Parte I
|
|
6. Renovar las comunidades eclesiales presupone conocer su situación, su temperatura creyente y eclesial. Tal situación no es homogénea, sino variada. Una radiografía elemental de nuestras diócesis refleja niveles de fe y de vida cristiana muy diferentes. Vamos a describirlos sucintamente.
Son el núcleo central y más vivo de nuestras comunidades. Nos conforta su adhesión viva a Jesucristo, su servicio a la comunidad cristiana y su generosidad en el compartir. Tienen una sensibilidad religiosa despierta, que se refleja en una práctica orante diaria o frecuente. Buscan una mayor formación que les ayude a vivir una auténtica vida cristiana en la familia, en el trabajo, en las pruebas de la vida, en el uso de los bienes. Su fe constituye un auténtico estímulo que les induce a asumir compromisos de servicio dentro de la comunidad cívica o de la comunidad eclesial.
Sienten preocupación dolorida ante la creciente debilidad de la Iglesia, a la que aman mucho. Es su casa. Experimentan esta debilidad en miembros de su misma familia y sufren por ello. Se preguntan si en un futuro próximo el declive de la fe no va a reducir a la Iglesia a un residuo sin relieve. Quisieran que esta Iglesia fuese más evangélica, menos clerical, más participativa. A pesar de ello siguen en la brecha con tenacidad y fidelidad. Encuentran en la fe y en la oración consuelo y fortaleza.
Ciudadanos de esta sociedad concreta e impregnados de su sensibilidad, no todos sintonizan siempre fácilmente con algunas formulaciones doctrinales y morales de la Iglesia. Pero esta tensión, nacida de su pertenencia a la comunidad humana y a la comunidad cristiana es bien asumida. Una actitud hecha de fidelidad y de libertad es su talante habitual.
Este núcleo ha crecido mucho en los dos últimos decenios. Son muchos miles; más numerosos los que se comprometen en tareas eclesiales que los que se implican en virtud de su fe en la humanización de la sociedad a la que se sienten enviados por el Señor. Tal vez la tentación mayor de este primer grupo es la desesperanza ante el rumbo de la sociedad y el debilitamiento evangélico del conjunto de la comunidad cristiana. Con frecuencia tienden a acentuar más los males eclesiales y sociales que a identificar sus aspectos luminosos.
Son un tesoro para la Iglesia, un consuelo y esperanza para sus pastores.
7. Se mantienen fieles a la práctica semanal de la Eucaristía. Un buen número responden también a otras convocatorias: catequesis cuaresmal, celebraciones de la Penitencia, marchas a Santuarios, Vía Crucis, Asambleas parroquiales... Colaboran económicamente con la comunidad cuando se trata de necesidades eclesiales y sociales. Se muestran bastante sensibles afectiva y activamente a la miseria del Tercer Mundo. Con todo, se sienten más bien destinatarios de unos servicios religiosos que miembros habitualmente activos de la comunidad eclesial.
Es un grupo todavía muy numeroso, pero en neto y continuo descenso. Los porcentajes en nuestras diócesis son desiguales, pero progresivamente bajos. Resulta patente y preocupante la débil presencia de jóvenes y de la generación entre los 30 y los 50 años.
Bastantes pertenecen a generaciones para las cuales la Misa dominical entra como una pieza natural dentro del programa de la semana. La práctica religiosa es para ellos una valiosa herencia que han recibido. Se han identificado vitalmente con ella y quieren sinceramente conservarla, porque "forma parte de su mundo" y es signo especial de su fe. Otros continúan fieles a esta práctica cuando muchos de su generación se han ido descolgando por desidia, por decepción, por enfriamiento de su fe. Sienten que ésta "les dice algo". Su fidelidad a este Encuentro cristiano fundamental no es, pues, fruto de la mera costumbre, sino una opción personal.
Los cristianos practicantes oran, siquiera de manera simple, vocal y frecuente, sobre todo en momentos de emergencia. Su espiritualidad, aunque sólida, es bastante elemental. Tantos años de escucha de la Palabra y de la predicación han dejado en ellos la herencia de criterios y actitudes honestas y cristianas. Con todo, la influencia del ambiente cultural y de las formas de vivir actuales se deja sentir en el pensamiento, la sensibilidad y el comportamiento de bastantes. La adhesión mental y práctica a determinadas pautas morales de la Iglesia no es tan clara ni tan generalizada sobre todo en el campo de la ética sexual, familiar y social. Tales incoherencias no deterioran, sin embargo, en ellos la conciencia, el afecto confiado y la voluntad de pertenecer a la Iglesia. Se autodenominan sin vacilaciones "católicos practicantes".
