Parte II
LAS RAÍCES DE NUESTRA ACTUAL SITUACIÓN

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24. ¿Cómo hemos llegado a esta situación? ¿Cuáles son los factores internos y externos a la Iglesia que han provocado la crisis actual? ¿Qué responsabilidad tenemos, por acción u omisión, la comunidad cristiana y sus pastores?

1. Un cambio primordialmente cultural

La reacción espontánea que genera el panorama descrito en muchos creyentes sensibles y motivados, suele consistir en un sentimiento de culpabilidad individual y comunitario. La mediocridad de los cristianos, los escándalos de personas y grupos eclesiales, la visión corta de sus pastores, la falta de valentía para renovaciones profundas, serían los principales motivos de nuestra situación actual. Habríamos convertido en rutina la novedad transformadora del mensaje del Señor.

Nadie puede negar que la comunidad cristiana y sus miembros (pastores y fieles) tenemos nuestra cuota de responsabilidad. El Vaticano II afirmó con vigor: "En la génesis del ateísmo puede corresponder a los creyentes una parte no pequeña en cuanto que... por los defectos de su vida religiosa, moral y social debe decirse que han velado, más que revelado, el rostro de Dios y de la religión" [24]. Con todo, el mismo Concilio nos orienta también en otra dirección al decirnos que "la misma civilización actual... puede dificultar a veces el acceso a Dios porque está demasiado enredado en las realidades humanas" y porque "adjudica indebidamente valor absoluto a algunos bienes humanos que son considerados como dioses" [25].

Hoy existe una convicción compartida en virtud de la cual razones de orden cultural serían las causas principales de la actual situación de la fe. Así lo ve la Conferencia Episcopal de Francia: "La crisis que atraviesa hoy en día la Iglesia se debe en buena medida a la repercusión en la Iglesia misma y en la vida de sus miembros, de un conjunto de cambios sociales y culturales rápidos y profundos que tienen una dimensión mundial" [26]. Los poderosos resortes de nuestra sociedad han influido notablemente en la Iglesia. La visión moralista que atribuye primordialmente la situación de la Iglesia a nuestros pecados no es, pues, justa ni plenamente acertada.

Por otro lado, esta sociedad moderna y poderosa a la que pertenece nuestra Iglesia, es una sociedad en crisis, precisamente por la profundidad y la rapidez de los cambios sobrevenidos. Ellos constituyen tal vez la más severa y rápida ruptura cultural que se ha dado en la historia. No controla sino muy imperfectamente la deriva hacia la que le empujan sus mismos logros y fuerzas. Altamente rica en los medios de que dispone, es profundamente pobre al diseñar sus propios fines. Estamos cambiando de mundo y de sociedad. Un mundo desaparece y otro está emergiendo, sin que exista ningún modelo preestablecido para su construcción. La Iglesia se encontraba bien insertada en el mundo que desaparece y permanece todavía desconcertada en el que se está alumbrando.

2. Cambios múltiples

25. No tenemos el propósito ni la competencia para ofrecer una imagen sistemática y completa de los cambios culturales acaecidos. Menos aún pretendemos demonizar la cultura de nuestro tiempo que aporta tantos y tan grandes bienes económicos, sanitarios, formativos, incluso morales (aunque, lamentablemente, no a toda la humanidad). Nuestra intención es más modesta. Nos remitimos a señalar algunos factores que han marcado especialmente nuestra vida creyente y eclesial.

2.1. Crisis de tradición

Algunos sociólogos sostienen que vivimos en una sociedad predominante y progresivamente post-tradicional. No se debilitan solamente algunas tradiciones, que se vuelven residuales o inexistentes. Es toda la tradición la que está cuestionada de raíz. La revisión crítica de todas las tradiciones realizada con una mirada no sólo cuidadosa, sino cautelosa e incluso suspicaz, les ha "movido el piso" hasta el punto de que nuestra sociedad va perdiendo memoria histórica y volviéndose "amnésica".

La tradición es necesaria para vincularnos con el pasado y proyectar el futuro. Da coherencia a la vida individual y social. Al ser compartida, ayuda a crear comunidad. Es fuente de moral porque nos asigna unas obligaciones para con los otros. Posibilita la comunicación entre los miembros de la comunidad porque les ofrece un fondo común de creencias, valores y prácticas que compartir.

