Capítulo III
LA NUEVA ERA Y LA ESPIRITUALIDAD CRISTIANA

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3.1. La Nueva Era como espiritualidad
3.2. ¿Narcisismo espiritual?
3.3. El Cristo Cósmico
3.4. Mística cristiana y mística Nueva Era
3.5. El «dios interior» y la «theosis»
 

3.1 La Nueva Era como espiritualidad

Los promotores de la Nueva Era la definieron a menudo como una «nueva espiritualidad». Parece irónico llamarla «nueva» cuando tantas de sus ideas han sido tomadas de antiguas religiones y culturas. Lo verdaderamente nuevo en la Nueva Era es una búsqueda consciente de una alternativa a la cultura occidental y a sus raíces religiosas judeocristianas. El término «espiritualidad» entonces se refiere a la experiencia interior de armonía y unidad con toda la realidad, que sana los sentimientos de imperfección y finitud de todo hombre. Las personas descubren su profunda conexión con la sagrada fuerza o energía universal que constituye el núcleo de toda vida. Después de haber hecho este descubrimiento, hombres y mujeres pueden emprender un camino interior de perfección que les permitirá ordenar su vida personal y su relación con el mundo, y asumir su puesto en el proceso universal de desarrollo y en el nuevo Génesis de un mundo en constante evolución. El resultado es una mística cósmica [51], basada en la toma de conciencia de un universo que florece con energías dinámicas. Por lo tanto, la energía cósmica, la vibración, la luz, Dios, el amor, también el Yo supremo, todo se refiere a la misma y única realidad, la fuente primaria presente en cada ser.

Esta espiritualidad consta de dos elementos distintos, uno metafísico y el otro sicológico. El componente metafísico procede de las raíces esotéricas y teosóficas de la Nueva Era, y es básicamente una nueva forma de gnosis. Se accede a lo divino conociendo misterios ocultos gracias a la búsqueda individual de «lo real detrás de lo que es sólo aparente, de los orígenes más allá del tiempo, de lo trascendente más allá de lo meramente fugaz, de la tradición primordial detrás de la tradición simplemente efímera, del otro detrás del yo, de la divinidad cósmica más allá del individuo encarnado». La espiritualidad esotérica «es una investigación del Ser más allá de la separación de los seres, una especie de nostalgia de la unidad perdida» [52].

«Aquí se puede ver la matriz gnóstica de la espiritualidad esotérica, que se hace evidente cuando los hijos de Acuario buscan la Unidad Trascendente de las religiones. Tienden a tomar de las religiones históricas solamente el núcleo esotérico, del cual pretenden ser los guardianes. En cierto modo niegan la historia y rechazan la idea que la espiritualidad pueda tener raíces en el tiempo o en alguna institución. Jesús de Nazareth no es Dios, sino una de las numerosas manifestaciones del Cristo cósmico y universal» [53].

El componente sicológico de este tipo de espiritualidad surge del encuentro entre la cultura esotérica y la sicología (cf. 2.3.2). La Nueva Era se vuelve por lo tanto una experiencia de transformación sico-espiritual personal, considerada como análoga a la experiencia religiosa. Para algunos, esta transformación toma la forma de una profunda experiencia mística, tras una crisis personal o una larga búsqueda espiritual. Para otros, llega por la práctica de la meditación o de algún tipo de terapia, o por experiencias paranormales que alteran los estados de conciencia y permiten percibir la unidad de la realidad [54].

3.2 ¿Narcisismo espiritual?

Diversos autores ven la espiritualidad de la Nueva Era como una especie de narcisismo espiritual o seudomisticismo. Es interesante notar que esta crítica ha sido formulada incluso por un importante exponente de la Nueva Era, David Spangler, que en sus últimas obras tomó distancia de los aspectos más esotéricos de esta corriente de pensamiento.

Spangler escribió que, en las formas más populares de la Nueva Era, «los individuos y los grupos viven sus propias fantasías de aventura y de poder, en general de forma ocultista o milenarista... La característica principal de este nivel es la adhesión a un mundo privado de realización del yo y el consiguiente (si bien no siempre evidente) alejamiento del mundo. En este nivel, la Nueva Era se ha visto poblada por seres extraños y exóticos, maestros, adeptos, extraterrestres; es un lugar de poderes síquicos y misterios ocultos, de conspiraciones y doctrinas ocultas» [55].

