Parte V
APUNTES PARA CONCRETAR NUESTRAS OPCIONES

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67. ¿Cómo dar cuerpo a las opciones del capítulo anterior de manera que las sugerencias para la acción pastoral resulten actuales (es decir, adaptadas a nuestra situación) y posibles (proporcionadas a nuestras fuerzas)?

No podemos sino indicar algunos apuntes. No conocemos en esta hora toda la hoja de ruta. Somos como conductores en un itinerario nocturno y enrevesado, obligados a utilizar sobre todo las luces bajas. Sin embargo, no queremos mirar sólo el presente. Nos preocupa también el futuro de la Iglesia y especialmente el porvenir de nuestras diócesis. No añoramos en absoluto una Iglesia poderosa. Pero queremos una Iglesia que mantenga el sabor y el vigor evangélicos para que siga siendo significativa en la sociedad del futuro. Abiertos siempre a la sorpresa del Espíritu Santo, deseamos dar desde ahora algunos pasos modestos que colaboren con Él en este noble quehacer:

- Un estilo pastoral renovado

- Renovar las grandes tareas eclesiales

- Remodelar algunas estructuras pastorales

1. Un estilo pastoral renovado

68. Preparar el futuro desde la situación presente entraña la necesidad de renovar nuestro estilo pastoral, que está llamado a ser más espiritual, más comunitario, más evangelizador, más corresponsable, más personalizado y más centrado en la formación del núcleo pastoral de nuestras comunidades.

1.1. Más espiritual

Un estilo más espiritual comporta, al menos, estos requisitos. En primer lugar, la convicción humilde y confiada de que "sólo Dios salva". Nosotros somos sólo servidores. "Hemos hecho únicamente lo que teníamos que hacer" [92]. Él suscita la búsqueda, convierte, enseña por dentro, llama al compromiso. Descansar en Dios de nuestros afanes y trabajos apostólicos confiándoselos a Él es signo de haber asimilado esta convicción. Éste es un punto capital de la espiritualidad del apóstol. Lo es más cuando, como en nuestras circunstancias, los frutos pastorales son menos tangibles y la sensación de ineficacia es más recurrente. Es necesario que los responsables presbíteros, religiosos o laicos estemos iniciados en la rica, estimuladora y exigente espiritualidad apostólica. Ella ha de ser uno de los capítulos de la formación del núcleo de colaboradores ministeriales.

Tales convicciones postulan como una actividad fundamental, ejercitada en privado y en común, la oración apostólica. Pablo nos la enseñó prácticamente en sus cartas [93]. "Es una oración ligada al apostolado y en él encuentra su origen y alimento... Prepara, acompaña e incluso releva a la acción apostólica cuando ésta no es posible" (Lyonnet).

1.2. Más evangelizador

69. Un estilo más evangelizador nos es reclamado hoy por la situación de fe de muchos bautizados, que pertenecen estrictamente al grupo de los que apenas han recibido la Buena Noticia o la han recibido de manera sustancialmente insuficiente. No resulta, pues, correcto ni provechoso distinguir las actividades pastorales de la vida ordinaria de las tareas propiamente evangelizadoras. Las mismas actividades (desde una entrevista con los novios hasta una homilía), pueden realizarse en clave evangelizadora o en clave de pastoral de conservación. Lo decisivo es la clave. En el primer caso, reconocemos prácticamente que los interlocutores necesitan profundizar en su conversión a la fe. En el segundo, la damos por supuesta..., o quizá por imposible. Siendo la clave lo decisivo, es preciso añadir que una comunidad que no introdujera en su proyecto pastoral algunas iniciativas destinadas a los más lejanos de la fe, mostraría una carencia de creatividad y de vigor. La fuerza expansiva de la fe es signo de su vitalidad.

1.3. Más comunitario

70. Un estilo más comunitario postularía hoy de nosotros, entre otras muchas condiciones, una mayor atención a la diversidad de dones y carismas que el Espíritu siembra en la comunidad para el ejercicio de los distintos servicios y ministerios. Nos orientaría hacia un mayor desarrollo ministerial de las mismas comunidades. Concretamente, a plantearnos un impulso del diaconado permanente en nuestras diócesis y reconocer y promover algunos ministerios laicales. Así lo hizo la Iglesia primitiva conducida por el Espíritu. Así lo aconseja el Papa en Novo millennio ineunte, n. 46. Ya Christifideles laici, n. 23 decía: "Los pastores han de reconocer y promover los ministerios, oficios y funciones de los fieles laicos, que tienen su fundamento sacramental en el Bautismo y la Confirmación y, para muchos de ellos, además en el Matrimonio".