Ciertamente hay tradiciones y tradiciones. No son todas igualmente bienhechoras. Una tradición muy rigurosa puede fácilmente coartar la libertad personal y frenar la creatividad y el progreso. Puede volverse esclerótica y convertirse en un corsé ortopédico para sus miembros. Cuando eso sucede, la adhesión a la tradición se vuelve tradicionalismo. Por eso las tradiciones necesitan ser actualizadas. Pero, en principio, son un saludable sostén de la humanidad.

No es extraño que la crisis de la tradición afecte en su misma médula la vida de la Iglesia. Muchos de nuestros contemporáneos contemplan a la Iglesia como una institución anquilosada y aferrada a su propio pasado que habría congelado el mensaje fresco y renovador del Evangelio. Esta sensibilidad no es ajena a miembros de la misma Iglesia. La reserva cautelosa ante el contenido de la tradición que transmite la Iglesia y la tendencia a sobrevalorar la novedad se alojan también en la vida de bastantes creyentes.

La Iglesia es memorial viviente del Acontecimiento salvador de la Muerte y Resurrección del Señor. Nos tocará mostrar con obras que si miramos al pasado, lo hacemos no para fijarnos nostálgicamente en él, sino para agradecerlo y extraer de él la fuerza que nos ayude a construir el futuro que Dios quiere: una humanidad libre, solidaria, dichosa, abierta a Él.

2.2. Crisis de instituciones

26. Las instituciones encarnan, conservan, transmiten y actualizan las tradiciones. En consecuencia están afectadas por una crisis análoga. La institución familiar, sometida a tantas y tan profundas transformaciones, es uno de los ejemplos más actuales y más conocidos en nuestros días. La institución escolar está asimismo surcada por la crisis: la autoridad de los educadores, y su mismo papel en la formación de los alumnos, están siendo muy cuestionados. Basta observar las cotas de indisciplina hoy tan frecuentes en muchos centros. La institución sindical está notablemente debilitada. El porcentaje de afiliados no rebasa el 30% de la población laboral. Los sondeos de opinión acerca de la valoración de las instituciones políticas (gobiernos, partidos, etc.) las sitúan entre los puestos más bajos de la clasificación. La adhesión a ellas es precaria; la confianza depositada en ellas es débil.

Hemos explicado ampliamente en el capítulo I que la institución eclesial participa intensamente de este descrédito generalizado. Nos limitamos aquí a situarlo en un panorama más general y a subrayar la repercusión de este fenómeno en la salud espiritual y pastoral de la Iglesia. La institución eclesial es, según opiniones autorizadas, el valor más erosionado de todo el sistema cristiano. En consecuencia la misión mediadora de la Iglesia en la transmisión de la fe y en la formulación de las pautas éticas derivadas del Evangelio está hoy seriamente comprometida.

2.3. El individualismo

27. La valoración del individuo es una de las conquistas más importantes de los tiempos modernos. Un ser humano no es un número ni una simple pieza de un conjunto familiar o social. Tiene su singularidad irrepetible y su derecho a un proyecto propio. Esta convicción, presente hoy en el ánimo de las personas, ha favorecido la libertad y la realización de muchos hombres y mujeres.

Cuando la valoración del individuo no está compensada y equilibrada por otros factores importantes, conduce al individualismo. En el límite, para el individualista las relaciones de grupo "valen" y "sirven" si, en un balance, resultan gratificadoras para sus miembros. El individualista no pertenece de verdad a nada ni a nadie. No ama generosamente a nadie. Ama en la medida en que los demás refuerzan su satisfacción o su autoestima.

La cultura de la individualidad, si no quiere caer en un individualismo, ha de ser enriquecida por la "cultura del vínculo". Ser persona consiste al mismo tiempo en ser libre y en estar ligado. "Los grupos humanos no sólo se fundan en la independencia individual, sino en la dependencia mutua. Ella asegura el valor y el sentido de la verdadera libertad" [27].

Una tendencia predominante de la cultura contemporánea empuja en la dirección del individualismo al afirmar con fuerza "la independencia del individuo por encima de la tradición y de la colectividad" [28]. "Estar bien consigo mismo" parece haberse convertido en el supremo ideal de vida para muchos.