Al ser, con mucho, el más numeroso, este grupo contribuye decisivamente a la creación de la imagen social de la comunidad cristiana. Por un lado, al congregarse cada domingo para la Eucaristía, constituyen el rostro tal vez más visible y habitual de la Iglesia. Si su número siguiera descendiendo la misma visibilidad de la Iglesia quedaría desdibujada. Por otro lado la mediocridad cristiana de bastantes practicantes difumina sensiblemente el testimonio evangélico, que es razón de ser de la Iglesia.
8. Un considerable porcentaje de bautizados (aproximadamente un tercio según los sondeos realizados) se desentienden del encuentro semanal de la Eucaristía. Su práctica religiosa pública queda reducida a la celebración litúrgica de momentos especiales de su existencia por medio del bautismo, la primera comunión, el matrimonio o los funerales. En unos, el desarraigo de su parroquia de origen, las exigencias del ocio en los fines de semana, la "normalización social de la inasistencia" y otros factores han producido este desenganche. En otros, más jóvenes, la costumbre de la misa dominical apenas ha existido en la historia de su vida. La escasa apetencia religiosa es uno de los caracteres preocupantes de este grupo. No por ello se sienten desligados del todo de la comunidad cristiana. Es más: "quieren que en nuestra sociedad exista la Iglesia institucional y los valores que representa" [10]. En las encuestas se califican a sí mismos como "católicos no practicantes". Pero sus lazos reales con la comunidad son, por lo general, débiles. Poco conectados con ella, son propensos a compartir en cierta medida con el ambiente una imagen poco positiva de la comunidad eclesial y de sus pastores. Sus criterios y comportamientos morales no parecen distinguirse significativamente de los del conjunto de la sociedad. Su espiritualidad es, en muchos casos, bastante pobre.
Tres rasgos de valor incalculable subyacen sin embargo en estos "creyentes desvanecidos". Cuando son interpelados acerca de su fe responden inmediatamente que son creyentes. Hay un "algo" precioso, que los mantiene ligados a una fe siquiera fragmentada e imprecisa y que les vincula también a la Iglesia a la que no quieren dejar de pertenecer. El segundo rasgo es la oración. Los estudios sociológicos muestran que un buen porcentaje ora eventual o esporádicamente, a veces intensamente. El tercer rasgo es la inquietud religiosa que se despierta en una proporción numérica no desdeñable cuando, con ocasión de los sacramentos de los hijos, se sienten invitados a repensar su actitud religiosa. Sin embargo, estos tres tesoros parecen más bien restos de un naufragio. Los sociólogos observan que, año tras año, estos "católicos no practicantes" van pasando a engrosar el grupo de los indiferentes.
9. Hay todavía un grupo de bautizados cuyos vínculos con la fe y la Iglesia son más tenues, casi inexistentes. Muchos de ellos afirman creer en Dios. Pero su rostro no tiene trazos vigorosos. Es una especie de sol mortecino. El nombre de Dios no les es ni familiar ni movilizador. Más que creer en Dios, creen que Dios existe. Esta creencia no tiene influencia ninguna en su diario vivir. Algunos tienen de Él una imagen nebulosa y desdibujada, de rasgos apenas personales. "Tiene que haber Algo" es su expresión socorrida. Otros están incluso cercanos al agnosticismo: "creo que existe, pero no estoy muy seguro". Jesucristo es para ellos un personaje de una talla mental y moral excepcional pero no están muy convencidos de que sea el Hijo de Dios. Del Evangelio aprecian casi exclusivamente sus valores morales de signo humanista. El conjunto del mensaje cristiano les parece una construcción mental tejida, a lo largo de los siglos, en torno al recuerdo de Jesús. La oración no tiene cabida en sus vidas, salvo en momentos muy críticos y angustiosos.
Se autocalifican cristianos y católicos. Pero estas expresiones tienen en ellos un sentido casi exclusivamente sociológico. Tienen conciencia, más o menos explícita, según su nivel cultural, de pertenecer a esa tradición occidental que tuvo al cristianismo y a la Iglesia como su principal matriz y su aliento inspirador. Quieren seguir perteneciendo a esa tradición cultural que les ha modelado. Cuando en ocasiones, más bien excepcionales, se acercan a la Iglesia, pretenden expresar y mantener su pertenencia a dicha tradición. Son "católicos sin Iglesia, sin Cristo Salvador y sin Dios Padre" [11].
Han llegado a su situación actual a través de muchos caminos. El abandono de la práctica les privó del contacto cercano con testigos vivos de la fe. Un concepto estrecho de la razón, que no admite como razonable lo que es misterioso, ha ido vaciando por dentro el edificio de su fe temprana, como las grandes termitas carcomen la pulpa de los árboles en un bosque tropical: quedan el tronco y el ramaje casi vacíos. Una forma de vivir que se mueve en los espacios de una familia, una profesión y unas relaciones sociales, que no les suscitan preguntas más radicales, les asienta en su posición.
