Capítulo VI
PUNTOS A TENER EN CUENTA

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6.1. Necesidad de guía y de formación sólida
6.2. Iniciativas concretas

 

6.1 Necesidad de guía y de formación sólida 

¿Cristo o Acuario?

La Nueva Era casi siempre tiene que ver con «alternativas»: una visión alternativa de la realidad o un modo alternativo (mágico) de mejorar la situación presente [88]. Las alternativas no ofrecen dos posibilidades, sino únicamente la posibilidad de elegir una cosa frente a otra. En términos religiosos, la Nueva Era ofrece una alternativa a la herencia judeocristiana. La Era de Acuario se concibe como la que sustituirá a la Era predominantemente cristiana de Piscis. Los pensadores de la Nueva Era son plenamente conscientes de esto; algunos de ellos están convencidos de que el cambio que viene es inevitable, mientras que otros además están activamente comprometidos en ayudar a que llegue. Quienes se preguntan si es posible creer al mismo tiempo en Cristo y en Acuario conviene que sepan que ésta es en gran medida una opción excluyente. «Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo» (Lc 16,13). A los cristianos les basta pensar en la diferencia entre los magos venidos de Oriente y el rey Herodes para darse cuenta de los tremendos efectos de una opción a favor o en contra de Cristo. No debe olvidarse nunca que muchos de los movimientos que han alimentado a la Nueva Era son explícitamente anticristianos. Su actitud hacia el cristianismo no es neutral, es neutralizante: a pesar de lo que se suele decir sobre la apertura a todas las concepciones religiosas, el cristianismo tradicional no es considerado sinceramente como una alternativa aceptable. De hecho, a veces se dice bastante claramente que «no hay un lugar tolerable para el verdadero cristianismo», incluso con argumentos que justifican comportamientos anticristianos [89]. Inicialmente esta oposición se limitaba a los ambientes enrarecidos de quienes iban más allá de una vinculación superficial a la Nueva Era, pero más recientemente ha comenzado a penetrar en todos los niveles de la cultura «alternativa» que ejerce una extraordinaria fascinación, sobre todo en las sofisticadas sociedades occidentales.  

¿Fusión o confusión?

Las tradiciones de la Nueva Era desdibujan consciente y deliberadamente las diferencias reales: entre Creador y creación, entre humanidad y naturaleza, entre religión y sicología, entre realidad subjetiva y realidad objetiva. Idealmente, la intención es siempre superar el escándalo de la división, pero para la teoría de la Nueva Era se trata de la fusión sistemática de elementos que en general la cultura occidental tiene como netamente distintos. ¿No es tal vez más correcto llamarla «confusión»? No es un juego de palabras decir que la Nueva Era se alimenta de la confusión. La tradición cristiana siempre ha valorado el papel de la razón para justificar la fe y comprender a Dios, al mundo y a la persona humana [90]. La Nueva Era ha captado el estado de ánimo de muchos que rechazaban la razón fría, calculadora, inhumana. Y si bien ésta es una intuición positiva que nos recuerda la necesidad de un equilibrio entre todas nuestras facultades, ello no justifica la marginación de una facultad que es esencial para una vida plenamente humana. La racionalidad tiene la ventaja de la universalidad: está al alcance de todos, gratuitamente, a diferencia del carácter misterioso y fascinante de la religión «mística» gnóstica o esotérica. Todo aquello que promueva la confusión conceptual o el secretismo ha de ser examinado muy atentamente. En vez de revelarla, esconde la naturaleza última de la realidad. Corresponde a la pérdida posmoderna de confianza en las sólidas certezas de antaño, que a menudo implica refugiarse en la irracionalidad. El desafío consiste en mostrar cómo una sana colaboración entre la fe y la razón mejora la vida humana y promueve el respeto a la Creación. 