En la medida en que la niebla del individualismo envuelve e impregna a las personas, la conciencia sentida de estar ligados a Dios, vinculados a una comunidad, interiormente orientados a ser fieles y solidarios, invitados con apremio a amar, se vuelve más "contracultural", más extraña. "Quien no ama no conoce a Dios" [29]. El individualismo puede inducir a lo sumo a formas de religiosidad que pretenden sobre todo el bienestar psicológico del individuo. Algunos "nuevos movimientos religiosos" parecen responder a esta necesidad. No es, pues, sorprendente, la apatía de tantos conciudadanos a aceptar la doctrina y la vida cristiana propuestas por la Iglesia.

2.4. La tendencia nihilista de nuestra cultura

28. Podría parecer contradictorio que en una "cultura de la satisfacción" cobrara fuerza simultáneamente la tentación nihilista. Sin embargo, muchos expertos sagaces la detectan como una de las constantes de nuestro tiempo.

"Nunca hasta ahora el hombre ha conocido tanto acerca de sus orígenes; nunca ha sabido tan poco acerca de su destino". Esta frase de un gran filósofo retrata acertadamente una carencia de nuestro tiempo. Conocemos cada vez mejor cómo funcionan las cosas y el mundo pero, como confesará el mismo Nietzsche, "falta el fin, falta la respuesta a la pregunta: ¿para qué?". Para él la realidad que somos y conocemos no tiene valor porque no tiene sentido: en esto consiste el nihilismo.

Esta situación no es simplemente el estado anímico de una minoría pensante que "está de vuelta". Estamos más tocados de lo que parece por él. Cuando nos acosa continuamente la expresión: "total, ¿para qué esforzarme, para qué trabajar, para qué ser honesto y solidario, para qué vivir?"; estamos siendo tentados, en alguna medida, por el nihilismo. Cuando estas preguntas se vuelven insistentes en el corazón de un creyente "¿qué otra cosa le queda sino aprender a vivir solo, sin Dios y sin moral? Todo da igual; nada vale" [30].

La tendencia nihilista se hace patente muy particularmente en la llamada "crisis de la mitad de la vida", cuando el hombre y la mujer, llegados a este altozano, contemplan su pasado con su carga de logros precarios, de decepciones, de fatiga y atisban su futuro lleno de interrogantes y nubarrones desde una voluntad de vivir debilitada. No se trata de una simple crisis de eficacia ni de impotencia. Es una crisis de sentido. La pregunta brota desolada y desoladora: "¿Tiene sentido empeñarse? ¿Vale la pena ilusionarse con las personas y los proyectos? ¿No es un absurdo entregar la vida a los menesteres que me ocupan? ¿No es un voluntarismo ciego, estéril y fatigante, incapaz de aceptar el principio de la realidad?".

La cultura presente acentúa y prolonga esta situación transitoria, que se vuelve crónica en muchos contemporáneos. Su malestar no queda ahogado por la respuesta ingeniosa, pero tramposa, de J. Monod: "la pregunta por el sentido no tiene sentido". Buscan sentidos parciales que les motivan para vivir. La familia es uno de los más nobles. Muchas mujeres, por ejemplo, confiesan querer tener un hijo para tener a alguien a quien entregarse y evitar el vacío de sentido en su vida. Los ideales sociales de la lucha por los pobres y contra la pobreza, la promoción de la mujer o la ecología del planeta, son instancias de sentido que ofrecen un "para qué" o "para quién". Otros motivos no son tan nobles: la acumulación del dinero, la búsqueda obsesiva del placer, la ambición del poder... Muchos viven enfrascados en estos sentidos parciales.

Ninguno de éstos encuentra significación al acontecimiento ineludible de la muerte. Sin un sentido que englobe también a la muerte podemos, en el mejor de los casos "ir de victoria en victoria hasta la derrota final". Bastantes son conscientes de la necesidad de un sentido global y lo buscan. Algunos lo encuentran en la fe cristiana, que nos recuerda que toda nuestra vida está envuelta en la mirada de Dios Padre y en un amor que por ser más fuerte que la necesidad de morir nos asegura una vida plena, perpetua, comunitaria, dichosa en su Presencia. Pero otros muchos, recelosos ante la tradición y desconfiados ante todo lo que no se puede "tocar y pesar" no alcanzan, en esta cultura, a descubrir en Dios el Sentido total de su existencia. Y cuando el viajero se pierde en la niebla, tarde o temprano todo le pesa para seguir caminando. "El hombre es creado para vivir. Y para morir. Y para VIVIR. Tal es el ritmo de la existencia cristiana: vivir-morir-VIVIR. Quiten la tercera pieza y la vida es una atroz decadencia" [31].

