Capítulo IV
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En conclusión, ¿cuál tiene que ser nuestra actitud, nuestro enfoque hacia las sectas? Evidentemente, no es posible dar una respuesta simple. Las mismas sectas son demasiado diversas; las situaciones —religiosa, cultural, social— son demasiado diferentes. La respuesta no será la misma cuando consideramos a las sectas en relación con el "no perteneciente a iglesia alguna", el no bautizado, el no creyente, y cuando nos estamos ocupando de su impacto en cristianos bautizados y especialmente en católicos o ex católicos. Los que nos responden se refieren como es natural principalmente a este último grupo.
Es obvio también que tampoco podemos ser ingenuos conciliadores. Hemos analizado suficientemente la acción de las sectas para darnos cuenta de que las actitudes y los métodos de algunas de ellas pueden ser destructivos de la personalidad y quebrantadores de la familia y de la sociedad, y que sus principios tienen que ser bien diferenciados de las enseñanzas de Cristo y su Iglesia. En muchos países sospechamos, y en algunos casos sabemos, que a través de las sectas están actuando potentes fuerzas ideológicas, así como intereses económicos y políticos, que son totalmente extraños a un genuino interés "humanitario" y que utilizan lo humanitario para propósitos inhumanos.
Es necesario informar a los fieles, especialmente a los jóvenes, para que estén en guardia, e incluso alistar ayuda profesional para aconsejar, dar protección legal, etc. Ocasionalmente tendremos que reconocer e incluso apoyar medidas apropiadas que el Estado puede adoptar dentro de su propia esfera.
Sabemos también por experiencia que generalmente hay poca o ninguna posibilidad de diálogo con las sectas; y que no solamente están cerradas al diálogo, sino que pueden también constituir un serio obstáculo para la educación ecuménica allí donde actúan.
Y aún así, si queremos ser sinceros con nuestra propia fe y nuestros principios —respeto por la persona humana, respeto por la libertad religiosa, fe en la acción del Espíritu que trabaja en lo profundo por la realización de la voluntad amorosa de Dios para toda la humanidad, para cada individuo, hombre, mujer o niño—, no podemos simplemente contentarnos con condenar y combatir las sectas, con verlas fuera de la ley o expulsadas, y a sus integrantes "desprogramados" contra su voluntad. El "desafío" de los nuevos movimientos religiosos consiste en estimular nuestra propia renovación para una mayor eficacia pastoral.
Esto significará seguramente también desarrollar dentro de nosotros mismos y dentro de nuestras comunidades una mentalidad cristiana respecto de las sectas, intentando entender "dónde están", y donde sea posible, llegar a ellas con el amor cristiano.
Tenemos que perseguir estas metas, siendo fieles a la verdadera enseñanza de Cristo, amando a todos los hombres y mujeres. No debemos permitir que la preocupación por las sectas disminuya nuestro celo por el verdadero ecumenismo entre todos los cristianos.
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