Parte IV
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50. Nuestras comunidades necesitan mucho más que unos ajustes o retoques periféricos. El Señor nos está llamando a una renovación profunda. "Si alguien vive en Cristo es una nueva criatura; lo viejo ha pasado y ha aparecido algo nuevo" [64]. Desde ahora nos toca preparar "unos cielos nuevos y una nueva tierra en la que habite la justicia" [65].
Una renovación de esta envergadura está reclamando no una reducción, sino una concentración del cristianismo. Hemos de consagrar nuestro esfuerzo en lo esencial, en lo "fundamental cristiano". Hemos de ir al núcleo, al corazón de nuestra fe.
En este núcleo encontraremos las claves que orienten la renovación eclesial:
- una fe ungida por la experiencia,
- una fe trabajada por el seguimiento o discipulado,
- una fe vivida en comunidad,
- una fe urgida a la evangelización.
Tales claves no son únicamente dictadas por la situación presente. Pertenecen al meollo mismo de la vida y misión de la Iglesia. Pero los tiempos y circunstancias actuales nos urgen a marcar en cada una de ellas acentos especiales.
51. La fe heredada es un tesoro que nunca podemos agradecer suficientemente. Hoy esta fe necesita con mayor apremio ser interiorizada, personalizada, pasada por el corazón, impregnada por la experiencia creyente. Los creyentes hemos de ser más testigos que repetidores. Nosotros mismos necesitamos ser más pastores que gestores. No queremos suplir con la organización y el esfuerzo lo que sólo puede nacer de la sintonía vital con el Espíritu y de la adhesión sincera a la Iglesia.
Tal necesidad nace de la entraña misma del cristianismo que, antes de ser un conjunto de creencias, un determinado comportamiento moral, un culto comunitario, es fe viva, es decir, tocada por la experiencia. Nace asimismo de la vocación evangelizadora de la Iglesia. "A la crisis de Dios sólo responderemos con la pasión por Dios" (Metz). Sobre el vacío de la experiencia de Dios sólo se edifican estructuras vacías. Sin ella no hay auténticos cristianos. Y sin cristianos no hay enviados.
La necesidad de la experiencia de fe se acentúa en esta época en la que tantos creyentes están viviéndola no sólo con escasos apoyos eclesiales, sino en un clima social desfavorable. Las ciencias humanas certifican que la imagen peyorativa que la sociedad se forja sobre un grupo repercute, como una lluvia ácida, sobre la "moral colectiva" de éste. Si las convicciones no están "confirmadas" por la experiencia acaban rebajándose la estima por ella y el aprecio por el grupo que las profesa. En cambio cuando la experiencia es consistente el hombre "mantiene como inestimable tesoro algo que se ha convertido para él en fuente de vida, de sentido y de belleza y que otorga nuevo brillo al mundo y a la humanidad" [66].
52. Hemos dedicado nuestra Carta Pastoral colectiva de 2002 a esclarecer la entraña de la experiencia de la fe. Hoy subrayamos, ante quienes la minimizan como sentimiento periférico de personas inestables propensas a la sugestión, que la experiencia de la fe no es asunto de sentimientos, sino del corazón. Precisamente por esto implica no sólo el asentimiento de nuestra mente sino que compromete los afectos, los valores, la voluntad.
Muchos creyentes tienen un concepto "extraordinario" de la experiencia de la fe. No se trata en la inmensa mayoría de los mortales de fenómenos místicos de alta intensidad. Consiste en una afinidad connatural con el mundo de la fe, que sabe descubrir en la hondura de los acontecimientos cotidianos de nuestra existencia, leídos a la luz de la Escritura, la presencia discreta de Dios.
La experiencia de la fe es, pues, experiencia de Dios. Él se manifiesta, siempre en penumbra, en el corazón de nuestras experiencias humanas: en la vida familiar y laboral, en los acontecimientos alentadores y preocupantes, en la enfermedad y en la curación, en el estudio y la reflexión, en los gestos de solidaridad, en la celebración de nuestra fe. Es preciso afinar la vista y el oído de la fe para descubrir su presencia. La fidelidad a Dios y la apertura humilde de nuestro corazón a Él aquilatan esta experiencia.