10. Era muy conveniente identificar y describir a los diferentes grupos de cristianos que forman parte de nuestras diócesis para no ser imprecisos ni injustos. Pero la descripción antedicha no nos permite detectar con suficiente nitidez fenómenos importantes y generales que están sucediendo tanto en el ámbito de la Iglesia como en el amplio mundo de la misma religión. Aproximarnos a ellos es necesario para tomar de verdad el pulso a nuestras comunidades. Algunos son signos alentadores. Otros, en cambio, resultan muy preocupantes. Es preciso recoger unos y otros para evitar al mismo tiempo un optimismo que no quiere ver la realidad en toda su crudeza y un abatimiento que sólo registra datos sombríos del panorama eclesial.
2.1.1. En el ámbito estricto de la Iglesia
11. Existen en todos los rincones de nuestras Iglesias realidades evangélicas que certifican la presencia viva y activa del Espíritu Santo. La Palabra de Dios comienza a ser mejor conocida y más estimada que en épocas pasadas. A pesar de que no ocupa todavía el puesto central que se merece, va convirtiéndose efectivamente paso a paso en "sustento y vigor de la Iglesia" [12]. Se multiplican las sesiones de iniciación a su lectura personal y comunitaria. Muchos creyentes están descubriendo con alegría la Palabra del Señor y experimentan su eficacia salvadora. Devolver la Palabra al pueblo creyente es un viejo deber de sus pastores.
Algo semejante sucede con la misma teología. El número de laicos/as que se acercan a servicios de formación ofrecidos por nuestras Iglesias es notable y creciente. El deseo de conocer mejor el meollo de nuestra fe, la inquietud por disipar dudas y malentendidos, la voluntad de llevar una vida cristiana más coherente y la preocupación por "formarse mejor para formar mejor" motivan a los que buscan este servicio eclesial.
Es verdad que bastantes asistentes a la Eucaristía dominical la encuentran tediosa y repetitiva. Sin embargo, a pesar del largo camino que nos queda por recorrer, es indudable que la calidad de su celebración ha mejorado en muchos lugares. En general, las moniciones, los cantos, el ritmo, la participación, la proclamación de la Palabra, la misma preparación han ganado en dignidad y cuidado.
La solidaridad afectiva y efectiva con los excluidos y marginados es un signo inequívoco de humanismo y una piedra de toque imprescindible de nuestra fe. Todos los indicadores revelan que en este punto la "temperatura media" de los cristianos es más alta que la del conjunto de la sociedad. Nuestras Cáritas son vigorosas y creativas y constituyen uno de los rostros de la Iglesia más reconocidos por la sociedad. El número de cristianos implicados en iniciativas de solidaridad, eclesiales y cívicas, es notable. El desprendimiento económico de la comunidad cristiana a favor de los necesitados alcanza una parte muy sustanciosa de sus ingresos reales. La aportación a "Manos Unidas" y otras organizaciones en favor del tercer mundo, es extraordinariamente generosa. Es verdad que los pobres no están todavía en el centro de nuestras comunidades en torno al Señor. Es asimismo verdad que están cada día más cerca.
12. En los veinte últimos años el número de laicos implicados en tareas de colaboración pastoral se ha multiplicado. Las puertas para favorecer su formación y su verdadera corresponsabilidad están cada vez más abiertas. Notamos, sin embargo con preocupación, que el relevo de las generaciones de ayer se torna cada día más difícil. La resistencia al compromiso estable es hoy común en toda la sociedad. Cada vez cuesta más encontrar gente dispuesta para formar parte de un comité de empresa, para militar en un partido político, para presentarse en una candidatura municipal, para formar parte de un consejo escolar, para renovar la comisión directiva de un club deportivo. Y, por supuesto, para comprometerse en tareas y responsabilidades de una parroquia o de una obra eclesial.
La imagen de nuestra Iglesia es "directiva y poco participativa". La realidad va cambiando paso a paso. Casi todas nuestras parroquias tienen algún órgano colegiado en torno a sus presbíteros: un Consejo Pastoral o una Junta parroquial. Casi todas las obras de los religiosos tienen también sus Consejos. El Consejo Pastoral Diocesano es una realidad asentada. Es cierto que quedan todavía reflejos autoritarios y decisiones tomadas en soledad. Queda un trecho para que arraigue entre nosotros una "cultura" participativa y corresponsable.
La misma situación de la Iglesia, carente del respaldo de las instituciones civiles y del "viento a favor" del ambiente, nos está ayudando a ser más humildes y menos arrogantes, más transparentes y menos opacos en la información y comunicación.
