Capítulo IV
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Resulta difícil separar los elementos que componen la religiosidad de la Nueva Era, por inocentes que puedan parecer, del marco de referencia dominante que impregna todo el mundo conceptual del movimiento Nueva Era. La naturaleza gnóstica de este movimiento exige juzgarlo íntegramente. Desde el punto de vista de la fe cristiana, no es posible aislar algunos elementos de la religiosidad de la Nueva Era como aceptables por parte de los cristianos, mientras rechazamos otros. Ya que el movimiento de la Nueva Era da gran importancia a la comunicación con la naturaleza y al conocimiento cósmico de un bien universal, y lo hace negando los contenidos revelados de la fe cristiana, no se puede considerar como positivo o inocuo. En un contexto cultural marcado por el relativismo religioso, es necesario alertar contra los intentos de situar la religiosidad de la Nueva Era al mismo nivel que la fe cristiana, haciendo que la diferencia entre fe y creencia parezca relativa y creando así mayor confusión entre los incautos. En este sentido, es útil recordar la exhortación de san Pablo a instruir para que no se «enseñaran doctrinas extrañas y prestaran atención a mitos y genealogías interminables. Estas cosas no hacen más que provocar discusiones inútiles, en lugar de servir al designio de Dios fundado sobre la fe» (1ª Tim 1,3-4). Algunas prácticas son rotuladas incorrectamente como Nueva Era simplemente como estrategia de mercado para venderlas mejor, sin que estén verdaderamente asociadas a su cosmovisión. Esto sólo agrega confusión. Es por lo tanto necesario identificar exactamente aquellos elementos que pertenecen al movimiento Nueva Era y que no pueden ser aceptados por quienes son fieles a Cristo y a su Iglesia.
Las siguientes preguntas podrían ser el modo más simple de evaluar algunos de los elementos centrales del pensamiento y de las prácticas de la Nueva Era desde un punto de vista cristiano. El término «Nueva Era» se refiere a las ideas que circulan acerca de Dios, el hombre y el mundo, a las personas con quienes los cristianos pueden hablar de temas religiosos, al material publicitario para grupos de meditación, terapias y afines, a declaraciones sobre la religión, etc. Algunas de estas preguntas, aplicadas a personas e ideas que no lleven explícitamente la etiqueta Nueva Era, revelarán ulteriores relaciones, aún sin nombre y no reconocidas, con todo el ambiente Nueva Era.
El concepto de Dios propio de la Nueva Era es bastante difuso, mientras que el concepto cristiano es muy claro. El dios de la Nueva Era es una energía impersonal, en realidad una particular extensión o componente del cosmos. En este sentido, dios es la fuerza vital o alma del mundo. La divinidad está presente en cada ser, según una gradación que va «del más ínfimo cristal del mundo mineral hasta el mismo Dios Galáctico, del cual no podemos decir nada. No es un hombre, sino una Gran Conciencia» [65]. En algunos escritos "clásicos" de la Nueva Era aparece claro que los seres humanos deben considerarse a sí mismos como dioses: una actitud más desarrollada en algunas personas que en otras. Ya no hay que buscar a Dios más allá del mundo, sino dentro de uno mismo [66]. Incluso cuando «Dios» es algo externo a mí, está ahí para ser manipulado.