53. ¿No es el déficit de experiencia de la fe una debilidad casi endémica de nuestras comunidades? Para reavivarla se vuelve urgente reforzar y actualizar una praxis eclesial que durante muchos siglos ha forjado generaciones y generaciones de creyentes: la iniciación cristiana. No sólo la necesitan los alejados que buscan o los practicantes ocasionales. También muchos practicantes habituales habríamos de someternos a una reiniciación a la fe y a la vida cristiana. Ciertas convicciones y actitudes muy básicas que damos por supuestas no están tan asentadas como parece. El edificio acabará cuarteándose si no le inyectamos cargas importantes en los mismos cimientos.
Una verdadera iniciación es algo mucho más rico que un simple adoctrinamiento mental. Iniciar es despertar a la experiencia de la fe y desde ella enriquecer sus contenidos, orientar la vida moral, familiarizar con la Palabra de Dios y con los grandes símbolos de la liturgia, cultivar el sentido comunitario, abrir la sensibilidad para servir a la sociedad.
No serán probablemente demasiados los que se decidan a someterse a un proceso semejante. Nos resulta extraño y doloroso que así sea cuando tantos y tantas se apuntan hoy a largas y exigentes sesiones de gimnasio, de adelgazamiento, de cursillos o actividades de aprendizaje diversos. No desistamos. Llegaremos hasta donde podamos. Debe preocuparnos más la calidad del proceso que el número de participantes.
54. Dentro del itinerario de la iniciación, aprender a orar es decisivo para la experiencia y práctica de la fe. La oración hace que Dios sea para nosotros "real", no un ser intermedio entre la realidad y la imaginación. Es lugar privilegiado para discernir acerca de nuestra vida a la luz de la fe y descubrir muchas veces entre sombras, lo que Dios pide de nosotros. Sin orar asiduamente el cristiano languidece y el apóstol desiste. Los sacerdotes hemos invitado reiteradamente a orar. No hemos puesto el mismo acento para enseñar a orar. El Espíritu Santo está suscitando hoy en nuestras Iglesias esta demanda. Queremos escucharla y secundarla.
55. En los tiempos que corren "sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial" [67]. Lamentablemente la llamada de Jesús al seguimiento discipular ha sido entendida durante siglos como exclusiva para personas consagradas. Hoy están disipadas las reticencias de algunos exegetas que estimaban que Jesús habría reducido dicha llamada al núcleo íntimo y estable de sus seguidores inmediatos. Las afirmaciones de la teología son inequívocas: la llamada al seguimiento es universal. El Concilio Vaticano II confirmó plenamente esta afirmación. "Todos los cristianos de cualquier estado o condición están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección en el amor. Esta santidad favorece también en la sociedad terrena un estilo de vida más humana. Alcanzarán dicha perfección siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre" [68]. Así como "Jesús es el Señor" [69]es la fórmula breve de la fe pascual, "seguir a Jesús" es la fórmula breve del comportamiento cristiano. Consiste en asumir como propias las opciones, los valores, las actitudes y los comportamientos de Jesús y actualizarlos en nuestra concreta situación de vida.
Seguir a Jesús es haber sido seducido por Él. Es depositar en Él una ilimitada confianza. Es sentirse envuelto en un amor incondicional hacia el Señor. Es identificarse con su escala de valores. Es decidirse a compartir su misión. Es adherirse a la comunidad de seguidores. Las capas afectiva, valorativa y decisoria de nuestra persona quedan centradas en la persona de Jesús, en el proyecto de Jesús y en la comunidad de Jesús.
Lejos de sentirse atrapado por Jesús, el seguidor vive una inexplicable experiencia de libertad y una inefable alegría. Jesús no promete a sus seguidores éxitos ni logros espectaculares. Sólo les promete libertad y alegría. Una libertad que no es indolora pues supone saber posponer, cuando es necesario, los bienes, las relaciones, los proyectos, las ambiciones, las pasiones, las aspiraciones, la propia familia. Tal desprendimiento produce sufrimiento pero no arrebata la alegría, una alegría incomparable con ninguna otra. Dicen que la alegría es un bien escaso. La alegría no es un bien escaso para los que siguen a Jesús. Quienes son escasos son los seguidores.
