Capítulo II
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2.1 ¿Cuál es la novedad de la Nueva Era? 2.2 ¿Qué pretende ofrecer la Nueva Era? 2.2.1 Encantamiento: debe ser un ángel 2.2.2 Armonía y comprensión: buenas ondas 2.2.3 Salud: una vida dorada 2.2.4 Unidad integral: un viaje mágico y misterioso 2.3 Los principios fundamentales del pensamiento de la Nueva Era 2.3.1 Una respuesta global en tiempos de crisis 2.3.2 La matriz esencial del pensamiento de la Nueva Era 2.3.3 Temas centrales de la Nueva Era 2.3.4 ¿Qué dice la Nueva Era sobre... 2.3.4.1 ...la persona humana? 2.3.4.2 ...Dios? 2.3.4.3 ...el mundo? 2.4 ¿«Habitantes del mito más que de la historia»?: La Nueva Era y la cultura 2.5 ¿Por qué la Nueva Era ha crecido con tanta rapidez y se ha difundido con tanta eficacia? |
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En muchas sociedades occidentales, y cada vez más también en otras partes del mundo, los cristianos con frecuencia entran en contacto con diversos aspectos del fenómeno conocido como Nueva Era. Muchos de ellos sienten necesidad de entender cómo pueden acercarse mejor a algo tan seductor y al mismo tiempo complejo, esquivo, y a veces perturbador. Estas reflexiones intentan ayudar a los cristianos a hacer dos cosas:
Ésta es una respuesta pastoral a un desafío actual, y no pretende enumerar exhaustivamente los fenómenos de la Nueva Era, porque ello resultaría en un voluminoso tratado, y ya es posible encontrar esa información en otra parte. Es esencial tratar de entender correctamente a la Nueva Era, para evaluarla con serenidad y evitar hacer una caricatura. Sería poco sabio y falso afirmar que todo lo relacionado con la Nueva Era es bueno, o que está equivocado. No obstante, dada la visión subyacente a la religiosidad de la Nueva Era, en general es difícil reconciliarla con la doctrina y la espiritualidad cristianas.
La Nueva Era no es un movimiento en el sentido normalmente entendido en la expresión «nuevo movimiento religioso», ni es tampoco lo que se entiende habitualmente por «culto» y «secta». Siendo transversal a las culturas y estando presente en distintos fenómenos como la música, el cine, cursos, grupos de estudio, retiros, terapias y muchas otras actividades y eventos, es mucho más difusa e informal, si bien algunos grupos religiosos o para-religiosos incorporan conscientemente elementos de la New Age. Según algunos, esta corriente ha sido una fuente de inspiración para varias sectas religiosas y para-religiosas [9].
La Nueva Era no es un movimiento único o uniforme, sino más bien un amplio entramado de practicantes cuyo enfoque consiste en pensar globalmente pero actuar localmente. Quienes son parte de esta red no se conocen necesariamente y raramente se reúnen, si es que lo hacen. Con el fin de evitar la confusión que puede surgir al usar el término «movimiento», algunos se refieren a la Nueva Era como un «ambiente» [10] o un «culto de oyentes» (audience cult) [11]. Sin embargo, se ha subrayado que «es una corriente de pensamiento muy coherente» [12], un desafío deliberado a la cultura moderna. Es una estructura sincrética que incorpora muchos elementos diversos, permitiendo compartir intereses o vínculos en grados muy diferentes y con variados niveles de compromiso.
Muchas tendencias, prácticas y actitudes que de alguna manera forman parte de la Nueva Era son, de hecho, parte de una profunda reacción, fácilmente identificable, contra la cultura dominante, de modo que en este sentido el término «movimiento» no está del todo fuera de lugar. Se puede aplicar a la Nueva Era en el mismo sentido en que se aplica a otros amplios movimientos sociales, tales como el movimiento por los derechos civiles o el movimiento pacifista. Como estos últimos, de hecho, abarca un impresionante conjunto de personas ligadas a los principales objetivos del movimiento, pero muy diversas en el modo de vincularse a él y de entender algunas cuestiones particulares.