Resulta pertinente recordar aquí los caracteres de un verdadero ministerio laical. Son servicios que cubren áreas importantes de la vida de la Iglesia (la catequesis, la pastoral familiar o sanitaria, la acción socio caritativa, etc.). Reclaman una dedicación estable y un nivel notable de responsabilidad asumida. Requieren un reconocimiento por parte de la Iglesia. Es muy coherente que tal reconocimiento se dé públicamente ante la comunidad en una celebración.

Las diócesis tendríamos que determinar con precisión cuáles son los servicios que deberían ser públicamente reconocidos como ministerios. Tendríamos asimismo que designar a las personas aptas para desempeñarlos y ofrecerles la formación adecuada.

Reconocer y dar así publicidad a los ministerios enriquece a la Iglesia entera como signo sacramental que se expresa más plenamente en la variedad de sus funciones. Contribuye a asegurar la calidad y estabilidad de muchos servicios eclesiales necesarios. Modifica además la imagen incorrecta de una Iglesia que es percibida como compuesta por "emisores" (los sacerdotes) y "receptores" (los laicos). "En la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo, cada uno ejercemos distintas funciones. Uno centra todo su interés en el estudio de la sabiduría de Dios y la doctrina de la palabra, perseverando día y noche en la meditación de la ley divina: es el ojo del cuerpo. Otro se ocupa del servicio a los hermanos y a los indigentes: es la mano de este santo cuerpo. Otro es ávido oyente de la Palabra de Dios: es el oído del cuerpo. Otro se muestra incansable en visitar a los postrados en cama, en buscar a los atribulados y en sacar de apuros a quien se encuentra en alguna necesidad: podemos indudablemente llamarle pie del cuerpo de la Iglesia" (Orígenes).

1.4. Más corresponsable

71. El Concilio Vaticano II (Ad gentes) y la reflexión posterior de la Iglesia (Christifideles laici), están postulando que los adultos laicos en la Iglesia sean "laicos adultos". La sensibilidad social valora asimismo la auténtica participación de los miembros en la vida de su comunidad.

Esta orientación básica entraña consecuencias pastorales importantes. Nos está pidiendo que los colaboradores se conviertan en corresponsables. Un mero colaborador participa sólo en la ejecución de los proyectos. Un miembro corresponsable participa en la gestación, madura la decisión y colabora en la realización de lo proyectado. Precisamente por ello se siente solidario a la hora de hacerse cargo de los resultados del proyecto realizado y no declina su responsabilidad personal sobre los hombros de los coordinadores. Animado por este espíritu, Novo millennio ineunte, n. 40 nos convoca a "una acción misionera que no podrá ser delegada sobre unos pocos 'especialistas' sino que ha de acabar implicando la responsabilidad de todos los miembros del Pueblo de Dios".

La corresponsabilidad ejercida refluye favorablemente sobre la identidad cristiana y eclesial de quienes la ejercen. Les hace vivir más intensamente su condición de sujetos evangelizadores. Acentúa en ellos la conciencia de ser partícipes, junto a otros laicos, religiosos y presbíteros, de la única misión evangelizadora de la Iglesia.

No comprenderíamos adecuadamente la corresponsabilidad si la redujéramos a una praxis postulada únicamente por las tareas de la edificación interna de la comunidad eclesial. También los cristianos implicados en virtud de su fe en la construcción y renovación de la comunidad cívica en la familia, en la profesión, en el área cultural, sindical y política, han de sentirse corresponsables no sólo con aquellos y aquellas con los que trabajan al servicio de causas humanizadoras, sino también con la comunidad cristiana a la que pertenecen y por la que son enviados a promover el Reino de Dios. De su Iglesia han de recibir no consignas que interfieran su legítima autonomía, pero sí criterios y servicios que rieguen y motiven su compromiso cristiano. A su Iglesia han de ofrecer la óptica desde la que ven a la sociedad y a la misma comunidad eclesial. Ésta necesita sus indicaciones y sugerencias para que acierte a situarse más adecuadamente en el mundo y cumpla mejor su misión.

1.5. Más personalizado

72. La psicología del hombre y la mujer contemporáneos y las especiales circunstancias de la evangelización nos conducen a imprimir a nuestra acción p astoral un fuerte sello de atención a cada una de las personas. Estamos llamados a realizar una "pastoral artesanal". Hoy menos que nunca pueden tallarse "cristianos en serie". Por supuesto son necesarias las prestaciones pastorales colectivas; pero al menos para un número notable no son suficientes. Los que están en búsqueda, la pareja de novios, los matrimonios, cualquier creyente al que queremos invitar a que asuma un compromiso, requieren atención individualizada. No son tiempos de cosechas abundantes. Hoy "sumamos de uno en uno".