56. El seguimiento no es sólo un requerimiento del Señor. Es también una condición para ofrecer el Evangelio de manera creíble. La fuerza interpeladora de una comunidad cristiana que en su mayoría siguiera sinceramente a Jesús sería incalculable. La multiplicación de comunidades más reducidas, pero radicalmente evangélicas, dentro de la gran comunidad, daría otro color a ésta y suscitaría sorpresa, admiración y atractivo en bastantes alejados. La presencia capilar de una muchedumbre de cristianos verdaderamente seguidores sembrados en todos los entresijos de la sociedad haría pensar a muchos. Nuestra Iglesia se juega mucho en la calidad y cantidad de los seguidores.
El seguimiento de Jesucristo postulado en los Evangelios es tan radical que puede parecer utópico e irreal para nuestro tiempo. Indudablemente las condiciones de vida de Occidente no son clima propicio para practicarlo. Ésta es la razón principal que explica lo que algunos sociólogos han llamado "cristianismo light" como forma generalizada y corriente de la vida cristiana: un híbrido entre la adhesión a Jesucristo y otras lealtades incompatibles con ella. La biología nos enseña que los híbridos son infecundos. Tendríamos que preguntarnos si la Iglesia ha perdido fuerza interpeladora por exigir demasiado o demasiado poco. Tal vez tengamos muchos la inclinación a exigir demasiado en algunos aspectos y demasiado poco en otros.
El seguimiento es exigente, pero supone la fragilidad y es compatible con ella. Jesús dice: "para los hombres es imposible, pero para Dios nada hay imposible" [70]. Incluso admite que asumamos gradualmente sus requerimientos. Pero no es compatible con las "rebajas", la incoherencia crónica, la ambigüedad, y la doble vida.
57. "Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión" [71] es un hermoso desafío lanzado por Juan Pablo II en el inicio del nuevo milenio. El desafío es pertinente. No partimos de cero, pero nos queda una larga travesía.
Para una mirada sociológica, no es lo mismo colectividad que comunidad. En la colectividad (pensemos p.ej., en una asociación de comerciantes o profesionales) los lazos entre los miembros provienen de la convergencia de intereses de los asociados. Los vínculos personales entre ellos son, en consecuencia, tenues y efímeros. Las relaciones internas, por lo general, no son cálidas ni gratuitas. Las exteriores son corporativas (defienden los intereses del grupo) no solidarias (abiertas al bien común). En cambio los miembros de una comunidad (imaginemos, p.ej. una familia) tienen mucho en común: lazos de sangre, idéntico origen, historia, valores compartidos. Por eso los lazos de una comunidad sana son fuertes y sólidos y en su seno están vivas la comunicación y la solidaridad.
58. Nuestras parroquias y otras agrupaciones análogas suelen situarse con frecuencia en el espacio que va de la colectividad a la comunidad. Tienen en grados muy diferentes según los casos, caracteres que les acercan a los dos polos descritos. Puesto que nuestra vocación es formar comunidad, todo empeño por cultivar los caracteres comunitarios va bien encaminado. Nuestras agrupaciones eclesiales están llamadas a ser en la realidad lo que son en el proyecto salvador del Señor. Es pues necesario mantener decididamente este empeño.
No se trata, sin embargo simplemente de una necesidad teológica, sino también sociológica: para vivir con integridad la vida cristiana y mantener incluso la fe católica hoy, en tiempos de intemperie, es cada vez más necesario pertenecer efectivamente a la comunidad. Hablando de la parroquia la Conferencia Episcopal Italiana decía recientemente que en un contexto social que favorece la dispersión y la sequedad de las relaciones, es vocación de las parroquias "practicar la acogida sin exclusiones, vivir relaciones de proximidad, cultivar vínculos concretos de conocimiento y amor, celebrar la Eucaristía y hacerse cargo de los habitantes del lugar, sintiéndose enviados a ellos" [72].
Un creyente con escaso o nulo apoyo de la comunidad eclesial vivirá a lo sumo, una vida eclesial lánguida, si es que no tiene contados los días de su fe. Necesita un clima familiar y cálido que le resulte alternativo con respecto a muchos ambientes fríos, duros y competitivos de la sociedad. Necesita alimentar su sentido de pertenencia a la comunidad, cuando tantos factores le inducen a la desafección y a la distancia. Tal vez una de las causas que más influyen en el enfriamiento religioso de muchos sea la carencia de lazos estrechos y ricos con su comunidad. Ser acogidos correcta y educadamente no les es suficiente. Quienes nos reunimos en la Eucaristía no estamos allí por ser simplemente conciudadanos, sino por y para ser hermanos.