| Esto es muy diferente de la concepción cristiana de Dios como el Creador del cielo y de la tierra, y la fuente de toda vida personal. Dios es en sí mismo personal, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que creó el universo para compartir la comunión de su vida con creaturas personales. «Dios, que "habita una luz inaccesible" quiere comunicar su propia vida divina a los hombres libremente creados por Él, para hacer de ellos, en su Hijo único, hijos adoptivos. Al revelarse a sí mismo, Dios quiere hacer a los hombres capaces de responderle, de conocerle y de amarle más allá de lo que ellos serían capaces por sus propias fuerzas» [67]. Dios no se identifica con el principio vital entendido como el «Espíritu» o «energía de base» del cosmos, sino que es aquel amor, absolutamente distinto del mundo, que sin embargo está presente de manera creativa en cada cosa, y conduce a los seres humanos a la salvación. |
La literatura de la Nueva Era suele presentar a Cristo como un sabio, un iniciado o un avatar entre muchos, mientras que en la tradición cristiana es el Hijo de Dios. He aquí algunos puntos comunes en los enfoques Nueva Era:
| En la tradición cristiana, Jesucristo es el Jesús de Nazareth del cual hablan los evangelios, el hijo de María y el Hijo único de Dios, verdadero Dios y verdadero hombre, la revelación plena de la Verdad divina, el único Salvador del mundo: «por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato, padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al Cielo, y está sentado a la derecha del Padre» [69]. |
«La meta de las técnicas de la Nueva Era es la reproducción deliberada de estados místicos, como si se tratase de material de laboratorio. El rebirthing, el biofeedback, el aislamiento sensorial, la respiración holotrópica, la hipnosis, los mantras, el ayuno, la privación del sueño y la meditación trascendental son intentos de controlar esos estados y de experimentarlos constantemente» [70]. Todas estas prácticas crean una atmósfera de debilidad síquica (y vulnerabilidad). Cuando el objeto del ejercicio consiste en reinventarse a sí mismo, se plantea realmente la pregunta de quién soy «yo». El «Dios interior» y la unión holística con todo el cosmos replantean esta cuestión. Las personalidades individuales aisladas serían patológicas para la Nueva Era (en particular para la sicología transpersonal). Pero «el verdadero peligro es el paradigma holístico. La Nueva Era es un pensamiento basado sobre una unidad totalitaria y por eso mismo es un peligro...» [71]. En tono más moderado: «Somos auténticos cuando "nos hacemos cargo" de nosotros mismos, cuando nuestra opción y nuestras reacciones fluyen espontáneamente de nuestras necesidades más profundas, cuando nuestro comportamiento y la expresión de nuestros sentimientos reflejan nuestra plenitud personal» [72]. El Movimiento del Potencial Humano es el ejemplo más claro de la convicción de que los seres humanos son divinos, o tienen en sí mismos una chispa divina.
| El enfoque cristiano se nutre de las enseñanzas de la Escritura respecto a la naturaleza humana; hombres y mujeres son creados a imagen y semejanza de Dios (Gén 1,27) y Dios los trata con gran consideración, para sorpresa del salmista (cf. Sal 8). La persona humana es un misterio plenamente revelado sólo en Jesucristo (cf. Gaudium et Spes, nº 22), y se vuelve de hecho auténticamente humana gracias a su relación con Cristo a través del don del Espíritu [73]. Esto está lejos de la caricatura de antropocentrismo atribuida al cristianismo y rechazada por muchos autores y practicantes de la Nueva Era. |
La clave está en descubrir qué o quién creemos que nos salva. ¿Nos salvamos a nosotros mismos por nuestras propias acciones, como a menudo explica la Nueva Era, o nos salva el amor de Dios? Las palabras clave son realización de uno mismo, plenitud del yo y auto-redención. La Nueva Era es esencialmente pelagiana en su manera de entender la naturaleza humana [74].