El ministerio del acompañamiento personal a los creyentes, practicado al estilo de la época hasta tiempos recientes, vuelve a adquirir hoy un relieve extraordinario y puede resultar decisivo incluso para el encuentro de bastantes con la fe. Escuchar con sosiego a las personas, reservar tiempo para su acogida, conectarse con la gente en momentos especialmente densos de su existencia (nacimiento de un hijo, momentos de especial alegría o sufrimiento, opciones vitales importantes, enfermedad o muerte), es responder a una aspiración y necesidad de muchos a los cuales esta sociedad que parece tenerlo todo, no tiene tiempo de escuchar. Pero es, sobre todo, estar en sintonía con el amor de Dios, que se ocupa individualmente de cada uno de sus hijos [94]llamándolos por su nombre y con el espíritu del Buen Pastor que conoce (es decir, profesa familiar intimidad), a cada una de sus ovejas [95].

Este ministerio, hasta hace poco casi solamente en manos de los sacerdotes, no es, en absoluto, exclusivamente presbiteral. Es preciso descubrirlo en laicos y laicas. Hay hombres y mujeres que tienen aptitudes especiales porque intuyen bien, empatizan fácilmente y tienen sensibilidad espiritual y sensatez. Es preciso, además, preparar a estos acompañantes para cumplir tal ministerio. Y evitar que su servicio pastoral se vaya transmutando progresivamente en un acompañamiento puramente psicológico.

1.6. Cuidar a los evangelizadores

73. Con el núcleo de los colaboradores más inmediatos en la acción pastoral, los responsables podemos caer en una gruesa omisión: pensar que, dada su solidez y su responsabilidad, no necesitan de nosotros una especial atención personal. La calidad espiritual y apostólica del núcleo evangelizador de nuestras comunidades es decisiva. Esta calidad requiere servicios de formación, de espiritualidad, de talante comunitario, de destrezas necesarias para la pastoral que realizan. Requiere además un acompañamiento individualizado. Requiere asimismo interesarnos por su situación personal, tener el detalle de mostrarles que apreciamos su trabajo, expresarles nuestra confianza comunicándonos con familiaridad.

Bastantes colaboradores leales se han "quemado" al comprobar que sólo son colaboradores y que sus propuestas o iniciativas son descartadas autoritaria e indelicadamente. Otros se han "deshidratado" porque no les hemos ofrecido el agua de la espiritualidad, de la formación, del seguimiento personal. Algunos se han desencantado porque, al no percibir en nosotros signos de interés real por sus personas, han llegado a la conclusión de que también la Iglesia valora a las personas solo en función de su utilidad.

Tenemos en estas personas y grupos una mina de gran valor. Agradezcámosla a Dios cuidándola con esmero.

2. Renovar las grandes tareas eclesiales

74. El servicio a la Palabra de Dios, la celebración y la acción caritativa son los grandes capítulos de la acción eclesial. Para renovar las comunidades es preciso renovar cada una de estas tareas mayores que están llamadas a realizar.

Un criterio debe inspirar aquí nuestro empeño renovador: es preciso subrayar aquello que, debidamente actualizado, es central y común, sin demorarnos en acentuar aspectos que, aún siendo legítimos, no pertenecen al núcleo esencial de la fe, de la celebración, de la práctica de la caridad.

2.1. El servicio a la Palabra de Dios

La atracción hacia la Palabra de Dios, suscitada por el Espíritu Santo, está reclamando y generando en nuestras Iglesias numerosos grupos de lectura creyente de la Biblia. Es visible el fruto espiritual que estos grupos reciben. Descubrir la Palabra de Dios es "hacernos contemporáneos a ella para que ella se haga contemporánea a nosotros" (card. Ratzinger). La alegría y la fortaleza que produce este descubrimiento es patente y esperanzadora. Deseamos vivamente que estos grupos se multipliquen y vayan generando una piel fresca en la piel un tanto reseca de nuestras comunidades.

El servicio a la Palabra de Dios ha de actualizarse también en la predicación. Muchos oyentes más bien la soportan que la desean. No la escucharán con interés sino en la medida en que ésta se conecte no sólo con sus problemas diarios sino con sus aspiraciones y carencias más profundas, como son, entre otras, la necesidad de sentido y la soledad. "Cuando tenemos un por qué y un para qué, soportamos mejor el cómo" (Víctor Frankl).

Es muy difícil el arte de predicar así. Lo reconoce el Vaticano II cuando afirma que "resulta bastantes veces muy difícil en la situación actual de nuestro mundo" [96]. Tendríamos que prepararnos cuidadosamente los predicadores para asimilar una óptica diferente: aquélla que "va al fondo" del hombre y aquélla que no supone gratuitamente la solidez de la fe de los oyentes [97].