La expresión «religión de la Nueva Era» es más controvertida, por lo que conviene evitarla, si bien la Nueva Era es con frecuencia una respuesta a interrogantes y necesidades religiosas, y ejerce su atracción sobre quienes tratan de descubrir o redescubrir una dimensión espiritual en su vida. La elección de evitar la expresión «religión de la Nueva Era» no quiere de ningún modo poner en duda el carácter genuino de la búsqueda de significado y de sentido de la vida por parte de estas personas; solamente respeta el hecho de que muchos de quienes están dentro de este movimiento distinguen cuidadosamente entre «religión» y «espiritualidad». Muchos han rechazado la religión organizada porque a su juicio falló en satisfacer sus necesidades, y por este mismo motivo han buscado encontrar una «espiritualidad» en otra parte. Más aún, en la Nueva Era es fundamental la convicción de que el tiempo de las religiones particulares ha pasado, así que referirse a ella como a una religión sería contrario a su modo de concebirse. Sin embargo, es bastante correcto poner a la Nueva Era en el contexto más amplio de la religiosidad esotérica, cuya fascinación continúa en aumento [13].
Este texto tiene un problema de fondo. Es un intento de comprender y evaluar algo que es esencialmente una exaltación de la riqueza de la experiencia humana. Está por lo tanto destinado a suscitar la crítica de que no puede hacer justicia a un movimiento cultural cuya esencia es precisamente la de infringir los que se consideran los angostos límites del discurso racional. No obstante, intenta ser una invitación a todos los cristianos a tomar en serio la Nueva Era, y como tal pide a sus lectores que entren en un diálogo crítico con quienes siguen perspectivas muy diferentes para asumir la misma realidad.
La eficacia pastoral de la Iglesia en el tercer milenio depende en gran medida de la preparación de proclamadores eficaces del mensaje del Evangelio. Cuanto sigue es una respuesta a las dificultades expresadas por muchos para tratar con el tan complejo y elusivo fenómeno conocido como Nueva Era. Es un intento de comprender qué es la Nueva Era y de identificar los interrogantes a los cuales pretende ofrecer las respuestas y las soluciones. Existen algunos excelentes libros y otros estudios que indagan dentro del fenómeno o explican con gran detalle algunos aspectos particulares. A algunos de ellos se hará referencia en el Apéndice. Sin embargo, no siempre hacen el necesario discernimiento a la luz de la fe cristiana. Este texto se propone ayudar a los católicos a encontrar una clave de lectura de los principios básicos que hay detrás del pensamiento de la Nueva Era, para que puedan hacer una evaluación cristiana de los elementos de la Nueva Era que encuentren.
Conviene recordar que a muchos no les gusta decir Nueva Era, y otros sugieren que la expresión «espiritualidad alternativa» puede ser más correcta y menos limitante. Es también cierto que muchos de los fenómenos mencionados en este documento no traen probablemente una etiqueta, pero se presupone, por brevedad, que los lectores reconocerán un fenómeno o conjunto de fenómenos que pueden, razonablemente, por lo menos relacionarse con el movimiento cultural general conocido como Nueva Era.
Para muchos, el término Nueva Era se refiere claramente a un importantísimo cambio histórico. Según los astrólogos, vivimos en la Era de Piscis, dominada por el cristianismo, la cual está por ser sustituida por la Nueva Era de Acuario a comienzos del tercer milenio [14]. La Era de Acuario tiene un lugar tan importante en el movimiento de la Nueva Era en gran medida por influencia de la teosofía, del espiritismo, de la antroposofía, y de sus antecedentes esotéricos. Quienes subrayan el cambio inminente en el mundo con frecuencia están expresando el deseo de este cambio, no tanto en el mismo mundo cuanto en nuestra cultura, en el modo de relacionarnos con el mundo. Esto es particularmente evidente en cuantos subrayan la idea de un Nuevo Paradigma de vida. Es un enfoque atrayente porque, en algunas de sus expresiones, los hombres no son espectadores pasivos, sino que tienen un rol activo en la transformación de la cultura y en la creación de una nueva conciencia espiritual. En otras manifestaciones, se atribuye una mayor fuerza a la progresión inevitable de los ciclos naturales. En todo caso, la Era de Acuario es una visión, no una teoría. Pero la Nueva Era es una amplia tradición que incorpora muchas ideas sin una relación explícita con el paso de la Era de Piscis a la de Acuario. Entre ellas hay visiones moderadas, pero más que generalizadas, de un futuro donde habrá una espiritualidad planetaria junto a las religiones individuales, instituciones políticas planetarias similares para complementar otras más locales, entidades económicas globales más participativas y democráticas, un mayor énfasis en la comunicación y la educación, un enfoque mixto de la salud que combine la medicina oficial con la autocuración, una comprensión de sí más andrógina, y modos de integrar la ciencia, la mística, la tecnología y la ecología. Nuevamente esto evidencia el profundo deseo de una existencia plena y saludable para la raza humana y para el planeta. Entre las tradiciones reunidas en la Nueva Era están las antiguas prácticas ocultas egipcias, la cábala, el gnosticismo cristiano primitivo, el sufismo, la sabiduría de los druidas, el cristianismo celta, la alquimia medieval, el hermetismo renacentista, el budismo zen, el yoga, etc. [15].