En fin, la pacificación de estas tierras, marcadas por largos enfrentamientos; sacudidas por el terrorismo; testigos de la vulneración de derechos humanos individuales y colectivos; surcadas por sensibilidades políticas muy diferentes; poco trabajadas por el diálogo entre los partidos..., ha sido preocupación constante y activa de los responsables eclesiales y de muchos cristianos. El anhelo de una paz estable y justa es muy intenso y muy extendido en la comunidad católica.
La intemperie religiosa que padecemos en la atmósfera cultural de nuestro tiempo ha debilitado sin duda la fe de muchos. Los horrores de la historia de la humanidad en este último siglo (el holocausto nazi, los "gulags" comunistas, las matanzas de Rwanda y Sudán, la extensión pavorosa del SIDA así como las catástrofes naturales), golpean nuestra fe con más contundencia que muchos libros de los filósofos increyentes. Pero en muchos casos esta fe se ha purificado y ha pasado de ser simplemente heredada a ser más personal, más purificada y más trabajada.
2.1.2. En el amplio mundo religioso
13. El hombre y la mujer son, por su propia estructura, "deseo de Dios". Están diseñados para buscarle a tientas y encontrar su plenitud en Él. Por muy adversas que sean las circunstancias para que emerja este deseo, la orientación del ser humano a Dios tiene que dejarse ver, de manera más o menos patente o latente, incluso en ese grupo hoy muy numeroso que ni se pregunta ni se ocupa ni se preocupa de Dios. Podemos, pues, rastrear esta orientación a través de algunos indicios.
El primero de estos indicios nos lo ofrece el análisis mismo del deseo humano. En sus aspiraciones y proyectos, el hombre y la mujer de todos los tiempos y lugares se manifiesta, incluso sin saberlo, como un ser limitado dotado de un ansia ilimitada. A la luz de la fe cristiana, este desnivel entre lo que puede y lo que quiere, entre lo que busca y lo que encuentra no es, en absoluto, señal de que somos seres "mal hechos", sino el hueco en el que se revela la indestructible orientación del hombre a Dios. Él está, pues, en el horizonte de todo deseo humano. Cuando deseamos algo o deseamos a alguien estamos, aún sin saberlo, deseando a Dios.
No es, pues, extraño que este deseo de Dios se manifieste más o menos explícitamente en muchos de nuestros contemporáneos increyentes. En algunos de ellos aparece envuelto en la adhesión generosa a ideales que son para ellos más importantes que sus propios intereses personales. La lucha sostenida y pacífica por una sociedad más justa, la entrega abnegada y constante a los últimos de la tierra, la dedicación de una vida entera a promover la salud, la ciencia, la dignidad de la mujer, la habitabilidad del planeta, revelan la existencia en ellos de unos "valores absolutos". Tales valores no tienen para ellos rostro divino. Pero son sagrados. Desde una mirada creyente, tras ellos está Dios.
Otras personas, formadas en medios en los que Dios ha sido colocado más o menos "respetuosamente aparte" y cargadas por ello de dificultades mentales y vitales para abrirse a la fe, manifiestan un deseo más o menos patente de Dios, una nostalgia de su existencia, un querer que exista. Desde hace unos años es notable en varios países el número de jóvenes mayores y de adultos, apenas impregnados en su infancia por la propuesta cristiana, bien integrados en su familia, en su profesión y en su vida cívica, que se preguntan: "¿esto es todo? ¿No hay nada que dé un sentido global a mi vida y a mi muerte, al gozar y al sufrir, a las luchas, victorias y fracasos de la existencia? ¿Viviremos sólo ante nosotros mismos y ante los demás? ¿No viviremos ante Alguien?" No es desatinado aventurar que inquietudes y preguntas semejantes anidan también, siquiera por temporadas o en momentos existenciales, en muchos de nuestros conciudadanos.
14. El auge increíble de los llamados "nuevos movimientos religiosos" ha sorprendido a propios y extraños. Nos aproximaremos más adelante a este fenómeno. Digamos ahora que este "revivir de lo religioso", a pesar de sus carencias, ambigüedades, contaminaciones y distorsiones, lejos de revelar una descomposición de la religión, parece expresar una resistencia y una protesta del corazón humano ante un clima social y cultural asfixiante, empeñado en explicar, dominar y parcelar la realidad del mundo, y olvidado de contemplarlo como un todo, de respetarlo y de preguntarse por su origen y su destino. Los nuevos movimientos religiosos revelarían la apertura básica de los humanos a Algo o Alguien que nos desborda.