Los cristianos que se nutren de la Palabra de Dios están, como los capilares de la sangre, en todos los medios de nuestra sociedad. Si la "presión sanguínea" de su fe es alta, surgirán ocasiones para que la propongan y ofrezcan neta, discreta y respetuosamente a personas alejadas.

El estilo narrativo parece el más indicado para esta comunicación. "La asimilación de la fe depende, en no pequeña medida, de los procesos interpersonales de identificación que se dan a través de las relaciones con personas concretas que tratan de llevar sinceramente el cristianismo a su vida diaria y están dispuestas a hablar de ello con los demás y a darles testimonio" (Mette). Grandes testigos de la fe nos han dejado a lo largo de la historia textos inmortales que continúan enriqueciendo nuestra experiencia cristiana. La importancia que nuestros contemporáneos reconocen a la experiencia es un terreno favorable para esta forma de transmisión. Pero sólo se puede narrar la experiencia de fe con agradecimiento y modestia. El destinatario principal de esta narración es Dios mismo. Las Confesiones de san Agustín, en las que relata su itinerario espiritual y su experiencia de la fe, están dirigidas a Dios. Es preciso asimismo que esta narración sea real y sincera: sólo hemos de decir lo que hemos recibido. Las "narraciones edificantes con moraleja" adulteran nuestro relato y dejan entrever a los interlocutores sagaces cierta sensación de inautenticidad y de proselitismo.

Una gran mayoría de nuestros niños, que viven en un ambiente familiar y escolar próximo al paganismo, reciben de la mano de los catequistas la primera evangelización. Este trabajo ímprobo se desenvuelve entre muchas dificultades que ponen a prueba la abnegación de los catequistas. La Catequesis Familiar bien conducida y orientada parece resultar una motivación añadida para los niños y una delicada y fructífera interpelación a la fe adormecida y descuidada de los padres.

2.2. La Celebración

75. El servicio de la Palabra de Dios y la acción caritativa convergen en la celebración litúrgica, sobre todo en la Eucaristía. En ella se proclama la Palabra y se motiva el compromiso. El Concilio lo ha dicho con una frase densa y feliz: "La liturgia es la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza" [98]. La celebración dominical de la Eucaristía es el encuentro privilegiado en el que la comunidad cristiana accede a esta fuente y a esta cumbre.

Asistimos hoy, en nuestra sociedad, a una transformación del sentido mismo del domingo, que se está convirtiendo en tiempo exclusivo para el ocio y en momento vital en el que se concentran actividades, marchas y celebraciones cívicas que ocupan el lugar en otros tiempos consagrado a la Eucaristía. Aún en medio de esta dificultad, los cristianos no podemos prescindir de la celebración del domingo. Para nosotros no puede convertirse en un día profano. Somos herederos de aquellos cristianos que hasta en medio de las persecuciones no podían pasar sin la Eucaristía y respondían a sus perseguidores: "No podemos subsistir sin el domingo". Relatos análogos nos han llegado de los campos de concentración en los que los cristianos alimentaban su fe y su perseverancia por la participación clandestina en la Eucaristía. "Entre las numerosas actividades que desarrolla una parroquia, ninguna es tan vital y formativa para la comunidad como la celebración dominical del día del Señor y de su Eucaristía" [99].

El domingo es para los cristianos "día del Señor, día de la Iglesia y día del hombre". Es el día del Señor porque actualiza su Pascua. Es el día de la Iglesia porque ésta se reúne para significar, reforzar y expresar públicamente su conciencia comunitaria. Es el día del hombre porque es fiesta que nos libera del yugo del trabajo y hace renacer la alegría y la esperanza.

La celebración eucarística del domingo está llamada a ser confesión gozosa de la fe en el Resucitado, escucha viva de la Palabra, profesión responsable del Credo, plegaria sincera a Dios, comunión con Cristo, ofrenda al Padre, asamblea fraterna e impulso para la misión [100].

Preparemos esmeradamente la Eucaristía dominical. La celebración del Año de la Eucaristía proclamado por el Papa, constituye un estímulo añadido. Cuidemos el espacio y la estética. Procuremos el equilibrio entre la Palabra y el Sacramento y entre el canto y el silencio. Demos relieve a los símbolos. Tengamos a la vista, en la homilía y en el conjunto de la celebración, a los creyentes distraídos que necesitan sacudir su apatía. Cuidemos el domingo y él nos cuidará a nosotros.

