Reseña biográfica de santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), mártir (1891-1942)

"No se puede adquirir la ciencia de la Cruz más que sufriendo verdaderamente el peso de la cruz. Desde el primer instante he tenido la convicción íntima de ello y me he dicho desde el fondo de mi corazón: Salve, oh Cruz, mi única esperanza".

Edith Stein nace el día del Kippur, día festivo para los hebreos, en la ciudad alemana de Breslau, en Silesia (tras la guerra reciclada como Wroclaw, Polonia), el 12 de octubre de 1891, en el seno de una familia judía. Sus padres, Sigfred y Auguste, se dedican al comercio. Edith es la última de once hijos. A los dos años de edad, muere su padre.

Hace sus primeros estudios y el bachillerato en su ciudad natal con calificaciones siempre sobresalientes. De niña es muy sensible, dinámica, nerviosa e irascible, pero a los siete años ya empieza en ella a madurar un temperamento reflexivo. Pronto se destacaría por su inteligencia y por su capacidad de estar abierta a los problemas que la rodean. En plena adolescencia deja la escuela y la religión porque no encuentra en ellas sentido para la vida. Surgen sus grandes dudas existenciales sobre el sentido de la vida del hombre en general, y se percata de la discriminación que sufre la mujer. En la Universidad de Breslau estudia, de 1911 a 1913, germanística, historia, psicología y filosofía.

En 1913 se traslada a Göttingen para seguir sus estudios de filosofía y fenomenología, siendo discípula de Edmund Husserl, un hebreo y no creyente, genio filosófico de su tiempo. Rinde en 1915 el examen de licenciatura con calificación sobresaliente. Husserl la prefiere antes que a Martín Heidegger (uno de los filósofos más importantes del siglo XX) para ser su asistente de cátedra. Como mujer de 1916 esto es un logro impresionante. Durante este período, llega a un ateísmo casi total, pues abandona la fe y la práctica religiosa.

Estalla en 1914 la primera guerra mundial. Siendo una mujer con una personalidad de alta tensión y fuertemente pasional, así como totalmente racionalista y atea, en el fondo mismo de su corazón, la semilla de la generosidad y el servicio a la humanidad causa un profundo cuestionamiento existencial. Así decide enlistarse en la Cruz Roja como enfermera voluntaria siendo enviada a un hospital del frente. Dice: "ahora mi vida no me pertenece. Todas mis energías están al servicio del gran acontecimiento. Cuando termine la guerra, si es que vivo todavía, podré pensar de nuevo en mis asuntos personales. Si los que están en las trincheras tienen que sufrir calamidades, ¿por qué he de ser yo una privilegiada?".

Después de ese infatigable trabajo, da el examen de doctorado en la Universidad de Freiburg, con la calificación Summa cum laude.

En 1921, tras la muerte de un amigo muy cercano, Edith decide acompañar a la viuda, Hedwig Conrad, que también es muy amiga suya. Edith pensaba que se iba a encontrar con una mujer totalmente desconsolada ante la pérdida de su esposo tan querido. La muerte le causa siempre un impacto interior muy grande, porque le hacía sentir la urgencia de dar respuesta a los grandes interrogantes de la vida. En este momento, ya ha experimentado el vacío de las aspiraciones de las ideas filosóficas, que no son capaces de llenar su alma, ni de calmar su deseo de una verdad más profunda, más completa.

Por eso le causa gran impacto encontrar que su amiga no sólo no está desconsolada, sino que tiene una gran paz y gran fe en Dios. Viéndola, Edith desea conocer la fuente de esta paz y de esta fe. Mientras está en casa de la viuda Conrad, Edith lee la biografía de quien pasaría a ser su maestra de vida interior y su Madre Fundadora, santa Teresa de Jesús. Una vez que lo comienza, Edith no puede soltar el libro, y pasa toda la noche leyendo hasta terminarlo. Intelectual y lógica como es, lee y analiza cada página hasta que finalmente su raciocinio se somete a la gracia haciéndola pronunciar aquellas palabras desde su corazón femenino: "ésta es la verdad".