Aquí está lo «nuevo» de la Nueva Era. Se trata de un «sincretismo de elementos esotéricos y seculares» [16], unidos entre sí por la percepción ampliamente difundida de que los tiempos están maduros para un cambio fundamental en los individuos, la sociedad y el mundo. Existen varias expresiones de la necesidad de pasar:
En estos contextos con frecuencia se utiliza la expresión «cambio de paradigma». En algunos casos, se supone claramente que tal pasaje no es sólo deseable sino inevitable. El rechazo a la modernidad —subyacente a este deseo de cambio— no es nuevo, pero puede describirse como «un despertar moderno de las religiones paganas mezclado con influencias de ambas religiones orientales, así como de la sicología moderna, la filosofía, la ciencia, y la contracultura desarrollada en los años '50 y '60» [17].
La Nueva Era no es otra cosa que el testimonio de una revolución cultural, una reacción compleja a las ideas y valores dominantes de la cultura occidental, a pesar de lo cual su crítica idealista es, paradójicamente, típica y propia de la cultura que critica.
Nos parece necesario decir unas palabras sobre el concepto de cambio de paradigma, expresión popularizada por Thomas Kuhn, un historiador de la ciencia norteamericana, que consideró como paradigma «la constelación entera de creencias, valores, técnicas, etc., compartidos por los miembros de una comunidad dada» [18]. Cuando se produce un cambio de un paradigma a otro, se tiene una transformación completa de perspectiva más que un desarrollo gradual. Se trata realmente de una revolución, y Kuhn puso de relieve que los paradigmas contrastantes entre nosotros son de tal amplitud que no pueden coexistir. Por eso, pensar que un cambio de paradigma en el ámbito de la religión y la espiritualidad es simplemente una manera nueva de formular las creencias tradicionales significa no captar lo esencial. Lo que está ocurriendo realmente es un cambio radical de cosmovisión, que cuestiona no sólo el contenido, sino también la interpretación fundamental de la visión anterior. Quizá el más claro ejemplo de todo esto, en referencia a la relación entre la Nueva Era y el cristianismo, sea la total reelaboración de la vida y significancia de Jesucristo. Es imposible reconciliar estas dos visiones [19].
Es evidente que la ciencia y la tecnología han sido incapaces de dar todo lo que una vez parecían prometer, por lo que los hombres, en su búsqueda de sentido y de liberación, se han vuelto al ámbito espiritual. La Nueva Era, tal como hoy la conocemos, nació de la búsqueda de algo más humano y más bello que la experiencia oprimente y alienante de la vida en la sociedad occidental. Sus primeros exponentes estaban dispuestos a extender su mirada en esta búsqueda y por eso la Nueva Era resultó un enfoque muy ecléctico. Podría ser uno de los signos de un «retorno a la religión», pero ciertamente no es una vuelta a las doctrinas y creencias cristianas ortodoxas.
