San Bernardo de Claraval, abad y doctor de la Iglesia (1090-1153)

«No eres más santo porque no eres más devoto de María»
«La medida de nuestro amor debe ser el amor sin medida»

Nace en el castillo de Fontaines-les-Dijon, Borgoña, Francia (cerca de Suiza) en el año 1090. Su padre es caballero del duque de Borgoña. tuvieron siete hijos y a todos los forman estrictamente haciéndoles aprender el latín, la literatura y la religión.

Bernardo posee todas las ventajas y cualidades que pueden hacer amable y simpático a un joven: inteligencia viva y brillante, temperamento bondadoso y alegre; se gana la simpatía de cuantos tratan con él. Esto y su físico lleno de vigor y lozanía eran ocasión de graves peligros para su castidad y santidad.

Una noche de Navidad, mientras celebraban las ceremonias religiosas en el templo, se queda dormido y le parece ver al Niño Jesús en Belén en brazos de María, y que la santa Madre le ofrece a su Hijo para que lo ame y lo haga amar mucho por los demás. Desde este día ya no piensa sino en consagrarse a la religión y al apostolado. Se va al convento de monjes benedictinos llamado Cister (Cîteaux), y pide ser admitido. El superior, san Esteban Harding, lo acepta con gran alegría pues, en aquel convento, hacía 15 años que no llegaban religiosos nuevos.

Cuando Bernardo se va como religioso, se lleva consigo a sus 4 hermanos varones y un tío, dejando a su hermana a que cuide a su padre (la madre ya había muerto) y al hermanito menor para que administre las posesiones que tenían. Y un tiempo después, también éste se hace religioso. Y más tarde llegan además al convento el papá y el esposo de la hermana (y ella también se fue de monja). Casos como éste son más únicos que raros.

En el convento del Cister demuestra tales cualidades de líder y de santo, que a los 25 años (con sólo tres de religioso) es enviado como superior a fundar una nueva abadía. Elige un sitio sumamente árido y lleno de bosques donde sus monjes tuvieran que derramar el sudor de su frente para poder cosechar algo, y le pone el nombre de Claraval (Clairvaux), que significa "valle muy claro", ya que allí el sol ilumina fuerte todo el día.

Sabe infundir del tal manera fervor y entusiasmo a sus religiosos de Claraval, que habiendo comenzado con sólo 20 compañeros, a los pocos años tiene 130 religiosos; de esta abadía de Claraval salen monjes a fundar otros 63 conventos, etre ellos Trois-Fontaines y Fontenay.

Es el último de los Padres de la Iglesia. Entre todos los predicadores católicos quizás ninguno ha hablado con más cariño y emoción acerca de la Virgen Santísima como Bernardo. Él fue quien compuso aquellas últimas palabras de la Salve: "Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María". Y repetía la bella oración que dice: "Acuérdate oh Madre Santa, que jamás se oyó decir, que alguno a Ti haya acudido, sin tu auxilio recibir".

El pueblo vibraba de emoción cuando le oía clamar desde el púlpito con su voz sonora e impresionante. "Si se levantan las tempestades de tus pasiones, mira a la Estrella, invoca a María. Si la sensualidad de tus sentidos quiere hundir la barca de tu espíritu, levanta los ojos de la fe, mira a la Estrella, invoca a María. Si el recuerdo de tus muchos pecados quiere lanzarte al abismo de la desesperación, lánzale una mirada a la Estrella del cielo y rézale a la Madre de Dios. Siguiéndola, no te perderás en el camino. Invocándola no te desesperarás. Y guiado por Ella llegarás seguramente al Puerto Celestial". Sus bellísimos escritos son leídos hoy, después de varios siglos, con verdadera satisfacción y gran provecho.

Un hombre muy bien preparado le pidió que lo recibiera en su monasterio de Claraval. Para probar su virtud lo dedicó las primeras semanas a transportar carbón, y el otro lo hizo de muy buena voluntad. Después llegó a ser un excelente monje, y más tarde fue nombrado Sumo Pontífice: Honorio III. El santo le escribió un famoso libro llamado "De consideratione", en el cual propone una serie de consejos importantísimos para que los que están en puestos elevados no vayan a cometer el gravísimo error de dedicarse solamente a actividades exteriores descuidando la oración y la meditación. Y llegó a decirle: "Malditas serán dichas ocupaciones, si no dejan dedicar el debido tiempo a la oración y a la meditación".

Después de haber llegado a ser el hombre más famoso de Europa en su tiempo y de haber sido instrumento de varios milagros, y después de haber llenado varios países de monasterios con religiosos fervorosos, ante la petición de sus discípulos para que pidiera a Dios la gracia de seguir viviendo unos años más, exclamaba: "Mi gran deseo es ir a ver a Dios y estar junto a Él. Pero el amor hacia mis discípulos me mueve a querer seguir ayudándolos. Que el Señor Dios haga lo que a Él mejor le parezca". Y a Dios le pareció que ya había sufrido y trabajado bastante y que se merecía el descanso eterno y el premio preparado para los discípulos fieles, y se lo llevó a su eternidad feliz el 20 de agosto del año 1153. Tenía 63 años.

El sumo pontífice Alejandro III lo canoniza en 1174. Es declarado Doctor de la Iglesia por Pío VII en 1830.

Oración

Señor Dios nuestro,
que hiciste que el abad san Bernardo,
encendido en el celo de tu casa,
no sólo ardiera en tu amor, sino que
resplandeciera en tu Iglesia para iluminarla,
concédenos, por su intercesión, que,
animados de ese mismo espíritu,
vivamos siempre como hijos de la luz.
Por Jesucristo, tu Hijo y nuestro Señor.

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