Crea tu propia realidad

La convicción generalizada en la Nueva Era de que cada uno crea su propia realidad es fascinante pero ilusoria. Se cristaliza en la teoría de Jung, para quien el ser humano es un portal desde el mundo exterior a un mundo interior de infinitas dimensiones, donde cada persona es un Abraxas que da a luz su propio mundo o lo devora. La estrella que brilla en este infinito mundo interior es el dios y la meta del hombre. La consecuencia más grave y problemática de la aceptación de la idea de que las personas crean su propia realidad es la cuestión del sufrimiento y de la muerte: las personas con graves discapacidades o enfermedades incurables se sienten perjudicadas y humilladas cuando se les sugiere que ellas son la causa de su desgracia, o que su incapacidad para cambiar las cosas se debe a una debilidad en su actitud de vida. Esto dista mucho de ser un tema puramente académico: tiene implicaciones profundas en el enfoque pastoral de la Iglesia ante las difíciles cuestiones existenciales que todos enfrentamos. Nuestros límites son parte de la vida, y parte de la condición de creaturas. La muerte y el sufrimiento presentan un desafío y una oportunidad, porque la tentación de refugiarse en una reelaboración occidentalizada de la noción de reencarnación es la prueba inconfundible del temor a la muerte y del deseo de vivir para siempre. ¿Aprovechamos al máximo estas oportunidades para recordar lo que Dios promete en la resurrección de Jesucristo? ¿Cuán auténtica es la fe en la resurrección del cuerpo, que los cristianos proclaman cada domingo en el Credo? Lo que está en cuestión aquí es la idea de la Nueva Era según la cual, en cierto sentido, también somos dioses. Todo depende ciertamente de la propia definición de realidad. Es preciso reforzar de manera adecuada un sólido enfoque de la epistemología y de la sicología en todos los niveles de la educación, la formación y la predicación católicas. Es importante buscar constantemente los modos más eficaces de hablar de la trascendencia. La dificultad fundamental de todo el pensamiento de la Nueva Era es que esta trascendencia es estrictamente una auto-trascendencia que debe alcanzarse en un universo cerrado en sí mismo.  

Recursos pastorales

En el capítulo 8 se ofrecen indicaciones sobre los principales documentos de la Iglesia Católica, en los que se puede encontrar una evaluación de las ideas de la Nueva Era. En primer lugar está la alocución del Papa Juan Pablo II citada en el Prefacio. El Papa reconoce en esta tendencia cultural algunos aspectos positivos como por ejemplo «la búsqueda de un nuevo sentido de la vida, una nueva sensibilidad ecológica y el deseo de superar una religiosidad fría y racionalista». Por otra parte, llama la atención de los fieles sobre ciertos elementos ambiguos que son incompatibles con la fe cristiana: estos movimientos «prestan poca atención a la Revelación... Tienden a relativizar la doctrina religiosa en favor de una vaga visión del mundo... Con frecuencia proponen un concepto panteísta de Dios... Sustituyen la responsabilidad personal frente a Dios por nuestras acciones con un sentido del deber respecto al cosmos, anulando así el verdadero concepto de pecado y la necesidad de redención por medio de Cristo» [91].

6.2 Iniciativas concretas

En primer lugar, conviene recordar una vez más que en el amplio abanico de la Nueva Era no todas las personas o las prácticas asumen del mismo modo las teorías del movimiento. Igualmente, la misma etiqueta de Nueva Era muchas veces se aplica mal o se extiende a fenómenos que pueden ser clasificados de otra manera. Incluso se ha abusado del término Nueva Era para demonizar personas y prácticas. Es esencial examinar si los fenómenos relacionados con este movimiento, aunque sea de manera tangencial, reflejan o están en conflicto con una visión cristiana de Dios, la persona humana y el mundo. El simple uso del término Nueva Era de por sí significa poco o nada. Lo que cuenta es la relación del individuo, del grupo, de la práctica o del producto con los principios centrales del cristianismo. 

