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Catalina (nombre que significa "Pura"), es la penúltima de 25 hermanos, hija del matrimonio formado por el dulce y bonachón tintorero de pieles Giacomo Benincasa, y por Lapa de Puccio dei Piangenti, una mujer enérgica y trabajadora. Ella nace en Siena el día de la fiesta de la Anunciación de 1347, el año anterior a la tristemente célebre Peste Negra que asoló a toda Europa. Desde niña, empieza a orar a María, la Reina de Siena, y a menudo se le oye rezar el Ave María bajando las escaleras de su casa. A los seis años tiene una extraordinaria experiencia mística que define su vocación, entregándose enteramente a Cristo: mientras camina por las calles de Siena con su hermano Esteban, eleva su mirada y de repente ve sobre el techo de la Iglesia de Santo Domingo a Jesús sentado en un rico trono rodeado de ángeles, vestido como el Papa con su corona Papal, que le sonríe y la bendice haciendo tres veces la señal de la Cruz sobre ella con su mano derecha, como lo hace un obispo, y lo acompañan los Apóstoles Pedro, Pablo y Juan. Desde ese momento Catalina deja de ser una niña, y se enamora profundamente de su amado Salvador. Esa visión y esa bendición son tan poderosas que después no pudo pensar en nada más que en los ermitaños, y en cómo imitarlos. Se entrega más a la oración, hace todo mucho mejor que antes y de modo casi impropio de una niña de su edad. Parece estar ensimismada y fuera de sí. El año siguiente, ante un cuadro de Nuestra Señora, se ofrece al Señor que la había bendecido. En este momento tan crucial ora a la Madre: "¡Santísima Virgen, no mires mi debilidad, sino dame la gracia de tener como esposo a aquel a quien amo con toda mi alma, tu Santísimo Hijo, Nuestro Único Señor, Jesucristo! Le prometo a Él y a ti, que nunca tendré otro esposo". Cuando Catalina tiene doce años, su familia quiere obligarla a contraer matrimonio. Ella, después de consultar con un sacerdote dominico acerca de su voto de castidad y cómo defenderlo ante esta amenaza, se corta el pelo, como señal de haber 'cortado' con el mundo. Sus padres hacen todo lo posible por impedir que tenga tiempo de oración y soledad. Para quitarle de la cabeza estas «manías», la ponen a trabajar todo el día al servicio de la criada de la casa, tratándola muy mal, como sirvienta de la familia. Catalina humildemente acepta este rechazo de su familia, acepta gustosa esta nueva misión y se entrega de lleno a servir a los demás. Actúa como si estuviese en la casa de Nazareth, tomando como a su única madre a la Virgen Santísima. Sus hermanas y amistades la persuaden de que participe en sus diversiones y vanidades. Pero pronto se arrepiente y se lamenta de eso por el resto de su vida. Lo considera como su mayor infidelidad a su Esposo del Cielo. La muerte de su hermana mayor, Bonaventura, ocurrida poco después, confirma sus sentimientos. Madre Lapa quiere que se aficione a la vida social y que piense en casarse con un joven bueno y apuesto que le propone. Catalina no piensa así. Ella ya se ha prometido secretamente al Señor Jesucristo... Finalmente, derrotados por su ejemplo de humildad, obediencia y caridad ante su familia, los conquista y su padre decide: «Que nadie moleste a mi hija Catalina. Que ella sea quien tome la decisión de su futuro. Si quiere servir a Jesucristo que nadie se lo impida». Catalina se pone muy contenta, le dan un cuarto privado, y a los dieciséis años la admiten en la Tercera Orden de Santo Domingo (sigue, por lo tanto, siendo laica). Allí comienza a hacer actos de mortificación heroicos. Se alimenta principalmente de hierbas y viste con telas muy crudas. Pese a las consolaciones y visiones, tiene que vencer pruebas muy duras. Por revelación divina, sale a trabajar por la salvación del prójimo, asistiendo a los enfermos en los hospitales y en especial aquellos que padecen enfermedades repugnantes como la lepra. Pero sus experiencias místicas no le quitan las pruebas. Sufre por su temperamento al que domina con gran paciencia y por los baños calientes que le ordenan los médicos. En medio de sus dolores ora sin cesar para expiar sus ofensas y purificar su corazón. Por fin, en 1635, a los 18 años, recibe el hábito de la tercera orden dominica. Los tres años siguientes, Catalina vive en la santa soledad de su pequeño cuarto y en su capilla favorita. Allí vive un entrenamiento espiritual estricto basado en la auto-negación y el crecimiento bajo la dirección personal de Jesús y de su Madre. No habla sino con Dios, la Virgen y su confesor. Con la fortaleza recibida del Señor, Catalina continúa creciendo en su fervor y efectividad en el apostolado, primero entre la gente de Siena, luego en Pisa, en Florencia, y eventualmente en las ciudades papales de Avignón y Roma. Poco a poco reúne a un grupo de amigos devotos y discípulos formando una "gran familia". En la terrible peste negra de 1374, conocida como "la gran mortandad", perece más de la tercera parte de la población de Siena. Durante la epidemia, Catalina asiste a casi todos los enfermos de la ciudad, tiene gran compasión por ellos y los atiende con esmero. En una visita a Pisa, enviada por sus superiores, ora por muchos enfermos y se sanan. Muchas conversiones impresionantes se logran por su mediación. Entre ellas, durante la peste, las de Raimundo de Capua y Bartolomé de Siena, actualmente dos beatos dominicos. Los pecadores más empecinados se ablandan ante el poder de sus exhortaciones. La caridad de Catalina también se extiende a los condenados a muerte, a quienes ayuda a encontrar a Dios. Cuando tiene entre manos la conversión de un endurecido pecador, se dirige con confianza a la Madre de Misericordia. A través de la Virgen Santísima logra la gracia de la resignación y de la paz para un joven condenado a la decapitación, y puede estar con él hasta el final. "Lo esperé en el lugar de la ejecución, esperé en oración continua y en la presencia de María, y antes que llegase, puse mi cabeza sobre la piedra y oré suplicándole al cielo, repitiendo: ¡María! Quería obtener la gracia de que Ella, en el último momento, le diera luz y paz. Y María no me defraudó". |