2.5. "Producir y consumir"

29. Despojada de su sentido, la vida humana no tiene otro camino que la búsqueda de ídolos de recambio a los que reconocer un valor absoluto. El ídolo más socorrido de nuestro tiempo parece consistir en el binomio "producir-consumir". El afán obsesivo por producir y el ansia compulsiva de consumir son, en realidad, dos salidas diferentes y falsas al vacío de sentido de la vida humana.

"Producir": Se ha convertido para muchos en una extenuante manera de llenar la vida. Las horas dedicadas al trabajo y la intensidad demandada por él detraen con frecuencia el tiempo necesario para una convivencia conyugal y familiar de calidad. Reducen el cultivo de las relaciones de amistad y de las aficiones personales. Recortan el deseo de complementar nuestra formación personal. Limitan nuestra dedicación a compromisos humanitarios.

Un señuelo alimenta esta dedicación excesiva a la productividad: el económico. "Ganar dinero" es un imperativo y un signo de éxito social. El dinero es buscado para asegurarnos unos niveles de confort y un tren de vida altos. El dinero se convierte así en sucedáneo de Dios. Cuando es buscado como lo más importante, "metaliza" nuestro corazón y lo hace insensible a la voz de Dios y al clamor de los necesitados. La "fiebre del oro" tan magistralmente retratada en una inmortal película de Charles Chaplin, acaba arruinando nuestra salud espiritual. Los ídolos acaban siempre "quemando".

Poderosos intereses económicos se encargan de nutrir en nosotros la "necesidad" de trabajar mucho para ganar mucho. El sistema económico vigente necesita trabajadores denodados y consumidores acendrados.

"Consumir": La tendencia dominante de nuestra cultura no parece consistir tanto en producir para ahorrar cuanto en producir para consumir. No es extraño que así sea. Cuando se difumina el sentido de nuestra vida, ésta tiende a convertirse en una sucesión de instantes de placer. Si la memoria del pasado es flaca y la esperanza de futuro incierta, sólo queda disfrutar ávidamente del presente. Estamos a las puertas del consumismo. Ser consumista consiste en considerar los propios deseos y necesidades como centro de la preocupación personal y en orientar la vida a satisfacerlos. Éstas son sus características señaladas: crea en las personas una verdadera dependencia respecto de muchos objetos que no son en absoluto necesarios. Genera, pues, "necesidades innecesarias". El consumista vive obsesionado por comprar vestidos, vehículos, ropa de deporte, aparatos musicales y por consumir sesiones de televisión, bebidas, alimentos, espectáculos, viajes. Para el consumista "el mundo es una gran manzana, una gran botella, un gran pecho. Nosotros somos los lactantes, los eternamente expectantes y los eternamente desilusionados" (E. Fromm).

Es prácticamente imposible que la pasión por Dios, el seguimiento radical de Jesús, la adhesión firme a su comunidad, la debilidad para con los pobres, "quepan" en un corazón consumista. Resulta difícil mantener una auténtica vida cristiana en un ambiente que de mil maneras, más o menos sutiles, nos invita al consumismo. Una buena parte de los miembros de nuestras comunidades no somos ajenos a esta verdadera tentación.

3. Las debilidades e infidelidades de la comunidad cristiana

30. Sería injusto y poco evangélico endosar toda la responsabilidad de la actual situación de la Iglesia a factores culturales como los apuntados en el apartado inmediatamente anterior. Al igual que los profetas recordaban a Israel que su penosa situación se debía no sólo al poder de los imperios que lo rodeaban, sino también a sus propios pecados [32], también la Iglesia debe tener la humildad y sinceridad de reconocerlos. El Concilio Vaticano II [33] y el Papa Juan Pablo II nos han ofrecido testimonios ejemplares y alentadores. Nos proponemos identificar algunos factores internos a la Iglesia misma que nos ayuden a explicar la situación en la que nos encontramos.