| Para los cristianos, la salvación depende de la participación en la pasión, muerte y resurrección de Cristo, y de una relación personal directa con Dios, más que de una técnica cualquiera. La condición humana, afectada como está por el pecado original y el pecado personal, sólo puede ser rectificada por la acción de Dios: el pecado es una ofensa contra Dios, y solamente Dios puede reconciliarnos consigo. En el plan divino de salvación, los seres humanos han sido salvados por Jesucristo quien, como Dios y como hombre, es el único mediador de la redención. En el cristianismo, la salvación no es una experiencia del yo, un habitar meditativo e intuitivo en sí mismo, sino más bien es el perdón del pecado, la liberación de las profundas ambivalencias que albergamos interiormente, y alcanzar la paz de los sentidos mediante el don de la comunión con un Dios amoroso. El camino hacia la salvación no consiste en una simple transformación auto-inducida de la conciencia, sino en la liberación del pecado y de sus consecuencias, que conduce a luchar contra el pecado que está en nosotros mismos y en la sociedad que nos rodea. Esto nos impulsa necesariamente hacia una solidaridad amorosa con nuestros hermanos necesitados. |
La verdad para la Nueva Era tiene que ver con buenas ondas, correspondencias cósmicas, armonía y éxtasis, en general experiencias placenteras. Es cuestión de encontrar la propia verdad según el criterio de sentirse bien. La evaluación de lo religioso y de las cuestiones éticas naturalmente es relativa a los propios sentimientos y experiencias.
| La enseñanza cristiana presenta a Jesucristo como «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6). Sus discípulos son llamados a abrir su vida entera a Él y a sus valores, en otras palabras, a un conjunto objetivo de requisitos que forman parte de una realidad objetiva, en definitiva asequible por todos. |
La tendencia a confundir la sicología y la espiritualidad nos impulsa a insistir que muchas de las técnicas de meditación hoy de moda no son oración. Son a menudo una buena preparación para la oración, pero nada más, aunque conduzcan a un estado mental más agradable o a un bienestar sicofísico. Las experiencias alcanzadas son realmente intensas, pero quedarse en este nivel es quedarse solo, no estar todavía en presencia del Otro. Alcanzar el silencio puede enfrentarnos al vacío, en vez de ser el silencio de contemplar al Amado. También es cierto que las técnicas de inmersión en el propio interior son en definitiva un llamado a la propia capacidad de alcanzar lo divino, o incluso a llegar a ser divinos: si olvidan que es Dios quien va en búsqueda del corazón humano no son todavía oración cristiana. Aún cuando se considera como un vínculo con la Energía universal, «esta "relación" fácil con Dios, donde Dios tiene la función de satisfacer todas nuestras necesidades, demuestra el egoísmo que hay en el corazón de esta Nueva Era» [75].
| Las prácticas de la Nueva Era no son realmente oración, porque son en general cuestión de introspección o de fusión con la energía cósmica, en contraste con la doble orientación de la oración cristiana, que implica introspección pero que es también, y sobre todo, un encuentro con Dios. Lejos de ser un simple esfuerzo humano, la mística cristiana es esencialmente un diálogo que implica «una actitud de conversión, un éxodo del yo del hombre hacia el Tú de Dios» [76]. «El cristiano, también cuando está solo y ora en secreto, tiene la convicción de rezar siempre en unión con Cristo, en el Espíritu Santo, junto con todos los santos para el bien de la Iglesia». [77]. |
En la Nueva Era no existe un verdadero concepto de pecado, sino más bien la idea de un conocimiento imperfecto. Lo que hace falta es iluminación, que puede alcanzarse mediante técnicas sicofísicas particulares. A quienes participan en actividades de la Nueva Era no les dirán en qué creer, qué hacer o no hacer, sino: «Hay mil maneras de explorar la realidad interior. Ve adonde te lleven tu inteligencia y tu intuición. Confía en ti mismo» [78]. La autoridad ha pasado de Dios al interior del yo. Para la Nueva Era, el problema más serio es la alienación respecto a todo el cosmos, y no las faltas personales o el pecado. El remedio consiste en sumergirse cada vez más en la totalidad de la existencia. De algunos escritos y prácticas de la Nueva Era es evidente que una sola vida no es suficiente, y que debe haber reencarnaciones para que se pueda realizar plenamente el propio potencial.