Hay tres experiencias humanas que desconciertan al hombre o a la mujer no religiosos y los pueden abrir a ese Misterio que los desborda:
Voces significativas y autorizadas, hondamente preocupadas por la "profunda crisis de sentido que conmueve a la sociedad contemporánea", se alzan aquí y allá en el mundo alejado de la Iglesia y muestran su resistencia a reducir la vida humana a "producir, consumir y divertirse", cuando precisamente las conquistas humanas han conseguido "aliviar el sufrimiento, mitigar la dureza del trabajo, expandir la posibilidad del conocimiento... Hemos desencantado el mundo para entregarlo a un mecánico engranaje de causas y efectos, de funciones y utilidades" sin encarar "el sentido del mundo ni percibir el misterio que lo trasciende. Durante siglos este misterio ha sido expresado bajo el nombre de Dios. Hay que plantear la cuestión de Dios" [14].
15. A pesar de los indicadores antedichos, la fe cristiana va debilitándose implacablemente en todo el occidente europeo. He aquí un hecho unánimemente reconocido por los observadores. Todos estos países sin excepción registran un notable debilitamiento. Estamos pasando en Europa un riguroso invierno religioso y eclesial. Veamos sus caracteres más salientes:
2.2.1. Una crisis religiosa global
La religión es, a la vez, un conjunto de creencias, de normas morales, de prácticas, de símbolos, de valores, de sentimientos. El alma de todos estos elementos es la fe. Todos ellos y la fe misma, están hoy gravemente tocados por la crisis. Ésta es más profunda en los grupos humanos más alejados de la comunidad eclesial. Pero afecta también a grupos más próximos, incluso internos a ella.
a) Crisis de creencias
16. Por supuesto, un número muy notable de católicos asume íntegramente la fe de la Iglesia. Pero son cada vez más numerosos los creyentes que se van distanciando respecto de bastantes de sus contenidos. Apunta la reserva crítica y la sospecha respecto a bastantes afirmaciones medulares del mensaje cristiano. La tendencia a escoger en el "supermercado de la fe" aquellos ingredientes de mi propio plato combinado es real y creciente. La "fe heredada" va convirtiéndose para muchos en "fe subjetiva". Algunos califican este fenómeno como "cisma soterrado" [15].
b) Crisis de las normas morales
17. Existe un grupo notable de católicos que aceptan "tal cual" todo el mensaje moral de la Iglesia. Pero, en esta área, el desmarque con respecto a la doctrina moral propuesta por aquélla es sensiblemente mayor. Tal desmarque no es una simple desviación de una conducta práctica que se aparta de las pautas morales. Numerosos cristianos, incluso practicantes, ponen graves reparos ante los criterios eclesiales relativos a la moral sexual, familiar y a la ética de la vida humana. En estos puntos el discernimiento moral que rige la conducta práctica se realiza sin atenerse, al menos suficientemente, a la doctrina eclesial. Es, con todo, sensiblemente más neta su adhesión, al menos teórica, a la doctrina social de la Iglesia e incluso a las líneas mayores de su mensaje moral.
c) Crisis de la práctica religiosa
18. He aquí el aspecto más visible de la crisis. El abandono de la Eucaristía dominical por parte de muchos es palpable y cuantificable. No es sólo un fenómeno nuestro. En los sondeos sociológicos conocidos, una mitad de los católicos se declaran "no practicantes". La práctica dominical ha descendido en diez puntos a lo largo de los diez últimos años. Algo análogo sucede, según afirmación unánime de los analistas, en todos los países del occidente cristiano europeo.
La edad media de los feligreses que vemos en nuestras celebraciones eucarísticas es, por lo general, elevada. La banda de asistencia entre los 15 y los 50 años es muy estrecha.
Dos sacramentos de la iniciación cristiana resisten por ahora esta erosión: el Bautismo y la Primera Eucaristía. Los porcentajes son todavía muy altos, aunque en algunas zonas comienzan a descender sensiblemente y los motivos por los que son solicitados no son exclusivamente religiosos. En muchos casos, ni siquiera son los principales. A pesar de los notables cuidados pastorales en torno al sacramento de la Confirmación, el número de adolescentes y jóvenes que acceden a él, tras haber conocido recientemente un período de auge, está descendiendo sensiblemente. La celebración del sacramento del Matrimonio se mantiene en un 60%. La práctica individual del sacramento de la Penitencia ha sufrido una merma muy notable. La celebración comunitaria se realiza al ritmo de los tiempos fuertes del año litúrgico. La Unción individual de los Enfermos ha descendido notablemente, mientras se han intensificado y dignificado las celebraciones comunitarias de este sacramento.
Con noble y justificado interés y éxito desigual, nuestras Iglesias locales ofrecen encuentros de preparación que intentan despertar la fe, con frecuencia adormecida, antes de recibir los sacramentos. Se revelan manifiestamente insuficientes para el fin que pretenden y mueven al desaliento a no pocos pastores y responsables.