3.1. El descuido de la experiencia de la fe

Enfrascados en tantas doctrinas y embarcados en tantas tareas hemos olvidado más de la cuenta lo verdaderamente fundamental: cuidar la experiencia de la fe. Los tiempos recios reclaman una fe especialmente viva que implique no sólo a la mente y a la voluntad, sino también al corazón y, en consecuencia, al comportamiento. Si la experiencia no se aviva, la fe languidece y se convierte en una especie de ideología o en un voluntarismo extenuante.

Dedicamos la Carta Cuaresmal de 2002 a aproximarnos a la comprensión de la experiencia de la fe, de sus características, de sus formas, de los factores que la dificultan, de las condiciones que requiere. Volveremos todavía a ocuparnos de ella a lo largo de esta carta. Tal vez por un recelo hacia lo emotivo y por un miedo infundado a caer en un espiritualismo insensible al dolor y a la injusticia hemos descuidado el cultivo esmerado de la experiencia religiosa.

3.2. La difuminación de los contenidos nucleares de la fe

31. El desarrollo doctrinal del cristianismo a través de la reflexión teológica es muy amplio. Como un árbol muy frondoso oculta sus ramas fundamentales, tanta doctrina puede desdibujarnos las convicciones básicas de la fe. Tales convicciones pueden incluso estar cuarteándose en muchos creyentes, mientras estamos ocupados en hablarles de temas periféricos o ampliar sus conocimientos teológicos. Dios Padre, Jesucristo y su Misterio Pascual, el Espíritu constructor de la Iglesia, el amor y la misericordia como valores primordiales, el seguimiento de Jesús vinculados a María, la comunidad eclesial, la esperanza, el testimonio de la fe y la dedicación a los pobres constituyen el núcleo fundamental. Tenemos que preguntarnos si nos hemos dedicado primordialmente a clarificar y afianzar este núcleo o hemos rellenado nuestros mensajes y programas con contenidos y actividades válidas, pero secundarias.

Los cristianos tocados por esta tentación vivimos, quizás sin formularlo, un conflicto mal resuelto entre "actualidad cultural" y "lealtad eclesial". Tendemos a pensar que renovar la Iglesia equivale, sin más, a "ponerla al día", es decir, en sintonía con la cultura del ambiente. Somos propensos a confundir acomodación con adaptación. Acomodarse es sintonizar con la cultura sin cuidarse de no perder la propia identidad. Adaptarse es actualizarse manteniendo tal identidad. El misterio de la Encarnación urge a la Iglesia a adaptarse a la cultura ambiental tras un discernimiento por el que, no sin ayuda del Espíritu, distinga con sumo cuidado, larga reflexión y mucha paciencia, aquello que es conforme al Evangelio y a la dignidad del ser humano de aquello que es deshumanizador e incompatible con el Evangelio. Y puesto que todas las culturas llevan dentro de sí rasgos de uno y otro género, a la Iglesia le tocará siempre vivir al mismo tiempo en sintonía y en contradicción con la cultura en la que vive [34].

3.3. La crisis del seguimiento

32. Instalados en la "cultura de la satisfacción" (Galbraith) muchos de nosotros experimentamos especiales dificultades para enrolarnos en el seguimiento de Jesús. Tal vez experimentamos un cierto atractivo y afecto y una admiración de su talla moral y su mensaje, pero estos sentimientos no cuajan en las actitudes más hondas del seguimiento o discipulado, que desvelaremos más adelante. Es verdad que siempre seremos "aprendices de seguidores". Pero es necesario ponerse a serlo. No muchos cristianos nos atrevemos. Las exigencias que plantea el seguimiento de Jesús nos desbordan siempre; nos sitúan ante un ideal nunca plenamente realizable. Podemos y debemos avanzar siempre con la ayuda del Espíritu. No hemos de olvidar que "sólo proponiéndose lo imposible se logra todo lo posible" (Unamuno).

Conocemos bien las dificultades de las grandes colectividades para asumir caminos como éste. Pero si fuera notablemente mayor el número de auténticos seguidores, nuestras mismas comunidades tendrían "otro color": no dejarían esta impresión de atonía y mediocridad que desanima y disuade a los buscadores.