Un día, durante la misa en Santa María Novella, en Florencia, le parece que la Virgen está de pie a su lado y le indica un sacerdote para que fuera su guía: el Padre Raimundo de Capua. Éste se convierte en su director espiritual. Después de muchos años de una relación muy fructífera, lo llama: "mi padre y mi hijo, a quien mi dulce Madre María me regaló". Él por su parte crece mucho espiritualmente gracias a la inspiración de la santa y llega a ser beatificado. A su alrededor muchas personas se agrupan para escucharla. Durante su breve vida convierte a muchos, de diferentes edades y clases, a una auténtica vida cristiana. Los que la conocen saben que sólo tienen que presentarle a Catalina a un pecador, y por su sencilla pero profunda caridad, y por su corazón y personalidad, el pecador es movido a ser otro "catelinato", como le decían a sus seguidores en Siena. Ya a los veinticinco años de edad comienza su vida pública, como conciliadora de la paz entre los soberanos y aconsejando a los príncipes. Catalina sirve exitosamente como moderadora entre la Santa Sede y Florencia, pues esta ciudad había formado una liga contra el Vaticano, que tres años antes ella había profetizado y que la traspasa de dolor. Finalmente se llega a la reconciliación bajo el Papa Urbano VI. Catalina entonces vuelve a Siena pero su salud empeora obligándola a soportar grandes sufrimientos. La santa llega a Avignón (Francia) el 18 de junio de 1376. Gregorio XI se reúne con ella, y con gran admiración por su prudencia y santidad, le dice: "No quiero otra cosa sino paz. Pongo este asunto enteramente en tus manos". Por su influencia, el papa deja la sede de Aviñón para retornar a Roma. Había hecho un voto secreto de regresar a Roma, pero no se decide al notar la resistencia de su corte. Aprovechando la presencia de Catalina en Avignón, le consulta el caso. "Cumpla lo que le ha prometido a Dios", es la respuesta de Catalina. La santa recibe del Señor la certeza de que el Papa debe regresar a Roma y aquél es el momento en que se lo puede comunicar. El Papa, sorprendido de que supiese por revelación lo que no había confiado a nadie, decide cumplir con su traslado a Roma en setiembre de 1376. Este pontífice y Urbano VI se sirven de ella como embajadora en cuestiones gravísimas; Catalina sabe hacer las cosas con prudencia, inteligencia y eficacia. Tiene un profundo amor a la Eucaristía, a María y a los pobres. Tiene muchas experiencias místicas, entre ellas el desposorio con Cristo, profecías, estigmas, largos ayunos en los que se alimenta solamente de la Eucaristía. En una ocasión ayuna desde el miércoles de ceniza hasta el día de la Ascensión. Dos años después del fin del cautiverio de los Papas en Aviñón estalla el escándalo del gran cisma, por lo que Catalina se establece en Roma, donde lucha infatigablemente con oraciones, exhortaciones y cartas, para ganar nuevos partidarios al Papa legítimo. Aunque nunca tuvo una preparación académica formal y no sabe leer ni escribir, como gran parte de las mujeres y muchos hombres de su tiempo, dicta un maravilloso libro titulado Diálogo de la divina Providencia, donde recoge las experiencias místicas vividas y donde enseña los caminos para hallar la salvación. Sus trescientas setenta y cinco cartas son consideradas una obra clásica, de gran profundidad teológica. Expresa los pensamientos con vigorosas y originales imágenes. Se la considera una de las mujeres más ilustres de la edad media, maestra también en el uso de la lengua italiana. Pero su vida tocaba a su fin. Poco antes de morir, en el adviento, Catalina escribe a una amiga: "Te pido, en este dulce tiempo de adviento y de la fiesta de la Navidad, que visites el pesebre donde reposa el Manso Cordero. Allí encontrarás también a María, una extranjera y en exilio, en tan gran pobreza que no tiene con qué vestir al Hijo de Dios, o fuego con que calentarlo... Asegúrate de recurrir siempre a la Virgen Santísima, abrazando siempre la cruz". El 21 de abril de 1380, un ataque de apoplejía la deja semiparalítica, y ocho días después muere a los 33 años de edad la gran mística del siglo XIV. El papa Pío II la canoniza en 1461. Sus restos reposan en la iglesia de Santa María sopra Minerva en Roma, donde se la venera como patrona de la ciudad; es además, patrona de Italia y protectora del pontificado. El papa Pablo VI, en 1970, la proclamó doctora de la Iglesia. Junto a santa Teresa de Jesús y santa Teresita del Niño Jesús son las tres únicas mujeres que ostentan este título. En santa Catalina vemos lo que Dios puede hacer con un corazón que se deja traspasar de amor por Él y por la Virgen. |
Señor Dios nuestro, que diste a santa Catalina de Siena
el don de entregarse con amor a la contemplación de la pasión de Cristo
y al servicio de la Iglesia, haz que, por su intercesión,
el pueblo cristiano viva siempre unido al misterio de Cristo,
para que pueda rebosar de gozo cuando se manifieste su gloria.
Por Jesucristo, tu Hijo y nuestro Señor.
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