando ya no tenemos nada superfluo habrá que seguir dándose uno mismo, lo que se es. Mientras tengamos cosas, éstas nos distraen de Dios, y una vez libres de las cosas y de la posesividad, sólo queda darse, y eso es lo que significa la pobreza evangélica, hasta que desnudos de todo, se acaba dando el último reducto, la voluntad.

Nadie glorificó como él a Dios en la Creación, el hermano mundo. Desprendido de todo y amante finísimo de todo, del agua, del fuego, de la tierra, del aire, del hermano lobo, de la hermana ceniza, que es casta, decía, hasta de unos pasteles de almendra que le preparaba cariñosamente una devota.

El mundo, visto a través de Dios, es fraterno y hermoso, hasta en la hermana muerte, se disfruta en su voluntaria privación. Es el arte de la posesión en Dios, el arte de poseer la tierra con esa extraña lógica de los santos que es su tener y no tener: no teniendo nada, no deseando nada, se posee de verdad todo, siendo libre de las cosas se señorea alegremente el universo.

Oración

Señor Dios, que en el pobre y humilde Francisco de Asís
has dado a tu Iglesia una imagen viva de Jesucristo,
haz que nosotros, siguiendo su ejemplo,
imitemos a tu Hijo y vivamos, como este santo,
unidos a ti en el gozo del amor.
Por Jesucristo, tu Hijo y nuestro Señor.

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