3.4. El predominio de la ética sobre la fe viva

33. Desde siempre el hueco dejado por un déficit de experiencia creyente suele ser rellenado con el empeño ético. No se niega la fe, pero se marginan algunos aspectos importantes de la misma, entre ellas la contemplación y la oración.

El cristianismo tiene una dimensión ética que no se puede orillar. El "hombre nuevo" no puede envilecer ningún aspecto importante de su vida con una conducta incoherente. Pero el cristianismo es básica y medularmente fe, no ética.

La ética social rellena en ocasiones el vacío de una auténtica experiencia creyente. Convencidos de que "creer es comprometerse" muchos creyentes han entrado en las aguas de un compromiso social incluso admirable, pero insuficientemente regado por la oración y por la motivación cristiana. El resultado ha sido en demasiadas ocasiones el debilitamiento y hasta la pérdida de la fe. Una mística sin compromiso es de dudosa identidad cristiana. Pero un compromiso sin mística acaba convirtiéndose en puro altruismo o quemándose por el cansancio o la decepción. "Todo comenzó en mística y acabó en política", decía Ch. Péguy refiriéndose a una generación de cristianos que habían perdido su fe en el empeño social.

Cuando es la ética sexual la que suple el déficit de la experiencia creyente, se convierte en una normativa desprovista de su impulso motivador. La ética sexual sin el aliento de una experiencia de la fe suele derivar fácilmente hacia la rigidez o la laxitud.

Un cristianismo predominantemente ético no puede encender la vida de los cristianos ni atraer a la fe a los que no creen o dudan. ¿No pecan nuestras predicaciones de ser excesivamente éticas, aunque lo sean de modo muy genérico? ¿No necesitan hoy los creyentes más ánimo que chaparrones éticos? Los filósofos griegos distinguían bien el impulso ético del ánimo vital subyacente a él. Habían comprobado que sin ánimo no hay ética. Sin "moral" no hay moralidad.

3.5. La tendencia a la fragmentación

34. Los cambios sociales y las debilidades eclesiales favorecen la fragmentación. La cultura postmoderna es la "cultura del fragmento". Esta cultura produce su impacto también en los creyentes, particularmente en los jóvenes. Permanecen afortunadamente en pie la aceptación de los contenidos centrales de la fe, la adhesión a la persona de Jesús y a los valores morales del Evangelio y el sentimiento de pertenecer a la Iglesia. Pero la legítima pluralidad hacia posiciones doctrinales u opciones pastorales tan diversas que oscurecen y debilitan la necesaria cohesión de la comunidad católica producen dentro y fuera de la comunidad cristiana una impresión de confusión y desconcierto.

3.6. Reacciones inadecuadas ante el impacto cultural

35. La interpelación que dirige la cultura contemporánea a los creyentes suscita en la comunidad cristiana actitudes muy diversas, algunas de las cuales pueden constituir un severo contratestimonio:



NOTAS

[24][25] Gaudium et spes, 19.

[26] CONFERENCIA EPISCOPAL FRANCESA, "Proponer la fe en la sociedad actual", en Ecclesia, nn. 2.835-36, p. 125.

[27] A. MORATALLA, "Responsabilidad ética en política familiar", en Razón y Fe (1995).

[28] GIDDENS (citado por I. ZUBERO en conferencia reseñada en la nota 15).

[29] Jn 4,8.

[30] Cf. H. KÜNG, ¿Existe Dios?, Ed. Cristiandad (Madrid 1979), p. 532.

[31] L. ALONSO SCHÖKEL, Esperanza. Meditaciones bíblicas para la Tercera Edad, Ed. Sal Terrae (Santander 2000).

[32] Is 1,2-9.

[33] Unitatis redintegratio, 1 y Ad gentes, 29.

[34] Cf. OBISPOS DE PAMPLONA Y TUDELA, BILBAO, SAN SEBASTIÁN Y VITORIA, Seguir a Jesucristo en esta Iglesia (Carta Pastoral, Cuaresma-Pascua de Resurrección, 1989), cap. IV, n. 5.2., c-d.

[35] J.B. METZ, Más allá de la religión burguesa, Ed. Sígueme (Salamanca 1982), p. 15.

[36] Gaudium et spes, 76.

[37] Jn 20,24.29.

[38] E.R. DODS, Paganos y cristianos en una época de angustia, Ed. Cristiandad (Madrid 1975), p. 173.


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