2.3. La acción caritativa y social

76. Existe un vínculo indisoluble entre la celebración y el servicio, puesto que el Dios Salvador que viene a nosotros en Jesucristo se ha identificado él mismo con los pobres y pequeños [101]. El reto de las comunidades consiste en no separar la oración y la caridad; la meditación del Evangelio y la participación en las causas humanizadoras; la práctica sacramental y el servicio a los pobres.

La sociedad de nuestro tiempo tiene muchos medios para "neutralizar" la Palabra de Dios e incluso amordazarla cuando le moleste. Es más vulnerable al testimonio humilde, constante, comprometido, de la caridad practicada especialmente con los excluidos. "Sólo el amor es digno de fe" (Von Balthasar). Practicarlo con los últimos es una manera de decir "Dios" en este mundo.

Si la motivación primaria de la acción caritativa de la Iglesia es teológica (Dios se ha identificado en Jesús con los más pobres) será preciso que nuestras Cáritas y tantas otras obras de cuño social llevadas por los religiosos, cuiden la identidad y la motivación cristiana de todos sus responsables y colaboradores. Estas obras no deben ser preferentemente el espacio de los que, sintiéndose débiles en su fe, quieren hacer algo por los demás. Dedicarse a la acción caritativa tiene el mismo rango eclesial que servir a la Palabra o promover la dignidad de la Celebración. En consecuencia, el motivo primario ha de ser teologal. Y la formación cristiana, exigente.

3. Remodelar algunas estructuras pastorales

77. El movimiento de conversión al que somos llamados con apremio en este tiempo de Cuaresma no se remite sólo a nuestra vida espiritual y a nuestras actitudes pastorales. Alcanza también de lleno a la estructura y funcionamiento de nuestras mismas instituciones eclesiales. En ellas han de reflejarse y tornarse más operativas las opciones espirituales y pastorales realizadas. Una renovación que se limitara a mejorar los proyectos pastorales y a afinar las actitudes espirituales y apostólicas de las personas y grupos creyentes, sería un paso real, pero no suficiente. La renovación necesita encarnarse también en las estructuras. Proyectos y actitudes están reclamando nuevas formas de organización. Si no las alumbráramos estaríamos creando sufrimiento y parálisis.

Las transformaciones necesarias son, sin duda, más amplias e incluso más profundas que las que hoy nosotros podemos abordar. Nos fijamos en aquéllas que, con realismo, nos parecen posibles e incluso están realizándose, de manera en parte análoga y en parte diversa, en todas nuestras diócesis.

3.1. Abrir la parroquia

78. Esta célula de la diócesis, destinada a convocar y congregar a todos los bautizados de su demarcación y enviada por la Iglesia a todos los ciudadanos que viven en ella, es aún hoy una estructura pastoral sumamente apta y relevante. En ella reciben de ordinario los feligreses, al menos la primera iniciación a la fe. Para ellos se celebra al menos cada domingo la Eucaristía. Buena parte de sus recursos humanos y materiales se dedican a responder a los necesitados de la feligresía. La parroquia se ocupa y preocupa asimismo de la vida humana y cristiana de las familias.

Inscrita en una porción de la sociedad, es figura privilegiada de la cercanía de la diócesis y de la Iglesia a los creyentes e increyentes de esta porción. Es "la Iglesia misma que vive en medio de las casas de sus hijos e hijas" [102]. Esta misma cercanía la hace muy apta para acoger cordialmente y favorecer, sin excluir a nadie, relaciones de familiaridad y proximidad entre sus miembros, al menos entre los más vinculados. Tiene las antenas levantadas para registrar lo que sucede en su entorno, para detectar las necesidades y sufrimientos de la gente y para establecer diálogo y colaboración con grupos e iniciativas cívicas próximas a ella. Si antes el territorio vivía a la sombra del campanario, hoy la parroquia se siente urgida a situarse en los diversos "territorios" de la vida de las personas. Si no existieran las parroquias y centros eclesiales análogos, la diócesis, su vida religiosa, sería inmensamente más pobre.

Pero la parroquia es hoy tan necesaria como insuficiente. Se ha acabado el tiempo de la parroquia autosuficiente. Las parroquias, incluso las más nutridas, no son hoy capaces de ofrecer por sí solas toda la variedad de servicios y estímulos para nutrir la fe y la eclesialidad de los practicantes, alimentar su compromiso cívico y alumbrar iniciativas misioneras. Por la movilidad característica del actual modo de vivir, los límites parroquiales se desdibujan. Este fenómeno hace más necesaria la acción concertada de las parroquias. La autarquía parroquial es no sólo un fenómeno que contradice a la comunión corresponsable de las parroquias entre sí, sino que compromete su eficacia pastoral.