| En la perspectiva cristiana, «la realidad del pecado, y más particularmente del pecado de los orígenes, sólo se esclarece a la luz de la Revelación divina. Sin el conocimiento que ésta nos da de Dios no se puede reconocer claramente el pecado, y se siente la tentación de explicarlo únicamente como un defecto de crecimiento, como una debilidad sicológica, un error, la consecuencia necesaria de una estructura social inadecuada, etc. Sólo en el conocimiento del designio de Dios sobre el hombre se comprende que el pecado es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente» [79]. «El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana...» [80]. «El pecado es una ofensa a Dios... Se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones... El pecado es así "amor de sí hasta el desprecio de Dios"» [81]. |
Algunos autores de la Nueva Era ven el sufrimiento como algo que nos hemos auto-impuesto, o bien como un mal karma, o al menos como la incapacidad de aprovechar a pleno nuestros recursos. Otros se centran en métodos para alcanzar el éxito y el bienestar (ej. Deepak Chopra, José Silva y otros). En la Nueva Era, la reencarnación con frecuencia se considera un elemento necesario para el crecimiento espiritual, una fase en la progresiva evolución espiritual que comenzó antes de que naciéramos y seguirá después de muertos. En nuestra vida presente, la experiencia de la muerte de otras personas provoca una crisis saludable.
| Tanto la unidad cósmica como la reencarnación son irreconciliables con la fe cristiana, según la cual una persona humana es un ser único, que vive una sola vida de la que es plenamente responsable: la interpretación que la New Age da de la persona cuestiona tanto la responsabilidad como la libertad. Los cristianos saben que «en la Cruz de Cristo no sólo se obró la redención mediante el sufrimiento, sino también el mismo sufrimiento humano ha sido redimido. Cristo —sin ninguna culpa propia— cargó sobre sí "el mal total del pecado". La experiencia de este mal determinó la medida incomparable del sufrimiento de Cristo, que se hizo el precio de la redención... El Redentor sufrió en lugar del hombre y por el hombre. Todo hombre tiene su participación en la redención. Cada uno está llamado también a participar en ese sufrimiento mediante el cual se ha llevado a cabo la redención. Está llamado a participar en ese sufrimiento por medio del cual todo sufrimiento humano también ha sido redimido. Obrando la redención mediante el sufrimiento, Cristo ha elevado juntamente el sufrimiento humano a nivel de redención. Por tanto también todo hombre, en su sufrimiento, puede hacerse también partícipe del sufrimiento redentor de Cristo» [82]. |
Gran parte de lo que hay en la Nueva Era es sólo una descarada autopromoción, pero algunas figuras prominentes del movimiento sostienen que no está bien juzgar a todo el movimiento por una minoría de personas egoístas, irracionales y narcisistas, o de dejarse deslumbrar por algunas de sus prácticas más extravagantes, que impiden ver en la Nueva Era una búsqueda interior y una espiritualidad auténticas [83]. Para el cristianismo es inaceptable la fusión de los individuos en el yo cósmico, la relativización o abolición de la diferencia y de la oposición en una armonía cósmica.
| Donde hay verdadero amor, debe haber un otro, una persona diferente. Un cristiano auténtico busca la unidad en la capacidad y en la libertad del otro de decir «sí» o «no» al don del amor. En el cristianismo, la unión se ve como comunión y la unidad como comunidad. |
La Nueva Era que está surgiendo estará poblada por seres perfectos y andróginos, que dominarán por completo las leyes cósmicas de la naturaleza. En este escenario, el cristianismo debe ser eliminado y dar lugar a una religión global y a un nuevo orden mundial.