Los primeros símbolos de este «movimiento» que han penetrado en la cultura occidental fueron el famoso festival de Woodstock, en el Estado de New York, en 1969, y el musical Hair, que expuso los temas principales de la Nueva Era en la emblemática canción Acuario [20]. Sin embargo, eso fue solamente la punta de un iceberg cuyas reales dimensiones sólo se han podido percibir recientemente. El idealismo de los años '60 y '70 sobrevive aún en algunos ambientes, pero ahora ya no son los adolescentes quienes están implicados en forma predominante. Se han desvanecido los vínculos con la ideología política de izquierda, y las drogas psicodélicas no tienen ya la importancia de entonces. Han pasado tantas cosas desde entonces que todo esto ya no resulta revolucionario. Las tendencias «espirituales» y «místicas», que antes se limitaban a la contracultura, son ahora parte de la cultura generalizada y afectan a tan diversos aspectos de la vida como la medicina, la ciencia, el arte y la religión. La cultura occidental posee ahora una conciencia política y ecológica más generalizada, y todo este cambio cultural ha tenido un impacto enorme sobre el estilo de vida de la gente. Algunos han sugerido que el «movimiento Nueva Era» es precisamente este gran cambio hacia lo que se considera «un modo de vida decididamente mejor» [21].
Uno de los elementos más comunes de la espiritualidad de la Nueva Era es la fascinación por las manifestaciones extraordinarias, y en particular por las entidades paranormales. Las personas reconocidas como médiums sostienen que su personalidad es tomada por otra entidad durante el trance, un fenómeno de la Nueva Era conocido como «canalización», durante el cual el médium puede perder el control de su cuerpo y sus facultades. Algunas personas que han asistido a estos eventos declararían que las manifestaciones son efectivamente espirituales, pero que no son de Dios, no obstante se utilice casi siempre un lenguaje de amor y de luz... Probablemente sea más correcto referirse a ello como a una forma contemporánea de espiritismo, más que a una espiritualidad en sentido estricto.
Otros amigos y consejeros del mundo de los espíritus son los ángeles (que se han convertido en la base de un nuevo negocio de libros e imágenes). Quienes hacen referencia a los ángeles en la Nueva Era no lo hacen de manera sistemática, porque en este ámbito las distinciones no siempre se consideran útiles, sobre todo si son demasiado precisas, ya que «existen muchos niveles de guías, entidades, energías y seres en cada rincón del universo... Todos están allí para que los elijas según tus propios mecanismos de atracción/ repulsión» [22].
Estas entidades espirituales a veces son invocadas de manera «no religiosa» como una ayuda para la relajación, para mejorar el control de la propia vida y la propia carrera, y para agilizar la toma de decisiones.
Otra experiencia de la Nueva Era, que aseguran poseer algunos que se autodefinen como «místicos», es la fusión con algunos espíritus que enseñan a través de personas en particular. Algunos espíritus de la naturaleza son descritos como potentes energías que existen en el mundo natural y también en los «planos interiores», o sea, aquellos accesibles por medio de rituales, drogas y otras técnicas para alcanzar estados alterados de conciencia. Es claro que, al menos en teoría, en la Nueva Era no se reconoce ninguna autoridad espiritual más allá de la propia experiencia personal interior.
Fenómenos tan distintos como el Jardín de Findhorn y el Feng Shui [23], ilustran de varias maneras la importancia de estar en sintonía con la naturaleza y el cosmos. En la Nueva Era no existe distinción entre el bien y el mal: las acciones humanas son el fruto ya sea de la iluminación o de la ignorancia. Por lo tanto, no se puede condenar a nadie, y ninguno necesita de perdón. Creer en la existencia del mal solamente puede crear negatividad y temor. La respuesta a la negatividad es el amor. Pero no se trata del amor que puede traducirse en acciones, es más una cuestión de tener determinadas actitudes mentales.
El amor es energía, una vibración de alta frecuencia, y el secreto de la felicidad, la salud y el éxito consiste en ser capaz de sintonizarse, de encontrar el propio lugar en la gran cadena de la existencia. Los maestros y las terapias de la Nueva Era pretenden ofrecer la clave para individualizar las correspondencias entre todos los elementos del universo, a fin de que uno pueda modular el tono de su vida y estar en absoluta armonía con los demás y con cuanto lo rodea (si bien el marco teórico de referencia diverge entre autor y autor) [24].
La medicina formal (alopática) hoy tiende a limitarse a curar enfermedades puntuales y aisladas, y descuida prestarle atención al cuadro más amplio de la salud de la persona: esto ha provocado una notable y comprensible insatisfacción. Las terapias alternativas han ganado una enorme popularidad porque aseguran que consideran a la persona en su totalidad y se dedican a sanar más que a curar. La salud holística, como es llamada, se centra en el importante papel que desempeña la mente en la curación física. Se dice que la conexión entre los aspectos espirituales y físicos de la persona se encuentra en el sistema inmunitario o en el sistema hindú de los chakras.