Al tiempo que la participación litúrgica languidece, se mantienen y florecen entre nosotros algunas manifestaciones de piedad y religiosidad populares. Prenden no sólo en los católicos practicantes sino en muchos no practicantes, incluso próximos a la indiferencia. El atractivo religioso de nuestros santuarios, sobre todo marianos, es evidente, persistente y consolador. Los "Vía Crucis" del Viernes Santo congregan a creyentes de niveles muy diversos. Estos fenómenos constituyen un vínculo precioso, aunque insuficiente, de muchos creyentes de fe distraída con su Iglesia.
Las Cofradías parecen resurgir. Somos conscientes de sus múltiples motivaciones, de sus riesgos, de la necesidad y dificultad de su purificación. Creemos, con todo, que subsiste en ellas un "algo" de signo religioso que se resiste a ser adulterado. Atraen a un número notable de creyentes que no participan en la vida litúrgica de la comunidad. Pensamos, asimismo, que pueden reflejar la necesidad de asideros, en tiempos de un cambio tan profundo y acelerado. Quienes se acercan a ellas parecen buscar "tierra firme" en determinadas formas de religiosidad colectiva heredadas de sus mayores. Necesitan atención y seguimiento.
d) ¿"Crisis de Dios"?
19. En los ámbitos más alejados de la fe de la Iglesia, nos encontramos con bautizados y no bautizados sumidos en una total indiferencia religiosa. Tal situación fue ya prevista por el Vaticano II: "Muchedumbres cada vez más numerosas se alejan prácticamente de la religión... Prescindir de ella no constituye, como en épocas anteriores, algo insólito o individual [16]. No parecen sentir inquietud religiosa ni advierten por qué han de ocuparse de la religión" [17]. Entre jóvenes y mayores la indiferencia ha adquirido en el último decenio amplitud y caracteres muy graves.
Los indiferentes no son ateos: el ateo niega a Dios; ellos no se pronuncian ni a favor ni en contra de Dios. Simplemente se despreocupan de la religión. No les interesa. Sumergidos en las ocupaciones, preocupaciones, satisfacciones y frustraciones de la vida cotidiana, no se formulan preguntas que pudieran llevarlos a los umbrales de una opción de fe. Ellos "profundizan en la superficie" de la existencia humana. Las encuestas detectan un 24% de nuestra juventud que se adhiere a esta respuesta: "paso de Dios; no me interesa el tema; para mí, Dios no existe".
Los caminos por los que han llegado a esta estación en la que se han bajado del tren de la fe son diferentes:
"La indiferencia no constituye, como pensábamos en otros tiempos, una situación intermedia entre el creyente y el ateo, sino la forma más radical de alejamiento de Dios. Él ha dejado de ser problema: ni ocupa ni preocupa" [18].
La extensión de la indiferencia ha conducido a algunos teólogos y analistas a detectar en el horizonte de Europa la emergencia de una nueva modalidad humana: "el hombre arreligioso" y a denominar la crisis religiosa que padecemos como "crisis de Dios" (J.B. Metz). Con todo, "el hombre y la mujer de hoy son diferentes pero son humanos" [19]. No es que el Emisor no llame ni que el receptor haya cambiado de onda; es que se encuentra estropeada la comunicación.
2.2.2. Un proceso de secularización interna
20. Las crisis antedichas manifiestan y reflejan una crisis de mayor calado que afecta en alguna medida a creyentes y pastores: la comunidad cristiana se está secularizando (mundanizando). Así lo declaró en su día nuestra Conferencia Episcopal: "La cuestión principal a la que la Iglesia ha de hacer frente hoy en España no se encuentra tanto en la sociedad o en la cultura ambiental cuanto en su propio interior; es un problema de casa y no sólo de fuera" [20]. La Iglesia está llamada a ser secular, pero no a ser mundana. Ser secular significa ofrecer al mundo su mensaje y su colaboración humanizadora. Ser mundana significa acomodarse a los criterios, actitudes y comportamientos vigentes en la sociedad, desviándose de los criterios evangélicos. "Si la Iglesia se vuelve idéntica al mundo... no tiene nada que decirle, sino repetirle maquinalmente lo que éste ya sabe" [21].
En un cierto grado, esto está sucediendo en nuestras Iglesias. Tal sucede en la medida en que el bienestar se nos vuelve más necesario que la espiritualidad, la fe no es un valor a transmitir con respetuoso empeño en la familia, la Semana Santa se nos convierte en "vacaciones de primavera", los sacramentos son ante todo celebraciones familiares y nuestra fe tiene escasa incidencia en las opciones económicas y sociales que jalonan nuestra vida.