59. Toda comunidad cristiana tiene bien reflejado su "código genético" en el NT, sobre todo en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Éstos son los rasgos más marcados de las primeras comunidades:
60. A través de los siglos, los creyentes hemos intentado encarnar de mil maneras diferentes el ideal comunitario presentado en el Nuevo Testamento. Hoy nos toca enraizar las comunidades cristianas en un mundo diferente con fidelidad a los orígenes y con creatividad para adaptarnos a los nuevos tiempos. La renovación de las comunidades entraña transformación e incluso conversión.
En toda comunidad habrán de tener especial relieve la conciencia viva de la presencia de Jesús en la Palabra, en la Eucaristía, en los pobres, en la misma comunidad y en el presbítero que hace presente en ella a Cristo Pastor. La oración, la celebración de los sacramentos, la comunicación de bienes y servicios, la reconciliación, la misión evangelizadora compartida y el amor servicial y crítico a la sociedad no son, en absoluto, opcionales.
Encarnar todos estos caracteres es menos difícil en una comunidad de talla humana que en una macroparroquia o en una diócesis entera. Los grandes números modifican cualitativamente los grupos. Pero la Iglesia no es un archipiélago de pequeñas comunidades. Todas están articuladas entre sí por un vínculo inestimable que viene de la misma Trinidad: la comunión. Cada una es una célula de Iglesia, pero no es la Iglesia universal, ni la Iglesia diocesana. Sin éstas la fe personal o la del pequeño grupo iría empobreciéndose y deformándose hasta quedar reducida a algo parecido a las ruinas de un edificio. La fe de la Iglesia es espejo de contraste en el que puedo percibir las limitaciones y vacíos de mi propia fe. Sin la "Iglesia mayor" (diócesis, Iglesia universal) faltaría a las pequeñas comunidades el oxígeno de una ancha comunión, los testimonios de vida cristiana provenientes de todos los rincones diocesanos y universales, la reflexión teológica y las experiencias pastorales de otros lugares, el sentimiento de pertenencia a una familia extendida por todo el mundo, la guía de sus pastores. Cuanto más se aísla una pequeña comunidad, más pronto se muere. Una comunidad, una parroquia, un arciprestazgo, una unidad pastoral que "sólo perteneciera a Jesús y a sí misma" tendría los días contados.
61. Es preciso hilvanar estas reflexiones en un momento en que "la Iglesia mayor" está pasando por uno de los momentos más delicados de su historia reciente. La crudeza de gran parte de la opinión pública sobre todo respecto de la jerarquía eclesiástica y la crisis de la confianza espontánea entre una parte sensible de la comunidad cristiana y sus pastores son preocupantes no sólo, ni principalmente, porque hacen sufrir y afligirse a muchas personas y grupos, sino porque debilitan la eficiencia del signo de la Iglesia. Si el signo se oscurece para los indiferentes, su reencuentro con la fe se torna todavía más difícil. Si se nubla también para muchos creyentes, una fe empobrecida y una comunión debilitada se vuelven inevitables.
Tenemos ante nuestros ojos un quehacer tan importante como difícil y delicado: restañar las heridas de las relaciones eclesiales internas e iluminar el rostro de la Iglesia con la luz de la verdad y la humildad, la valentía profética y la autocrítica, la palabra neta y el diálogo sincero, la exquisita sensibilidad por todos los problemas humanos y la aclaración objetiva de sus implicaciones morales, la comprensión compasiva derivada de nuestra condición de señales de la misericordia de Dios y la claridad doctrinal sólidamente arraigada en la fe, la paciente mansedumbre ante la agresividad y la entereza ante la defensa de la verdadera dignidad del ser humano, que es incluso más originaria que su misma libertad.
También aquí encontramos una tarea por realizar en el interior de las comunidades. El amor a la Iglesia, no sólo en el nivel de la pequeña comunidad eucarística o parroquial, sino también en el plano de la comunidad diocesana y universal, requiere hoy un refuerzo muy considerable. La lejanía inevitable de "la Iglesia grande" dificulta su conocimiento real y la relación familiar y cálida con ella. En el hueco de esta lejanía se nos desliza fácilmente la imagen desfavorable del ambiente secular. La "experiencia" es suplantada por la "imagen". Hemos de promover encuentros directos que transmitan mejor a los creyentes el latido real de nuestras Iglesias. La información que ofrezcamos sobre proyectos y realidades evangélicas admirables es necesaria incluso para neutralizar los efectos desmoralizadores producidos por una imagen social persistentemente cultivada por muchos medios de comunicación. Los cristianos tienen derecho a saber directamente de su Iglesia. Todos tenemos experiencia de que los encuentros reducidos o multitudinarios (una marcha a un santuario, una convocatoria para pedir la paz) tienen la virtud de reforzar la fe de muchos.