Desde la perspectiva de la Nueva Era, la enfermedad y el sufrimiento provienen de actuar contra la naturaleza. Cuando uno está en sintonía con la naturaleza, puede esperar una vida mucho más sana, e incluso la prosperidad material. Según algunos sanadores de la Nueva Era, en realidad no tendríamos por qué morir. El desarrollo de nuestro potencial humano nos pondrá en contacto con nuestra divinidad interior y con aquellas partes de nuestro yo que han sido alienadas o suprimidas. Esto se revela sobre todo en los estados alterados de conciencia (ASCs), inducidos por drogas o por diversas técnicas de expansión de la mente, particularmente en el contexto de la «psicología transpersonal». Los chamanes son considerados como especialistas en los estados alterados de conciencia, personas capaces de mediar entre los reinos transpersonales de los espíritus o dioses y el mundo de los humanos.
Existe una extraordinaria variedad de enfoques que promueven la salud holística, algunos derivados de antiguas tradiciones culturales, sea religiosas o esotéricas, otros ligados a las teorías sicológicas desarrolladas en Esalen entre 1960 y 1970. La publicidad relacionada con la Nueva Era abarca una vasta gama de prácticas como la acupuntura, el biofeedback, la quiropraxis, la kinesiología, la homeopatía, la iridología, el masaje y varios tipos de bodywork (por ejemplo la orgonomía, el método Feldenkrais, la reflexología, el Rolfing, el masaje de polaridad, el toque terapéutico, etc.), la meditación y la visualización, las terapias nutricionales, la curación síquica, varios tipos de medicina a base de hierbas, la sanación mediante cristales (cristaloterapia), la metaloterapia, la musicoterapia y la cromoterapia, las terapias de reencarnación y, finalmente, los programas en doce pasos y los grupos de auto-ayuda [25].
Se dice que la fuente de la sanación está dentro nuestro, y que podemos alcanzarla entrando en contacto con nuestra energía interior o energía cósmica.
Desde el momento que la buena salud implica una prolongación de la vida, la Nueva Era ofrece una fórmula oriental en términos occidentales. En sus orígenes, la reencarnación formaba parte del pensamiento cíclico hindú, basado en el atman o núcleo divino de la personalidad (luego, el concepto de jiva), que se traslada de un cuerpo a otro en un ciclo de sufrimiento (samsara) determinado por la ley del karma, ligada al comportamiento en las vidas pasadas. La esperanza estriba en la posibilidad de nacer en una condición mejor, o por último, en la liberación de la necesidad de renacer.
En la mayor parte de las tradiciones budistas, en cambio, lo que vaga de un cuerpo a otro no es un alma, sino un continuum de conciencia. La vida presente está atrapada en un proceso cósmico potencialmente infinito, que incluye hasta a los dioses.
En Occidente, desde el tiempo de Lessing, la reencarnación se ha entendido de manera mucho más optimista, como un proceso de aprendizaje y de progresiva realización individual. El espiritismo, la teosofía, la antroposofía y la Nueva Era ven la reencarnación como una forma de participación en la evolución cósmica. Este enfoque escatológico post-cristiano se considera la respuesta a las cuestiones no resueltas por la teodicea y elimina la noción de Infierno. Cuando el alma se separa del cuerpo, los individuos pueden volver la mirada hacia toda su vida hasta entonces, y una vez que el alma se une a su nuevo cuerpo se obtiene una vista previa de su próxima fase en la vida. Uno tiene acceso a sus vidas anteriores a través de los sueños y las técnicas de meditación [26].
Una de las preocupaciones centrales del movimiento Nueva Era es la búsqueda de «totalidad o plenitud». Se invita a superar toda forma de «dualismo», ya que tales divisiones son un producto nocivo de un pasado menos iluminado. Las divisiones que según los promotores de la Nueva Era es necesario superar incluyen la distinción que existe entre el Creador y la creación, la real distinción entre el hombre y la naturaleza, o entre el espíritu y la materia, que son erróneamente consideradas como formas de dualismo. Con frecuencia se da por supuesto que estas tendencias dualistas están basadas en última instancia en las raíces judeocristianas de la civilización occidental, cuando en realidad sería más acertado vincularlas al gnosticismo, y en particular al maniqueísmo.