La fenomenóloga brillante quiere rendirse a la gracia, pero atraviesa crisis profundas. Crisis a las que su voluntad se resiste. "Hay un estado de sosiego en Dios, de total relajación de toda actividad espiritual, en el que no se hacen planes ningunos, no se toman decisiones de ninguna clase y, sobre todo, no se actúa, sino que todo el porvenir se deja a la voluntad de Dios". Edith ha descubierto la verdad y se entrega. Unos pocos meses más tarde, entra en una parroquia y después de la misa busca al sacerdote en la sacristía y le comunica su deseo de ser bautizada. Ante el asombro del padre y su cuestionamiento sobre la preparación para recibir el sacramento, Edith responde simplemente: "Haga la prueba".

El 1 de enero de 1922 Edith es bautizada. Su bautismo es fuente de inmensas gracias. Ella reconoce, admirablemente, que su inserción en el Cuerpo Místico de Cristo como católica, lejos de robarle su identidad como judía, más bien le da cumplimiento y un sentido más profundo. Al ser católica se siente más judía; encuentra en Jesucristo el sentido de toda su fe y vida como judía. Este doble aspecto crea en Edith un corazón auténticamente reconciliador entre las dos religiones.

Después de su bautismo emerge en ella, como fruto directo, la seguridad de su vocación a la vida religiosa. Edith desea entrar casi inmediatamente a la vida religiosa en el Carmelo a pesar de la oposición de la familia, pero quien en ese momento la aconseja espiritualmente, reconociendo los dones extraordinarios que posee, la disuade, considerando que aún tiene mucho bien que hacer por medio de sus actividades 'en el mundo'. Así, Edith empieza un período de apostolado fecundo y de un alcance impresionante. Entre 1923 y 1931 es profesora en la escuela de formación docente de las dominicas de Santa Magdalena en Speyer. Además de las clases, escribe, traduce y da conferencias sobre la cuestión femenina y sobre la educación católica, que la llevan por diversas ciudades de Alemania y por los países limítrofes. Tradujo al alemán las cartas y diarios del cardenal Newman, y las Cuestiones sobre la verdad de santo Tomás de Aquino. A los 41 años, es profesora en el Instituto Alemán de Pedagogía científica en Münster. Su fama de conferenciante traspasa las fronteras de Alemania y es invitada a hablar en Francia y Suiza. Aún en medio de tanta actividad apostólica, Edith busca siempre que puede, sobre todo en Semana Santa, la soledad y la paz de la abadía benedictina de Beuron. Su amor a la liturgia de la Iglesia la lleva a pasar horas en la capilla y a celebrar las diferentes horas de oración junto con los benedictinos.

El 1 de abril de 1933, el nuevo gobierno nazi ordena a los profesores no-arios que abandonen "de forma espontánea" sus profesiones. Aunque teme por la situación cada vez más precaria para los judíos, Edith y su director espiritual reconocen que ya no hay nada que le impida su entrada al Carmelo el 14 de octubre, su sueño mas constante durante los últimos 11 años. Y así, en el momento más fecundo de su profesión, Edith decide escuchar y acceder a la voz de su corazón, abrazando la vida religiosa. La famosa y brillante conferencista católica renuncia al mundo y voluntariamente pasa a ser parte del anonimato por tanto tiempo anhelado, a los 42 años, ingresando en el Carmelo de Colonia. Aquí cambia su nombre por el de Teresa Benedicta de la Cruz.

Su familia hebrea rompe con ella. Más que su profesión, y más que su trabajo a favor de la mujer y sus derechos, es la incomprensión de su mamá lo que le causa un verdadero martirio interior. Para su madre, los actos de Edith constituyen una traición familiar que no aceptaría jamás. Su madre, que nunca comprendió su conversión al catolicismo, sufre un duro golpe con la nueva decisión de su hija más querida de entrar en la vida religiosa, y se niega a escuchar sus explicaciones. Edith abraza este profundo sufrimiento que traspasa su corazón, por seguir la voluntad de Dios, costara lo que costara.

"Mira hacia el Crucificado. Si estás unida a él, como una novia en el fiel cumplimiento de tus santos votos, es tu sangre y Su sangre preciosa las que se derraman. Unida a él, eres como el omnipresente. Con la fuerza de la Cruz, puede estar en todos los lugares de aflicción".