No queremos en absoluto subestimar las comunidades reales. Las conocemos y las apreciamos. Son gente honesta, de buena voluntad, no insensible a Dios ni a su conciencia. No queremos culpabilizarlas ni desalentarlas como si su debilidad se debiera primordialmente a su propia pasividad y no a la poderosa influencia del ambiente. Sabemos que es difícil "mantener el tipo" en esta sociedad. Nos duelen las deficiencias que comprobamos, así como nos alegran los signos de vida. Manifestamos con alegría que en todas hay cristianos de calidad y en casi todas un núcleo vivo, espiritual y entregado. Sabemos que es utópico pedir radicalidad evangélica a colectividades a veces numerosas y heterogéneas. Pero les debemos sinceridad y verdad. Al decirla, reconocemos también nuestras deficiencias personales como creyentes y pastores.
Es preocupante la insuficiente incidencia de la fe en la existencia cotidiana de bastantes creyentes incluso practicantes. Su vida individual y familiar, su comportamiento al dictado de la propia conciencia moral, la disponibilidad para el servicio, no parecen ser en ellos "significativamente muy diferentes" por el hecho de su fe. Una minoría abultada y admirable "marca netamente la diferencia". Pero, en general, la coherencia entre la fe y la vida debería ser sensiblemente mayor en el conjunto de la comunidad creyente.
Hemos afirmado que dentro del gran grupo de católicos los niveles de vida cristiana son muy diversos. Pero, ¿no es cierto que, en una proporción considerable, la experiencia de Dios, la formación teológica, los vínculos con la Iglesia, la implicación sentida en el culto y el compromiso eclesial y social, son más bien modestos? ¿Será posible que los increyentes descubran en el rostro de estas comunidades la novedad liberadora y salvadora del Evangelio? Una cierta inapetencia religiosa no es, en alguna medida, patrimonio exclusivo de los alejados de la fe.
21. Uno de los signos de nuestras carencias espirituales y evangelizadoras es la gran dificultad que experimentamos al transmitir la fe a las jóvenes generaciones. Sería injusto atribuir a tales carencias la responsabilidad principal de esta impotencia. Muchos padres cristianos sufren y hacen lo indecible para comunicar a sus hijos, como saben y pueden, el tesoro de la fe cristiana. La cultura en la que están inmersos nuestros niños y jóvenes es casi un paisaje polar para despertar a la fe y crecer en ella. No podemos, sin embargo, omitir estas tres observaciones:
La matriz de nuestras comunidades eclesiales muestra, asimismo, su déficit de vigor en una menor capacidad de engendrar asociaciones vivas que enriquezcan la vida cristiana de la comunidad y aporten oxígeno a la sociedad. Son muchos los grupos de laicos/as asociados, desde la Acción Católica hasta los llamados nuevos movimientos eclesiales. Pero es escaso el número de sus miembros en proporción a la totalidad de los católicos practicantes. Son grupos que toman muy en serio su fe y cuidan y acompañan con esmero la de sus miembros. Cada uno de ellos subraya aspectos fundamentales de la vida cristiana: bien sea la oración, la formación de sus adheridos, el servicio a la comunidad cristiana o el compromiso con la sociedad. Tienen el riesgo de subestimar otros valores cristianos básicos. No son, por lo general, grupos enfrentados entre sí. Pero sería necesaria una menor dispersión, una mayor comunicación y, en algunos de ellos, un arraigo más sólido, más familiar y más confiado en la comunidad diocesana.
Es verdad: no son tiempos propicios para la militancia cívica ni para la militancia eclesial. Pero la calidad evangélica de la comunidad cristiana es el caldo de cultivo necesario para que nazcan en su seno grupos vivos y vivificadores.
Parecido vigor necesita una comunidad para que en ella puedan surgir vocaciones al ministerio presbiteral, a la vida consagrada, a las misiones. La atmósfera de la sociedad que envuelve e impregna a nuestros jóvenes está muy revuelta para que germinen vocaciones de esta naturaleza, necesarias para vigorizar la comunidad. Aunque el Espíritu Santo las suscita donde quiere y cuando quiere, la tierra de una comunidad enriquecida por una vida cristiana ferviente es el suelo connatural de estas vocaciones. ¿No necesita este suelo ser regado y abonado para alumbrarlas?
2.2.3. Una institución eclesial debilitada
22. La Iglesia católica ha sido reconocida durante siglos como una institución sólida que ofrecía a sus miembros una identidad muy precisa y mostraba una notable cohesión. En unos tiempos en los que se cuartean muchas instituciones valoradas en el pasado, también la Iglesia, como institución, está padeciendo una grave crisis.