La evangelización requiere una auténtica articulación de parroquias y centros análogos que vaya más allá de una buena vecindad y de puntuales ayudas mutuas. Tal articulación no pretende laminar las parroquias ni los centros no parroquiales, sino potenciarlos al hacerlos converger. Complementándose mutuamente responden a su naturaleza y a su misión mucho mejor que pretendiendo ser autosuficientes. Siempre quedará al cargo de la parroquia originaria al menos un núcleo de tareas básicas: la catequesis infantil, la celebración de la Eucaristía, de los demás sacramentos y de las exequias, la relación con los enfermos y los ancianos, las responsabilidades en el decoro del templo y las dependencias pastorales, el contacto con las familias, las devociones específicas.

3.2. Las Unidades Pastorales o supraparroquiales

79. Precisamente para responder a estas insuficiencias de la parroquia, mejorar la calidad evangelizadora y aprovechar al máximo nuestros mermados recursos pastorales, nuestras diócesis se han embarcado en la creación de Unidades Pastorales supraparroquiales que articulen entre sí en una unidad mayor varias parroquias, centros eclesiales de pastoral, colegios, obras de religiosos y asociaciones apostólicas. Tenemos todavía muchos puntos oscuros respecto a la concreta plasmación futura de estas Unidades Pastorales. A medida que avancen simultáneamente la reflexión teórica y la experiencia práctica, iremos esclareciendo las preguntas y quizás modificando nuestras praxis.

Una Unidad Pastoral no es un simple conglomerado de parroquias yuxtapuestas a las que hoy atienden pastoralmente uno o dos presbíteros porque la penuria de los sacerdotes así lo requiere. Es un conjunto articulado de parroquias y otros centros eclesiales que se integran entre sí para complementarse y realizar unidas lo que no pueden realizar por separado. Y para hacerlo con un estilo nuevo: espiritual, comunitario, evangelizador, corresponsable, personalizado, preocupado de la preparación de los evangelizadores. Tiene un territorio definido, un presbítero coordinador, un equipo pastoral, un proyecto.

Las Unidades Pastorales no suplantan a los Arciprestazgos, que siguen cumpliendo las funciones que les asigna la legislación de la Iglesia (cfr. canon 533 ss.). Tales funciones no llegan hoy a cubrir las insuficiencias de las parroquias ni a optimizar la eficacia pastoral que pueda extraer de ellas una organización menos extensa y más cercana, como la Unidad Pastoral.

Las Unidades Pastorales reclaman una adaptación flexible tanto a los responsables pastorales de las parroquias y de otros centros como a los feligreses. A estos les resulta laborioso apearse de su fuerte sentimiento de pertenencia exclusiva a "su parroquia", asumir también la movilidad a la que les obligan en ocasiones los cambios introducidos y pasar de su condición de simples destinatarios de los ministerios pastorales a activos colaboradores. Algunos presbíteros desconfían de la suerte futura de estas nuevas estructuras. A algunos otros les cuesta compartir con otros la responsabilidad de "su" parroquia, entrar en la disciplina de un equipo. Son resistencias comprensibles y superables.

3.3. El equipo pastoral o ministerial

80. Es pieza clave en la estructura y el funcionamiento de la Unidad Pastoral. El obispo transmite a un grupo de creyentes presididos por un presbítero el encargo de ofrecer a toda la Unidad Pastoral los servicios necesarios para su vida y misión. El equipo se compone de presbíteros, laicos y religiosos que asumen, según su condición y sus carismas, diversos ministerios para construir la comunidad e impulsar la misión. Está presidido por un presbítero, habilitado por el sacramento del Orden para representar a Cristo Pastor y, por tanto, para ser coordinador de los servicios de la Palabra, el culto y la caridad.

Los miembros del equipo no son sólo ni primariamente un equipo de trabajo, sino, en alguna forma real, una pequeña comunidad. Puesto que no es un simple grupo de trabajo, una de las finalidades del equipo es el crecimiento integral (humano, espiritual, ministerial) de todos. Quien comparte sólo tarea acabará "quemándose" o, al menos, desalentándose.

Como tal grupo comunitario, el equipo se reúne periódicamente en torno al Señor para orar. Celebra encuentros de programación y de evaluación de su trabajo y del de sus colaboradores. Comparte la fiesta y el dolor, los logros y los fracasos en el trabajo común. Cada uno de sus miembros es corresponsable de la totalidad, aunque tenga su área precisa de responsabilidad propia.

Las relaciones mutuas entre los miembros del equipo son un factor muy relevante. Aquí suele residir con frecuencia el vigor y la cohesión o el caballo de batalla de los equipos pastorales. Son muy importantes la libertad de comunicación y la manera de afrontar y gestionar los ineludibles conflictos.