El 21 de abril de 1935, domingo de Pascua de Resurrección, emite los votos religiosos, y tres años después, aquel mismo día, sus votos perpetuos. Su vida será ya una Cruz convertida en Pascua. "Hay una vocación a sufrir con Cristo y por lo tanto a colaborar en su obra de redención. Si estamos unidos al Señor, entonces somos miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Todo sufrimiento llevado en unión con el Señor es un sufrimiento que da fruto porque forma parte de la gran obra de redención".

Dentro del convento, por orden del Provincial, continúa sus estudios. Durante estos años concluye una de las más admirables y profundas de sus obras, no ya para brillar, sino para obedecer. Se trata de la gran obra titulada: Ser finito y eterno. En esta obra, Edith trata las preguntas más existenciales del hombre; reconoce la sed infinita que posee el hombre de conocer la verdad y de experimentar su fruto, entendido desde la realidad de lo eterno y lo trascendente. Y así busca unir las dos fuentes que conducen al hombre al conocimiento de si mismo y de la verdad: la fe y la filosofía.

A medida que el nazismo se consolida en el poder, su condición de judía es una amenaza para ella y para la comunidad. El 31 de diciembre de 1938 pide ser trasladada y emigra a Holanda, al convento de Echt. Aquí le encomiendan, entre otros trabajos, un estudio sobre san Juan de la Cruz, y en 1941 empieza a escribir La ciencia de la Cruz, su última y más ilustre obra. Hecha por obediencia a sus superiores, más que una obra intelectual, es el fruto de su propio camino interior de inmolación y entrega en imitación al Cordero Inmolado. Teresa Benedicta de la Cruz desea con todo su ser, dar respuesta a la vocación de la entrega total, hasta la Cruz. Entrega su propia vida a favor de los pecadores, y por la liberación de su pueblo, de la situación tan horrenda que viven bajo los nazis. El estar detrás de las puertas del Carmelo no ha acallado las voces del sufrimiento de su pueblo, ni del horror de la guerra. La Hna Teresa está profundamente preocupada por la situación del pueblo judío en general, y ve en su entrega sacrificial la oportunidad de responder. Este deseo creciente del ofrecimiento de sí misma como víctima por su pueblo, por la conversión de Alemania y por la paz en el mundo, se hace cada vez más vivo. Su modo de apostolado se había transformado en el apostolado del sufrimiento.

Hace una petición por escrito a su priora, pidiendo permiso para ofrecerse como víctima: "Querida Madre, permítame Vuestra Reverencia, el ofrecerme en holocausto al Corazón de Jesús para pedir la verdadera paz: que la potencia del Anticristo desaparezca sin necesidad de una nueva guerra mundial y que pueda ser instaurado un orden nuevo. Yo quiero hacerlo hoy porque ya es medianoche. Sé que no soy nada, pero Jesús lo quiere, y Él llamará aún a muchos más en estos días".

El día 2 de agosto de 1942 las SS invaden el convento del Carmelo de Echt y se llevan a dos monjas judías conversas: Teresa y su hermana Rosa, también convertida al catolicismo. Al salir del convento, Teresa toma tranquilamente a su hermana de la mano y le dice: "¡Ven, hagámoslo por nuestro pueblo!" Con otros religiosos y religiosas las llevan al campo de concentración de Amersfoort.

En la noche del 3 de agosto, los presos son trasladados al campo de Westerbork, situado en una zona completamente deshabitada al norte de Holanda. Algunos de los sobreviventes dan testimonio de la paz interior de la santa: "Las lamentaciones en el campamento, y el nerviosismo en los recién llegados, eran indescriptibles. Edith Stein iba de una parte a otra, entre las mujeres, consolando, ayudando, tranquilizando como un ángel. Muchas madres, a punto de enloquecer, no se habían ocupado de sus hijos durantes días. Edith se ocupaba inmediatamente de los pequeños, los lavaba, peinaba y les buscaba alimento".

