CONCLUSIÓN |
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98. Una vez más repetimos que hoy la Patria requiere algo inédito para superar la situación en la que nos encontramos. Al mismo tiempo, reconocemos un firme llamado del Espíritu a través del Papa Juan Pablo II, que nos impulsa a inaugurar con firmeza y perseverancia una nueva etapa de la evangelización de nuestro pueblo (NMI 40). El mandato misionero nos introduce en el tercer milenio invitándonos a tener el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos. Para ello podemos contar con la fuerza del mismo Espíritu, que fue enviado en Pentecostés y que hoy nos impulsa a partir animados por la esperanza (NMI 58).
99. La Iglesia en la Argentina quiere asumir un nuevo dinamismo pastoral y recrear un intenso ardor evangelizador (NMI 59; LPNE 34). El Gran Jubileo, como toda experiencia de gracia, ha cumplido la función de desentumecer nuestras piernas para el camino que nos espera (NMI 59). Convertirnos es también renunciar a la inercia y a la comodidad. Hay un nuevo camino que emprender, colmados de una esperanza que no defrauda (JSH 21). No vale la pena demorar la partida.
100. El Evangelio de Jesús nos ofrece motivos de sobra para alentar esta peregrinación evangelizadora. Su mensaje es el que necesitamos escuchar para alcanzar una vida mejor. No hay excusas que justifiquen la dejadez y las demoras. El Espíritu Santo puede infundirnos toda la fuerza y el impulso que nos hace falta. María es el signo de esperanza más bello que podemos pedir. Naveguemos mar adentro nutridos por la Palabra y reconfortados en el banquete de la Eucaristía.
Que Jesús resucitado, el cual nos acompaña en nuestro camino, dejándose reconocer como a los discípulos de Emaús al partir el pan (Lc 24,30), nos encuentre vigilantes y preparados para descubrirlo y correr hacia nuestros hermanos llevándoles el gran anuncio: ¡Hemos visto al Señor! (Jn 20,25).