La misión del presbítero coordinador es capital. A él corresponde especialmente ser el eje de la comunión y procurar que todos sean reconocidos y se sientan miembros apreciados y valorados en el equipo. Lejos de realizar un seguimiento minucioso de las tareas encomendadas a cada uno de los componentes del equipo, ha de saber confiar en ellos, sin dejarse llevar por un movimiento espontáneo de responsabilidad desmedida que pretende tenerlo "todo bajo control". Las funciones asumidas por los miembros del equipo no deben tampoco confinarle en los trabajos de coordinación ni separarlo del trato directo con los feligreses y sus problemas. El consejo personal y el cultivo de nuevas vocaciones para diversos ministerios (sin olvidar las vocaciones al presbiterado y a la vida consagrada) han de ocupar una parte notable de su tiempo y de su corazón de pastor.

3.4. Impulsar asociaciones y movimientos laicales

81. La comunicación de la Iglesia con el mundo ha de realizarse sobre todo por medio del laicado. Una actitud positiva de diálogo con el mundo ayuda a evitar la tentación de colocar a la misma Iglesia en el centro de nuestra atención, mostrándonos más preocupados por la organización de nuestros grupos y comunidades que por el anuncio del Evangelio a todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Una Iglesia enviada por su Señor al mundo necesita reconocer y subrayar el peso específico del laicado. Considerar al laicado como principal agente de evangelización misionera, exige prestar la debida atención a la llamada "pastoral de ambientes". Ella expresa de manera óptima la vocación de presencia transformadora de los cristianos laicos en la sociedad [103].

Hoy muchas de nuestras parroquias y unidades pastorales no son capaces de ofrecer de una manera completa la formación que necesita un cristiano para actuar apostólicamente en su ambiente profesional o cívico, ni pueden tampoco acompañar suficientemente a quienes viven un compromiso de fe encarnado en la acción transformadora de la sociedad. Hacen falta asociaciones, movimientos, que de una manera estable y bien organizada ofrezcan la ayuda necesaria para el crecimiento de los hombres y mujeres laicos en el área personal, familiar, profesional y social de su vocación cristiana.

Lo expresábamos en nuestra Carta Cuaresmal de 1996: sin asociaciones no podremos tener nunca en nuestras Iglesias un laicado debidamente formado y apostólicamente operante. "En ellas han de encontrar los cristianos espacios de acogida y libertad para poder nutrir su fe, ganar en profundidad y coherencia en el seguimiento de Jesús, contrastar su praxis a la luz del Evangelio, crecer en espíritu comunitario y renovar su servicio a la misión evangelizadora, alentar con especial interés la presencia y el compromiso de sus miembros en la vida social para contribuir a la construcción de una sociedad más justa y solidaria, en definitiva, más conforme con el reino de Dios" [104]. Las diversas formas de apostolado asociado y organizado constituyen una expresión y un testimonio de primer orden de la experiencia comunitaria de fe y de su dimensión evangelizadora. La multiplicación de iniciativas de apostolado laical de diverso signo es un regalo del Espíritu a las Iglesias particulares, para un mejor servicio a la evangelización.

Las asociaciones y movimientos laicales han de cuidar no sólo su inserción viva en la sociedad, sino también la calidad de sus vínculos eclesiales. La relación fraterna y la colaboración entre las asociaciones es un postulado elemental, no siempre fácil. El arraigo en la diócesis en la que están implantadas ha de ser cordial y confiado. Adaptar sus programas al proyecto pastoral de la Iglesia local y participar activamente en los encuentros diocesanos son dos señales muy valiosas de eclesialidad.

3.5. Reavivar y reinsertar los carismas de la vida religiosa

82. También la vida religiosa se siente hoy interpelada por los profundos cambios culturales y sociales que experimentamos. Muchas congregaciones están compartiendo un "proceso común de retorno a la experiencia fundacional de la comunidad, con el fin de reidentificarse y recuperar el objetivo primero, la primera intuición carismática. De este modo, la comunidad puede encontrar nuevas energías y ofrecer con radicalidad respuestas nuevas a los problemas actuales y a sus causa" (Arbukle).

Esos procesos de renovación, requeridos por su misión en la Iglesia y en el mundo y promovidos incluso desde la debilidad, por la escasez de nuevas vocaciones religiosas, enriquecen la vida comunitaria de nuestras Iglesias y actualizan su potencial evangelizador. Hoy destacamos particularmente algunos aspectos [105].

La vida fraterna renovada en las comunidades religiosas es un valioso activo de experiencia comunitaria y evangelizadora en la vida de la Iglesia. Trabajar, como ya lo están haciendo en muchas comunidades, por renovar la vida en común puede ser punto de referencia para el movimiento comunitario que el Espíritu está suscitando en el Pueblo de Dios. Al mismo tiempo, en una sociedad tentada de individualismo, es una realidad del Reino interpeladora incluso para los no creyentes.