En una obra posterior, David Spangler enumera los que ve como elementos negativos o «sombras» de la Nueva Era: «alienación del pasado en nombre del futuro; apego a la novedad por sí misma...; indiscriminación y falta de discernimiento en nombre de la totalidad y de la comunión, y por lo tanto falta de comprensión o falta de respeto al papel de los límites...; confusión de los fenómenos síquicos con la sabiduría, de la canalización (cf. Glosario en § 7.2) con la espiritualidad, de la perspectiva de la Nueva Era con la verdad última» [56]. Pero en definitiva Spangler está convencido de que el egoísmo y el narcisismo irracional se limitan a un reducido número de seguidores de la Nueva Era. Los aspectos positivos que destaca son la función de la Nueva Era como símbolo de cambio y como encarnación de lo sagrado, un movimiento en el que la mayoría son «grandes buscadores de la verdad», y trabajan por la vida y el crecimiento interior.

David Toolan, un jesuita norteamericano que ha frecuentado por varios años el ambiente de la Nueva Era, descubre el aspecto comercial de muchos productos y terapias etiquetadas como Nueva Era. Observa que los seguidores de la Nueva Era han descubierto la vida interior y se sienten fascinados por la perspectiva de ser responsables del mundo, pero que también se dejan vencer fácilmente por una tendencia al individualismo y a ver todo como un objeto de consumo. En este sentido, aunque no sea cristiana, la espiritualidad de la Nueva Era tampoco es budista, por cuanto no implica la negación de sí mismo. El sueño de la unión mística parece conducir, en la práctica, a una unión meramente virtual, que en definitiva deja a las personas más solas e insatisfechas.

3.3 El Cristo Cósmico

En los primeros tiempos del cristianismo, los creyentes en Jesucristo se vieron forzados a hacer frente a las religiones gnósticas. No las ignoraron, sino que aceptaron este desafío positivamente y aplicaron al mismo Cristo los términos utilizados para las divinidades cósmicas. El ejemplo más claro es el famoso himno a Cristo en la carta de san Pablo a los cristianos de Colosas:

Él es la imagen del Dios invisible,
el Primogénito de toda la creación,
porque en Él fueron creadas todas las cosas,
tanto en el cielo como en la tierra,
los seres visibiles y los invisibles,
Tronos, Dominaciones, Principados y Potestades:
todo fue creado por medio de Él y para Él.
Él existe antes que todas las cosas
y todo subsiste en Él.
Él es también la Cabeza del cuerpo,
es decir, de la Iglesia.
Él es el Principio, el primero que resucitó de entre los muertos,
a fin de que Él tuviera la primacía en todo,
porque Dios quiso que en Él residiera toda la Plenitud.
Por Él quiso reconciliar consigo
todo lo que existe en la tierra y en el cielo,
restableciendo la paz por la sangre de su cruz
(Col 1,15-20).

Para estos primeros cristianos no había ninguna nueva era cósmica por venir. Con este himno celebraban el cumplimiento de todas las cosas iniciado con Cristo. «El tiempo en realidad se ha cumplido por el hecho mismo de que Dios, con la Encarnación, descendió a la historia del hombre. La eternidad ha entrado en el tiempo: ¿qué "cumplimiento" podría ser mayor que éste? ¿Qué otro "cumplimiento" sería posible?» [57]. La creencia gnóstica en poderes cósmicos y en una especie de oscuro destino niega la posibilidad de una relación con el Dios personal revelado en Cristo. Para los cristianos, el verdadero Cristo cósmico es Aquél que está activamente presente en los diversos miembros de su cuerpo, que es la Iglesia. No dirigen su mirada a fuerzas cósmicas impersonales, sino al amor afectuoso de un Dios personal. Para ellos el biocentrismo cósmico debe ser traspuesto a un conjunto de relaciones sociales (en la Iglesia). Y no están encerrados en un esquema cíclico de eventos cósmicos, sino que se centran en el Jesús histórico, en particular en su crucifixión y resurrección. En la carta a los colosenses y en el Nuevo Testamento encontramos una doctrina sobre Dios diferente de aquella implícita en el pensamiento de la Nueva Era: la concepción cristiana de Dios es la de una Trinidad de Personas que ha creado la raza humana deseando compartir la comunión de la vida trinitaria con creaturas personales. Entendido adecuadamente, esto significa que la auténtica espiritualidad no consiste tanto en nuestra búsqueda de Dios, sino en la búsqueda de Dios por nosotros.