Por una parte, el alto crédito que ella y sus responsables tenían en la sociedad ha bajado muchos enteros. Algunas posiciones mantenidas por la jerarquía no sólo son discutidas y debatidas por una parte muy notable de la sociedad, sino que suscitan en ocasiones una sensible agresividad, por ser consideradas como interferencias indebidas en una sociedad adulta o como intervenciones dictadas por intereses corporativos empeñados en defender situaciones de verdadero privilegio. Es verdad que la voz de la Iglesia es escuchada con respeto cuando expone grandes principios morales o los aplica a situaciones como la guerra, el hambre y la miseria de continentes enteros. Es también cierto que el aprecio real de muchos ciudadanos es mayor que el aprecio reflejado en muchos medios de comunicación. Pero... son horas bajas las actuales para la credibilidad de la Iglesia. En los últimos años, la imagen de la jerarquía ha sufrido un notable descenso en la escala de la valoración social.
Las mismas comunidades cristianas y sus pastores inmediatos han perdido gran parte del relieve que tenían en nuestras comunidades humanas. La gente cree conocer el Evangelio que predican y no descubre en él novedad alguna. La Conferencia Episcopal de España afirma que la propuesta del Evangelio encuentra hoy menores dificultades de acogida en personas no bautizadas, que no tienen conocimiento alguno de él, que en otras bautizadas para quienes les resulta "sabido y superado".
23. Es cierto, con todo, que gran parte de nuestra sociedad descubre en el rostro de la Iglesia algunos rasgos más amables: las acciones de Cáritas, el testimonio de los misioneros, el compromiso de los religiosos a favor de los últimos (p.ej., los hogares para víctimas del SIDA). Muchos otros aspectos saludables y socialmente fructíferos (p.ej., la Escuela cristiana), no son suficientemente reconocidos.
Pero la crisis de la institución eclesial no es sólo exterior. No consiste únicamente en la percepción que de ella tiene la sociedad, sino también en las tensiones internas entre la institución eclesial y la vida de bastantes de sus miembros. Parecen cancelados, al menos por ahora, los tiempos en los que ser cristiano se reducía básicamente a creer confiadamente en el mensaje íntegro de Dios propuesto por la Iglesia, en atenerse fielmente a todas sus normas de comportamiento moral, en participar regularmente en su vida cultual y en colaborar dócilmente en sus obras apostólicas y sociales. El sentido crítico de muchos encuentra dificultades en la fe propuesta. La alta valoración de su autonomía los inmuniza ante ciertas normas morales. Los mandatos relativos a la celebración dominical y festiva chocan con una concepción más ancha de la ley y con la organización del ocio en los fines de semana. Los compromisos a favor de los necesitados se estrellan contra las exigencias del individualismo y del confort y contra jornadas laborales exigentes. En unos tiempos en los que se ha difuminado un tanto la neta diferencia entre creer y pertenecer, nos encontramos con la paradoja de creyentes que declaran no pertenecer a la Iglesia e increyentes que dicen pertenecer a ella.
Somos una Iglesia evangélica y apostólicamente debilitada en una sociedad poderosa. Pero "ni el cristianismo del pasado fue tan sólido como se cree, ni el actual es tan débil como parece" [22]. Pablo nos recuerda además que "cuando estoy débil, entonces soy fuerte", porque "la fuerza (de Dios) se realiza en (nuestra) debilidad" [23].
|
Ver esta página en su contexto | Ir a la página de recursos | Ir a la página siguiente |
[10] M. KEHL, Adónde va la Iglesia, Ed. Sal Terrae (Santander 1997), p. 143.
[11] Cf. Ef 2,12.
[12] Dei verbum, 21.
[13] Cf. Gaudium et spes, 10.
[14] A. MUTIS y J. RUIZ PORTELLA, Manifiesto "Contra la muerte del espíritu", en El Cultural (19-25 de julio de 2002), pp. 1-4.
[15] I. ZUBERO, El reto de la evangelización: dificultad y oportunidades, Conferencia al Consejo Pastoral Diocesano de Bilbao (febrero 2004), p. 1.
[16] Gaudium et spes, 7.
[17] Gaudium et spes, 19.
[18] J. MARTÍN VELASCO, La misión evangelizadora hoy, Ed. Idatz (San Sebastián 2002), p. 66.
[19] Cf. K. RAHNER, "El hombre actual y la religión", en Escritos de Teología, t. 6, Ed. Taurus (Madrid 1969), pp. 15-23.
[20] CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, "Plan Pastoral 2002-2005", en Ecclesia, n. 3087, p. 195.
[21] E. SCHILLEBEECKX, Dios, futuro del hombre, Ed. Sígueme (Salamanca 1971), p. 89.
[22] J. DELUMEAU, Le christianisme va-t-il mourir?, Ed. Hachette (Paris 1977).
[23] 2 Cor 12,9-10.
Este documento se ofrece instar manuscripti para su divulgación. Es una copia de trabajo para uso interno de El Movimiento de la Palabra de Dios, y ha sido depurada dentro de lo posible de errores de tipeo.