| Los cristianos viven en un estado de vigilancia constante, preparados para los últimos días cuando Cristo vuelva. Su Nueva Era comenzó hace dos mil años con Cristo, que no es otro que «Jesús de Nazareth, la Palabra de Dios hecha hombre para la salvación de todos». Su Espíritu Santo está presente y activo en los corazones de los individuos, en «la sociedad y la historia, los pueblos, las culturas y las religiones». De hecho, «el Espíritu del Padre, derramado abundantemente por el Hijo, es el animador de todo» [84]. Vivimos en los últimos tiempos. |
Por un lado, está claro que muchas prácticas de la Nueva Era no plantean
problemas doctrinales a quienes las realizan; pero, al mismo tiempo, es innegable
que estas mismas prácticas comunican, aunque sólo sea indirectamente, una mentalidad
que puede influir en el pensamiento e inspirar una visión muy particular de la
realidad. Ciertamente que la Nueva Era crea su propio ambiente, y puede
resultar difícil distinguir entre cosas inocuas y aquellas que realmente necesitan ser
cuestionadas. Sin embargo, conviene darse cuenta de que la doctrina acerca de
Cristo difundida en los círculos de la Nueva Era se inspira en las enseñanzas
teosóficas de Helena Blavatsky, la antroposofía de Rudolf Steiner, y la «Escuela
Arcana» de Alice Bailey. Sus seguidores contemporáneos no sólo promueven
hoy las ideas de estos pensadores, sino que colaboran con los de la Nueva
Era para desarrollar una comprensión completamente nueva de la
realidad, una doctrina llamada por algunos observadores como «la verdad
de la Nueva Era» [85].
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[65] Cf. Benjamin Creme, The Reappearance of Christ and the Masters of Wisdom, Londres (Tara Press) 1979, p. 116.
[66] Cf. Jean Vernette, Le New Age, París (P.U.F.) 1992 (Collection Encyclopédique Que sais-je?), p. 14.
[67] Catecismo de la Iglesia Católica, 52.
[68] Cf. Alessandro Olivieri Pennesi, Il Cristo del New Age. Indagine Critica, Ciudad del Vaticano (Libreria Editrice Vaticana) 1999, en particular pp. 13-34. La lista de puntos comunes se encuentra en p. 33.
[69] Credo de Nicea-Constantinopla.
[70] Michel Lacroix, L'Ideologia della New Age, Milán (Il Saggiatore) 1998, p. 74.
[71] Ibid., p. 68.
[72] Edwin Schur, The Awareness Trap. Self-Absorption instead of Social Change, Nueva York (McGraw Hill) 1977, p. 68.
[73] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 355-383.
[74] Cf. Paul Heelas, The New Age Movement. The Celebration of the Self and the Sacralization of Modernity, Oxford (Blackwell) 1996, p. 161.
[75] A Catholic Response to the New Age Phenomenon, Comisión Teológica Irlandesa, 1994, capítulo 3.
[76] Congregación para la Doctrina de la Fe, Orationis Formas, 3.
[77] Congregación para la Doctrina de la Fe, Orationis Formas, 7.
[78] William Bloom, The New Age. An Anthology of Essential Writings, Londres (Rider) 1991, p. xvi.
[79] Catecismo de la Iglesia Católica, 387.
[80] Ibid., 1849.
[81] Ibid., 1850.
[82] Juan Pablo II, carta apostólica sobre el sentido del sufrimiento humano (Salvifici Doloris), 11 de febrero de 1984, 19.
[83] Cf. David Spangler, The New Age, op. cit., p. 28.
[84] Cf. Juan Pablo II, carta encíclica Redemptoris Missio (7/12/1990), nº 6 y nº 28; y la declaración de la Congregación para la Doctrina de la fe Dominus Jesus (6/8/2000), 12.
[85] Cf. R. Rhodes, The Counterfeit Christ of the New Age Movement, Grand Rapids (Baker) 1990, p. 129.
El presente documento mantiene los derechos de sus autores y se ofrece instar manuscripti para su divulgación. Versión comparada con los originales italiano e inglés para uso interno de El Movimiento de la Palabra de Dios, y depurada dentro de lo posible de errores de tipeo o traducción. Para facilitar su lectura las citas bíblicas se tomaron de El Libro del Pueblo de Dios.