En los ambientes de la Nueva Era se ha difundido otra idea, totalmente distinta, del significado cósmico de Cristo. «El Cristo Cósmico es el modelo divino que se conecta en la persona de Jesucristo (pero no se limita a esta persona). El modelo divino de conectividad se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1,14)... El Cristo Cósmico es el guía de un nuevo éxodo de la esclavitud y el pesimismo de un universo newtoniano y mecanicista, lleno de competitividad, con ganadores y perdedores, dualismos, antropocentrismo, y el aburrimiento que surge cuando nuestro excitante universo es descrito como una máquina privada de misterio y misticismo. El Cristo Cósmico es local e histórico, verdaderamente íntimo a la historia humana. El Cristo Cósmico podría estar viviendo en la casa de al lado, o incluso en el interior más profundo y auténtico de uno mismo» [58]. Si bien esta afirmación posiblemente no satisfaga a toda la Nueva Era, es muy incisiva y muestra con absoluta claridad dónde están las diferencias entre estas dos visiones de Cristo. Para la Nueva Era, el Cristo Cósmico es un modelo que puede repetirse en muchas personas, lugares y épocas; es el portador de un enorme cambio de paradigma; es, en definitiva, un potencial dentro nuestro.

Para la fe cristiana, Jesucristo no es un simple modelo, sino una persona divina cuya figura humano-divina revela el misterio del amor del Padre por cada persona a través de la historia (Jn 3,16). Él vive en nosotros porque comparte su vida con nosotros, pero ésta no se impone ni es automática. Todos están invitados a participar de su vida, a vivir «en Cristo».

3.4 Mística cristiana y mística Nueva Era

Para los cristianos, la vida espiritual es una relación con Dios que gradualmente, mediante su gracia, se va haciendo más profunda, y en este proceso ilumina también nuestra relación con el prójimo y con el universo. La espiritualidad, para la Nueva Era, significa experimentar estados de conciencia dominados por un sentimiento de armonía y fusión con el Todo. De manera que «mística» no se refiere al encuentro con el Dios trascendente en la plenitud del amor, sino a la experiencia generada al volverse a sí mismo, un sentimiento exaltante de estar en comunión con el universo, de dejar a la propia individualidad hundirse en el gran océano del Ser [59].

Esta distinción fundamental es evidente en todos los niveles de comparación entre la mística cristiana y la mística de la Nueva Era. La vía de purificación de esta última se basa en la conciencia de la inquietud o alienación, que será superada mediante la inmersión en el Todo. Para convertirse, se necesita hacer uso de técnicas que conducen a la experiencia de la iluminación. Ésta transforma la conciencia de la persona y la abre al contacto con la divinidad, entendida como la esencia más profunda de la realidad.

Las técnicas y los métodos ofrecidos por este sistema religioso inmanentista, que no concibe a Dios como persona, proceden «de abajo». Si bien implican un descenso hasta las profundidades del propio corazón o alma, constituyen una empresa esencialmente humana por parte de la persona que busca ascender a la divinidad mediante sus esfuerzos. A menudo se trata de «un ascenso» del nivel de conciencia hasta lo que se entiende como una percepción liberadora del «dios interior». No todos tienen acceso a estas técnicas, cuyos beneficios quedan restringidos a una «aristocracia» espiritual privilegiada.

Sin embargo, el elemento esencial de la fe cristiana es que Dios se abaja hacia sus creaturas, en particular las más humildes, débiles y menos dotadas según los criterios del «mundo». Existen técnicas espirituales que es útil aprender, pero Dios es capaz de soslayarlas o de dejarlas a un lado. «La manera cristiana de acercarse a Dios no se basa en alguna "técnica" en el sentido estricto de la palabra. Eso contradeciría el espíritu de infancia que pide el Evangelio. El corazón de la mística cristiana auténtica no es cuestión de técnica: es siempre un don de Dios, y quien se beneficia de él se sabe indigno» [60].

Para los cristianos, convertirse significa volver al Padre, por medio del Hijo, y con docilidad al poder del Espíritu Santo. Cuanto más se avanza en la relación con Dios, que es siempre y en todos los casos un don gratuito, más aguda es la necesidad de abandonar el pecado, la miopía espiritual y la autocomplacencia, todas cosas que impiden el abandonarse confiado a Dios y la apertura al prójimo.

Todas las técnicas de meditación necesitan ser purificadas de la vanidad y la presunción. La oración cristiana no es un ejercicio de auto-contemplación, de quietud y vaciamiento de sí, sino un diálogo de amor, que «implica una actitud de conversión, un éxodo del 'yo' hacia el 'Tú' de Dios» [61]. Conduce a rendirse cada vez más a la voluntad de Dios, por medio de la cual somos invitados a una solidaridad profunda y auténtica con nuestros hermanos y hermanas [62].