La pobreza evangélica de religiosas y religiosos, vivida con radicalidad, nos ayuda a todos a descubrir el valor y la alegría de una vida austera, sencilla, fraterna y servicial, especialmente sensible a la justicia social y a la solidaridad. Sobre todo las congregaciones que atienden a los pobres, a enfermos o ancianos, dan un testimonio de amor gratuito y abnegado hacia quienes son poco valorados en la sociedad. Ayudan a la comunidad cristiana a reconocerlos como "los primeros". Fieles al carisma fundacional, al escuchar la interpelación de los pobres de nuestros días impulsan una Iglesia más pobre y más cercana a los pobres. Esa vida decididamente comprometida en el servicio y la defensa de los más abandonados resulta especialmente significativa para toda la sociedad.

Las comunidades de vida religiosa dedicadas especialmente a la oración aportan a la actividad apostólica de la Iglesia un valioso refuerzo y una constante llamada a trascender la perspectiva inmediata de nuestros proyectos y la confianza excesiva en nuestros esfuerzos, abriéndonos a contemplar los planes de Dios en la experiencia gratuita de sus dones. Son para nuestras Iglesias memoria viva de que "la oración es el alma de todo apostolado". Recordamos lo que ya subrayamos en una carta pastoral anterior: "Por otra parte, ¡cuánto pueden aportar hoy las comunidades contemplativas a la evangelización, si saben unir a su testimonio de vida consagrada a la oración y la alabanza a Dios, la acogida sencilla y cordial a quienes se les acercan buscando 'a tientas' al verdadero Dios!" [106].

Los institutos religiosos dedicados a la enseñanza, se esfuerzan por formar con padres, educadores y alumnos una comunidad educativa en clima de corresponsabilidad y de relaciones mutuas verdaderamente fraternas. Tal comunidad constituye una importante plataforma de compromiso, a la vez eclesial y cívico, en el mundo de la cultura. El trabajo de colaboración entre distintas congregaciones y con las Iglesias locales, así como la asociación del laicado en proyectos educativos de futuro, contribuyen a mantener la identidad de la escuela cristiana como espacio de evangelización por el diálogo de la fe con la cultura y sensibilidad de nuestro tiempo.

Sabemos bien que el carisma religioso es, en su variedad multiforme, un gran regalo del Espíritu Santo a la Iglesia. Queremos respetar este regalo en lo que es, sin forzarle a ser lo que no es. Queremos, al mismo tiempo, injertarlo en el tronco de nuestras Iglesias diversas, necesitado de revitalización.



NOTAS

[92] Cf. Lc 17,10.

[93] Col 2,1-3-; 2 Tim 1,3-5.

[94] Sab 11,23-24.

[95] Jn 10,14-15.

[96] Presbyterorum Ordinis, n. 4.

[97] Cf. J. OÑATE, De la experiencia a la fe, Ed. Idatz (San Sebastián 2003), pp. 221-255.

[98] CONCILIO VATICANO II, Sacrosanctum Concilium, n. 10.

[99] JUAN PABLO II, Dies Domini, n. 35. Cfr. también OBISPOS DE PAMPLONA Y TUDELA, BILBAO, SAN SEBASTIÁN Y VITORIA: Celebración cristiana del domingo (Carta Pastoral, Cuaresma-Pascua, 1993).

[100] Cf. OBISPOS DE PAMPLONA Y TUDELA, BILBAO, SAN SEBASTIÁN Y VITORIA, Evangelizar en tiempos de increencia (Carta Pastoral, Pascua de Resurrección, 1994).

[101] Mt 25,31-46.

[102] JUAN PABLO II, Christifideles laici, n. 26.

[103] Cf. PABLO VI, Evangelii nuntiandi, n. 18.

[104] OBISPOS DE PAMPLONA Y TUDELA, BILBAO, SAN SEBASTIÁN Y VITORIA, El laicado: identidad cristiana y misión eclesial (Carta pastoral, Cuaresma-Pascua, 1996), n. 66.

[105] OBISPOS DE PAMPLONA Y TUDELA, BILBAO, SAN SEBASTIÁN Y VITORIA, La Iglesia, comunidad evangelizadora (Carta Pastoral, Cuaresma, 1983), nn. 62-67.

[106] OBISPOS DE PAMPLONA Y TUDELA, BILBAO, SAN SEBASTIÁN Y VITORIA, Evangelizar en tiempos de increencia (Carta Pastoral, Pascua de Resurrección, 1994), n. 82.


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