Recurriendo a una imagen sugestiva y directa, uno de los exponentes del movimiento de la Nueva Era ha comparado las religiones tradicionales con las catedrales, y la Nueva Era con una feria mundial. El movimiento Nueva Era es visto como una invitación a los cristianos para que lleven el mensaje de las catedrales a la feria que ahora abarca el mundo entero. Esta imagen plantea a los cristianos un desafío positivo, pues cualquier momento es bueno para llevar el mensaje de las catedrales a la gente de la feria. Los cristianos no necesitan, y en realidad, no deben esperar una invitación para llevar el mensaje de la Buena Noticia de Jesucristo a quienes andan buscando respuestas a sus preguntas, un alimento espiritual que los satisfaga, el agua viva. Siguiendo la imagen propuesta, los cristianos deben salir de la catedral, alimentados por la Palabra y los sacramentos, para llevar el Evangelio a todos los ámbitos de la vida cotidiana. «¡La misa ha terminado! ¡Pueden ir en paz!». En la carta apostólica Novo Millenio Ineunte, el Santo Padre destaca el gran interés por la espiritualidad que existe en el mundo secularizado de hoy, y cómo las demás religiones están respondiendo a esta demanda de formas atrayentes. Continúa lanzando un desafío a los cristianos: «Nosotros, que tenemos la gracia de creer en Cristo, revelador del Padre y Salvador del mundo, debemos enseñar a qué grado de interiorización nos puede llevar la relación con Él» (nº 33). A quienes van de compras por la feria mundial de propuestas religiosas, la fascinación del cristianismo se hará sentir primero que nada a través del testimonio de los miembros de la Iglesia, en su confianza, calma, paciencia y alegría, y en su amor concreto por el prójimo, todo ello fruto de su fe alimentada en la auténtica oración personal.


NOTAS

[88] Cf. Paul Heelas, op. cit., p. 138. 

[89] Elliot Miller, A Crash Course in the New Age, Eastbourne (Monarch) 1989, p. 122. Para documentación sobre la postura fuertemente anticristiana del espiritismo, cf. R. Laurence Moore, «Spiritualism» en Edwin S. Gaustad (ed.), The Rise of Adventism: Religion and Society en Mid-Nineteenth-Century America, New York 1974, pp. 79-103, y también R. Laurence Moore, In Search of White Crows: Spiritualism, Parapsychology, and American Culture, New York (Oxford University Press) 1977. 

[90] Juan Pablo II, carta encíclica Fides et Ratio (14/9/1998), 36-48. 

[91] Cf. Juan Pablo II, Alocución a los obispos norteamericanos de Iowa, Kansas, Missouri y Nebraska en ocasión de su visita «Ad Limina», 28 mayo 1993. 

[92] Cf. Juan Pablo II, exhortación apostólica post-sinodal Ecclesia in Africa, 103. El Pontificio Consejo para la Cultura ha publicado un manual con la lista de estos centros en el mundo: Centros Culturales Católicos (tercera edición, Ciudad del Vaticano, 2001). 

[93] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Orationis Formas y el capítulo 3 anterior. 

[94] Éste es un campo donde la falta de información puede hacer que los responsables de la educación sean desviados por grupos cuyo verdadero programa es contrario al mensaje del Evangelio. Es el caso particularmente de las escuelas donde un público joven, cautivo y curioso, constituye el objetivo ideal para una promoción ideológica. Cf. la llamada de atención de Massimo Introvigne, New Age & Next Age, Casale Monferrato (Piemme) 2000, p. 277ss. 


El presente documento mantiene los derechos de sus autores y se ofrece instar manuscripti para su divulgación. Versión comparada con los originales italiano e inglés para uso interno de El Movimiento de la Palabra de Dios, y depurada dentro de lo posible de errores de tipeo o traducción. Para facilitar su lectura las citas bíblicas se tomaron de El Libro del Pueblo de Dios.