3.5 El «dios interior» y la «theosis»

Éste es un punto crucial de contraste entre el cristianismo y la Nueva Era. En la literatura Nueva Era abunda la convicción de que no existe un ser divino «allá fuera» o verdaderamente distinto del resto de la realidad. Desde Jung en adelante, muchísima gente profesa la creencia en el «dios interior». Nuestro problema, según la Nueva Era, es la incapacidad de reconocer nuestra propia divinidad, una incapacidad que puede superarse con ayuda de un guía y usando una serie de técnicas para desbloquear nuestro potencial (divino) escondido. La idea fundamental es que «Dios» se encuentra en el fondo de nuestro interior. Somos dioses, y descubrimos el poder ilimitado que hay dentro de nosotros eliminando las capas de inautenticidad [63]. Cuanto más reconocemos este potencial, más se hace real, y en este sentido la Nueva Era tiene su propia idea de theosis, de transformarnos en dioses, o más exactamente, de reconocer y aceptar que somos divinos. Algunos dicen que estamos viviendo «en una época en que nuestra comprensión de Dios tiene que ser interiorizada: del Dios Omnipotente y externo al Dios fuerza dinámica y creativa que se encuentra en el centro mismo de todo ser: Dios como Espíritu» [64].

En el Prefacio al Libro V de Adversus Haereses, san Ireneo se refiere a «Jesucristo, que, a través de su amor trascendente, se hizo lo que somos, para que pudiera hacernos lo que Él mismo es». Aquí la theosis, la comprensión cristiana de la divinización, no se realiza solamente gracias a nuestros esfuerzos, sino con la asistencia de la gracia de Dios que obra en nosotros y a través de nosotros. Esto inevitablemente presupone la conciencia inicial de nuestra imperfección, incluso de nuestra condición pecadora, de ningún modo una exaltación del yo. Más aún, se presenta como una introducción a la vida de la Trinidad, un caso perfecto de distinción en medio de la unidad: es sinergia en vez de fusión. Todo esto es fruto de un encuentro personal, del ofrecimiento de un nuevo estilo de vida. La vida en Cristo no es algo tan personal y privado que quede restringido al ámbito de la conciencia, ni se trata solamente de un nuevo nivel de conciencia. Implica ser transformados en el alma y el cuerpo mediante la participación en la vida sacramental de la Iglesia.


NOTAS

[51] Cf. Carlo Maccari, «La 'mistica cosmica' del New Age», en Religioni e Sette nel Mondo, 1996/2. 

[52] Jean Vernette, «L'avventura spirituale dei figli dell'Acquario», en Religioni e Sette nel Mondo 1996/2, p. 42ss. 

[53] Jean Vernette, loc. cit. 

[54] Cf. J. Gordon Melton, New Age Encyclopedia, Detroit (Gale Research) 1990, p. xiii-xiv. 

[55] David Spangler, The Rebirth of the Sacred, Londres (Gateway Books) 1984, p. 78ss. 

[56] David Spangler, The New Age, Issaquah (Morningtown Press) 1988, p. 13ss. 

[57] Juan Pablo II, carta apostólica Tertio Millennio Adveniente (10 de noviembre de 1994), nº 9. 

[58] Matthew Fox, The Coming of the Cosmic Christ. The Healing of Mother Earth and the Birth of a Global Renaissance, San Francisco (Harper & Row) 1988, p. 135. 

[59] Cf. el documento publicado por la Comisión para la Cultura de la Conferencia Episcopal Argentina: Frente a una Nueva Era. Desafío a la pastoral en el horizonte de la Nueva Evangelización, 1993. 

[60] Congregación para la Doctrina de la Fe, Orationis Formas, 23

[61] Ibid., 3. Véanse las secciones sobre la meditación y sobre la oración contemplativa en el Catecismo de la Iglesia Católica, §§ 2705-2719. 

[62] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Orationis Formas, 13

[63] Cf. Brendan Pelphrey, «Is said, You are Gods. Orthodox Christian Theosis and deification in the New Religious Movements», en Spirituality East and West, Easter 2000 (Nº 13). 

[64] Adrian Smith, God and the Aquarian Age. The new era of the Kingdom, Great Wakering (McCrimmons) 1990, p. 49. 


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