El 9 de agosto de 1942, llega en el tren de la muerte al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. Por su edad (51 años cumplidos), su baja estatura, sin signos externos de robustez, en la mentalidad nazi, no servía para los trabajos forzados. La llevan a la barraca 36, siendo marcada con el Nº 44.074 de deportación, con un grupo compuesto casi enteramente de judíos bautizados, para morir mártir de la fe cristiana en la casita blanca, víctima del gas. Edith ve en su holocausto el aspecto del sufrimiento expiatorio, el valor redentor para todo el mundo, y el vínculo específico entre su sacrificio y la gracia especial necesaria para propiciar la conversión de los judíos.

La ducha anunciada, en vez del agua deseada, emana el gas tóxico de la muerte casi instantánea. Su cuerpo sin vida es calcinado con leña (todavía estábamos en agosto de 1942). No hay tumba. Las cenizas o huesos de la Hna. Edith se arrojan en el campo adyacente. Hoy es un campo verde con cruces que plantan allí los grupos de peregrinos.

Mujer de singular inteligencia y cultura, ha dejado numerosos escritos de elevada doctrina y de honda espiritualidad. En 1962 se inicia su proceso de beatificación. Teresa Benedicta de la Cruz, dramática síntesis de nuestro tiempo: mujer hija de Israel, mártir por la fe en Cristo, y víctima del exterminio judío, es beatificada por Juan Pablo II en Colonia, el 1 de mayo de 1987. Su fiesta se celebra en el Carmelo Teresiano el 9 de agosto.

El 11 de octubre de 1998 el Papa Juan Pablo II canoniza a Edith Stein, judía, filósofa, monja y mártir, Teresa Benedicta de la Cruz de la Orden del Carmelo, en la Basílica de San Pedro en Roma. Le da el título de "mártir de amor". En octubre de 1999 es declarada co-patrona de Europa.

Noche Santa (poesía)

Mi Señor y mi Dios,
me has conducido por un camino oscuro, pedregoso y duro.
Mis fuerzas, a menudo, parecen querer abandonarme,
ya no esperaba ver jamás un día la luz.
Mi corazón se iba petrificando en una esperanza profunda
cuando la claridad de una dulce estrella se levanta a mis ojos.
Siempre fiel, me guía y yo la sigo
con paso tímido, pero seguro después.
Llegué, al fin, ante la puerta de la Iglesia.
Ésta se abrió. Pedí entrar en ella.
Tu bendición me acoge por la boca de tu ministro.
En el interior se suceden unas estrellas,
unas estrellas de flores rojas que me indican el camino hasta ti…
Y tu bondad permite que iluminen mi camino hacia ti.
El misterio que precisaba ser guardado escondido en lo profundo de mi corazón,
puedo desde ahora proclamarlo en voz alta:
¡Creo, yo confieso mi fe!
El ministro me conduce hasta las gradas del altar,
inclino la frente,
el agua santa corre sobre mi cabeza.

Señor ¿es posible que alguien pueda renacer
cuando ya ha transcurrido la mitad de su vida? (Jn 3,4)
Tú lo has dicho, y para mí se ha hecho realidad.
El peso de las faltas y las penas de mi larga vida me han abandonado.
¡De pie, he recibido el manto blanco colocado sobre mis espaldas,
símbolo luminoso de la pureza!
He llevado en mi mano el cirio cuya llama anuncia
que en mí quema tu vida santa.
Mi corazón, desde ahora, se ha convertido en el pesebre que espera tu presencia.
¡Por poco tiempo!
María, tu madre, que es también la mía, me ha dado su nombre.
A medianoche deja en mi corazón su hijo recién nacido.
¡Oh! Ningún corazón humano puede imaginar
lo que tú preparas a los que te aman (1 Cor 2,9).
Tú eres mío desde ahora y ya jamás te abandonaré.
Por dondequiera que pueda ir el camino de mi vida, estás cerca de mí.
Ya nunca jamás nada podrá separarme de tu amor (Rom 8,39).

Oración

Dios y Padre nuestro,
que concediste a la mártir santa Teresa Benedicta
experimentar a tu Hijo crucificado
e imitarlo fielmente hasta la muerte,
concédenos por su intercesión
que todos los hombres reconozcan a Cristo como Salvador
y por Él, lleguen a gozar de tu visión en la eternidad.
Por el mismo Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor,
que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios, por los siglos de los siglos.

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