62. "La evangelización es el ofrecimiento libre de la Buena Noticia de Jesucristo a un medio humano que o bien no ha recibido aún el mensaje o lo ha recibido de manera sustancialmente insuficiente" (Rovira Belloso). Esta aproximación sigue siendo válida para nosotros si tenemos en cuenta que una parte notable de las generaciones que componen hoy el tejido de la población europea occidental no ha recibido el mensaje sino en una medida muy precaria y parcial. Algunas franjas importantes apenas lo están recibiendo. Aprecian determinados valores humanos como la libertad, la dignidad de la persona y la solidaridad que históricamente han sido aportados por el cristianismo pero niegan todo crédito a la fe que promovió estos valores.
Consciente de estas graves carencias, Juan Pablo II alumbró la intuición y algunas líneas del proyecto de una "nueva evangelización". Él mismo lo identificó como "el anuncio de la fe en aquellos países de tradición cristiana en los que la fe no es ya una realidad viva y operante" [86]. "A un nuevo paganismo es preciso responder con una nueva evangelización" (Discurso a los obispos del Lazio).
63. El mensaje del Evangelio es ciertamente humanizador y saludable para todos. Pero no es éste el motivo decisivo de su anuncio. La evangelización no busca primariamente "recuperar el terreno perdido", sino responder fielmente a esta convicción: "Dios quiere darse a conocer a través de nosotros, que formamos su Iglesia" [87]. Evangelizar es decir sí a este deseo y colaborar con Él.
El deseo de Dios se corresponde con los deseos y necesidades más profundos de los hombres y mujeres de todos los tiempos; también de los nuestros. Tales deseos se ocultan debajo de una cultura que ha colocado al ser humano con su razón autónoma y su libertad emancipada en el centro de su atención y de su estima casi "adoradora". Pero no pueden ocultarse del todo. Por las rendijas de este mundo cerrado, apuntan las preguntas: ¿es verdad que el sentido de nuestra vida está en nuestras manos? Y, si perteneciéramos a Otro y Él fuera el secreto y la fuente de nuestra razón, de nuestra libertad y de nuestra felicidad? ¿Todo se reduce a nuestros proyectos, realizaciones y evasiones?
Deseo salvador de Dios y deseo soterrado del hombre interpelan a la Iglesia diciéndole: "Sé lo que eres: signo del amor y la solicitud de Dios por todos los seres humanos. Un signo está hecho para significar. Muestra con tu misma forma de existencia que el hombre ha venido a este mundo para escuchar a Dios y responderle mediante la adoración, la fraternidad entre los creyentes y la solidaridad con la suerte del mundo y con la suerte de los pobres. Que tu palabra de anuncio sea confirmación y complemento de tu vida". ¿Puede una comunidad cristiana no sentirse llamada a la conversión con un requerimiento como éste?
64. Si el amor salvador de Dios se extiende a todos ¿quiénes somos nosotros para marginar a nadie de nuestra propuesta evangelizadora? Ni siquiera a ese alto porcentaje de jóvenes y mayores que "viven periféricamente", dominados por la urgencia de la producción y la búsqueda de la satisfacción. Tampoco a aquellos que por unas razones u otras, se han instalado en la indiferencia total. Ni ha reducido Dios su voluntad salvadora ni estos hermanos son tan diferentes que su apertura radical a Dios haya quedado cancelada [88].
Pero es deber nuestro concentrar preferentemente nuestro esfuerzo en aquellas personas y grupos más al alcance de las actuales energías de nuestras Iglesias. Enumerémoslos:
65. Si la cultura actual ha modificado de manera tan notable la sensibilidad mental y vital de nuestros conciudadanos y sus actitudes ante la fe, quienes tenemos la misión de proponérsela habremos de ser conscientes de los cambios acaecidos. El destinatario es, en un grado importante "un hombre y una mujer distintos". Intuimos estos cambios. Necesitamos tiempo para actualizar la propuesta a estos nuevos destinatarios. Necesitamos paciencia para aguantar la oscuridad y esperar "como el centinela a la aurora", que nazca el alba, pero con una espera activa y buscadora.
