Capítulo V
JESUCRISTO NOS OFRECE EL AGUA VIVA

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El único fundamento de la Iglesia es Jesucristo, su Señor. Él está en el corazón de toda acción cristiana y de todo mensaje cristiano. Por eso la Iglesia retorna continuamente al encuentro con su Señor. Los evangelios narran numerosos encuentros con Él: desde los pastores en Belén hasta los dos ladrones crucificados con Él, desde los doctores que lo escuchaban en el Templo hasta los discípulos que caminaban hacia Emaús con la tristeza en el corazón. Pero un episodio que ilustra elocuentemente lo que Él nos ofrece es el relato de su encuentro con la samaritana junto al pozo de Jacob, en el capítulo 4 del Evangelio de Juan. Es un episodio que ha sido descrito como «un paradigma de nuestro compromiso con la verdad» [86]. La experiencia del encuentro con el desconocido que nos ofrece el agua de la vida es una clave para entender la manera en que los cristianos pueden y deben entablar el diálogo con quien no conoce a Jesús. 

Uno de los elementos más atrayentes del relato de Juan es que a la mujer le lleva un rato simplemente entrever qué quiere decir Jesús con eso del agua «de la vida», o agua «viva» (v. 11). Aun así, se siente fascinada, no sólo por el extranjero en sí, sino también por su mensaje, y eso la hace escucharlo. Después del impacto inicial al darse cuenta de lo que Jesús sabía de ella («Tienes razón al decir que no tienes marido, porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad», vv. 17-18), se abre completamente a su palabra: «Señor, veo que eres un profeta» (v. 19). Comienza el diálogo sobre la adoración a Dios: «Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos» (v. 22). Jesús tocó su corazón y así la preparó para escuchar lo que Él tenía que decir acerca de Sí mismo como Mesías: «soy Yo, el que habla contigo» (v. 26), la prepara a abrir su corazón a la verdadera adoración en Espíritu y a la manifestación de Jesús como Ungido de Dios.  

La mujer, «dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente» todo sobre aquel hombre (v. 28). El efecto notable que tiene sobre la mujer el encuentro con el desconocido les despierta la curiosidad a tal punto que también ellos «salieron entonces de la ciudad y fueron a su encuentro» (v. 30). Pronto aceptaron la verdad sobre su identidad: «Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo» (v. 42). Pasan de oír hablar de Jesús a conocerlo personalmente, y entonces comprenden el significado universal de su identidad. Y todo esto porque su mente y su corazón están bien dispuestos.  

El hecho de que el episodio tenga lugar junto a un pozo es significativo. Jesús ofrece a la mujer un «manantial que brotará hasta la Vida eterna» (v. 14). La delicadeza con que Jesús trata a la mujer es un modelo de eficacia pastoral, al ayudar a los otros a sincerarse sin sufrir en el difícil proceso de reconocerse a sí mismo («Me ha dicho todo lo que hice», v. 39). Este enfoque podría producir frutos abundantes con quienes se sienten atraídos por el aguatero (Acuario), mas siguen buscando sinceramente la verdad. Habría que invitarlos a escuchar a Jesús, que no sólo nos ofrece algo que satisfará nuestra sed de hoy, sino además las ocultas profundidades espirituales del «agua viva». Es importante reconocer la sinceridad de quienes buscan la verdad; no se trata de falsedad o auto-engaño. Como bien sabe todo buen educador, también es importante ser pacientes. Una persona que encuentra la verdad es súbitamente energizada por una sensación de libertad completamente nueva, especialmente frente a los errores y temores del pasado, y «quien desea conocerse a sí mismo, como la mujer junto al pozo, transmitirá a los demás el deseo de conocer la verdad que los hará libres también a ellos» [87]. 

La invitación a encontrarse con Jesucristo, el portador del agua de la vida, tendrá un impacto mayor si proviene de alguien que de manera evidente ha sido profundamente afectado por su propio encuentro con Jesús, porque no se trata de alguien que simplemente ha oído hablar de Él, sino por alguien que está seguro de que «Él es verdaderamente el Salvador del mundo» (v. 42). Es cuestión de dejar que las personas reaccionen a su manera, a su propio ritmo, y dejar a Dios hacer el resto.  


NOTAS

[86] Helen Bergin, o.p., «Living one's Truth», en The Furrow, enero 2000, p. 12. 

[87] Ibid., p. 15. 


El presente documento mantiene los derechos de sus autores y se ofrece instar manuscripti para su divulgación. Versión comparada con los originales italiano e inglés para uso interno de El Movimiento de la Palabra de Dios, y depurada dentro de lo posible de errores de tipeo o traducción. Para facilitar su lectura las citas bíblicas se tomaron de El Libro del Pueblo de Dios.