Las pautas que en el decreto sobre las misiones (Ad gentes) ofreció el Concilio Vaticano II y renovó el Papa en la encíclica Redemptoris Missio, son hoy más actuales que nunca para nosotros, precisamente porque estamos más próximos que en el pasado a un "estado de misión": presencia en todos los ambientes; diálogo con los interlocutores; colaboración en toda causa justa y noble; testimonio cristiano de vida; anuncio explícito de Jesucristo.
Precisamente porque, en medio de tantos cambios, el fondo del corazón humano no cambia sustancialmente y es manantial de preguntas y deseos que apuntan a Dios, habremos de centrar nuestra atención evangelizadora en esas preguntas de fondo. Y en aquellos medios en los que, por las ocupaciones, preocupaciones y diversiones de la vida, no brotan estas preguntas, tendremos que procurar despertarlas, provocándolas discretamente. Hay en la vida de las personas momentos más propicios, "rupturas de nivel" en los cuales es menos difícil este despertar.
Juan Pablo II calificó la nueva evangelización con tres apelativos: "nueva en su ardor, nueva en sus métodos, nueva en su expresión" [89]. Nos permitimos comentar y prolongar estos apelativos:
66. El mundo moderno se desentiende en gran medida de los pobres. La Iglesia no puede caer en este tremendo olvido. Nuestra misión evangelizadora nos empuja a despertar y alimentar una saludable "mala conciencia" en la sociedad y en las mismas comunidades cristianas.
El Sínodo de 1974 afirmó que "la acción a favor de la justicia no es solamente causa de credibilidad de la Iglesia sino parte integrante de la evangelización". "Sin solidaridad de la Iglesia con los que sufren, sean los que sean, el Evangelio resulta tan incomprensible como increíble" (E. Schillebeeckx). Tendríamos que mutilar severamente el Evangelio para "purificarlo" de su debilidad para con los pobres de toda condición [90].
Por eso la acción sociocaritativa de la Iglesia constituye, junto con el servicio a la Palabra y a la celebración de la Eucaristía, uno de los tres grandes capítulos de la acción de la Iglesia. "El anuncio del Evangelio es la primera forma de la caridad. Pero... sin el testimonio de la caridad... corre el peligro de ser incomprendido o de quedarse en el mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete cada día" [91]. En la Iglesia los pobres han de ser tratados como auténticos iguales. Hemos de ir transformándonos cada vez más en esa comunidad en la que los marginados y olvidados de la sociedad civil vean reconocida su dignidad de hijos de Dios y miembros del Cuerpo de Cristo. De nuestra dedicación a ellos depende en gran medida la renovación de la Iglesia. Porque no son sólo destinatarios de nuestro servicio. Son también intermediarios de la salvación de Dios.
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[64] 2 Cor 5,17.
[65] 2 Pe 3,13.
[66] C.G. JUNG, Psicología y Religión, Ed. Paidos (Barcelona 1987), p. 167.
[67] Novo millennio ineunte, 31.
[68] Lumen gentium, 40.
[69] Hch 2,36.
[70] Mt 19,26.
[71] Novo millennio ineunte, 43.
[72] CONFERENCIA EPISCOPAL ITALIANA, "Il volto missionario delle parrocchie in un mondo che cambia", en Informes de la Secretaría General de la Conferencia Episcopal Española (julio 2004), p. 137.
[73] Hch 2,16-21.
[74] Hch 2,46.
[75] 1 Jn 2,7-11.
[76] Hch 4,34-35.
[77] 1 Tes 5,14-15.
[78] Gál 3,26-29.
[79] Mc 10,42-45.
[80] Mt 5,43-48.
[81] Jn 17,14-19.
[82] Mt 5,43-48.
[83] Hch 4,18-21.
[84] Hch 8,1-3.
[85] 1 Cor 1,10-13; 5,1-2.
[86] Redemptoris missio, 33.
[87] J. KEZEL, art. c., p. 284.
[88] Gaudium et spes, nn. 19, 21, 24, 41.
[89] JUAN PABLO II, Discurso al CELAM (1983)..
[90] Mt 5,1; Mc 1,40-42; Lc 7,11-17; Jn 5,1-9.
[91] CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, La caridad de Cristo nos apremia, n. 1.
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