La revolución científica y el espíritu del racionalismo moderno son criticados especialmente por la tendencia a la fragmentación (que considera los conjuntos orgánicos como mecanismos reducibles a sus más pequeños componentes, que luego son explicados en términos de éstos), y la tendencia a reducir el espíritu a la materia, de tal modo que la realidad espiritual, incluyendo el alma, se convierte simplemente en un «epifenómeno» contingente de procesos esencialmente materiales. En todos estos ámbitos, las alternativas de la Nueva Era son definidas como «holísticas». El holismo impregna a todo el movimiento Nueva Era, desde su interés por la salud holística hasta su búsqueda de la conciencia unitiva, y desde su responsabilidad ecológica hasta la idea de una red global.
«Tanto la tradición cristiana como la fe secular en el progreso científico ilimitado tuvieron que hacer frente a una grave ruptura manifestada por primera vez en las revueltas estudiantiles del año 1968» [27]. La sabiduría de las generaciones mayores de repente se quedó sin significado y sin respeto, mientras se desvanecía la omnipotencia de la ciencia, de manera que la Iglesia ahora «tiene que enfrentarse a una grave crisis en la trasmisión de su fe a las nuevas generaciones» [28]. La pérdida generalizada de confianza en estos antiguos pilares de la conciencia y la cohesión social ha ido acompañada por el inesperado retorno de una religiosidad cósmica, de rituales y creencias que muchos pensaban habían sido suplantados por el cristianismo. Sólo que esta perenne corriente esotérica subterránea en realidad nunca desapareció. El auge y la popularidad de las religiones asiáticas en ese momento fue algo nuevo en el contexto occidental, bajo la influencia del movimiento teosófico de finales del siglo XIX, y refleja «la creciente conciencia de una espiritualidad global, que incorpora todas las tradiciones religiosas existentes» [29].
La eterna cuestión filosófica de la unidad y la multiplicidad asume una forma moderna y contemporánea en la tentación de superar no sólo una división indebida, sino también las diferencias y distinciones reales. Su expresión más común es el holismo, un ingrediente esencial de la Nueva Era y uno de los principales signos de los tiempos en el último cuarto del siglo XX. Se han invertido grandes energías en el esfuerzo por superar la división en compartimientos, característica de la ideología mecanicista, pero esto ha llevado a sentir la obligación de someterse a una red global que adquiere una autoridad cuasi trascendente. Sus implicancias más obvias son un proceso de transformación de la conciencia y el desarrollo de la ecología [30].
La nueva visión, que es la meta de la transformación de la conciencia, ha tardado en formularse, y su consolidación se ve obstaculizada por formas de pensamiento más antiguas, atrincheradas en el statu quo. Lo que tuvo éxito es la generalización de la ecología como fascinación por la naturaleza y la resacralización de la Tierra, de la Madre Tierra, o Gaia, gracias al celo misionero típico de la política de los "verdes". El agente ejecutivo de la Tierra es la raza humana en su conjunto, y la armonía y comprensión necesarias para una gestión responsable se van entendiendo cada vez más como un gobierno global, con un encuadramiento ético global. Se cree que el calor de la Madre Tierra, cuya divinidad penetra toda la creación, colma la brecha entre la creación y el Dios-Padre trascendente del judaísmo y del cristianismo, eliminando la perspectiva de ser juzgados por este último.
En esta visión de un universo cerrado, que junto con nosotros contiene a «Dios» y a otros seres espirituales, reconocemos un panteísmo implícito. Éste es un punto fundamental que impregna todo el pensamiento y las prácticas de la Nueva Era, y condiciona de antemano cualquier otra valoración positiva que pueda estar a favor de uno u otro aspecto de su espiritualidad. Como cristianos, creemos en cambio que «el hombre es esencialmente una creatura y como tal permanece eternamente, de tal forma que nunca será posible una absorción del yo humano en el Yo divino» [31].
La matriz esencial del pensamiento de la Nueva Era puede encontrarse en la tradición esotérico-teosófica, ampliamente aceptada en los círculos intelectuales europeos de los siglos XVIII y XIX. Fue particularmente fuerte en la masonería, el espiritismo, el ocultismo y la teosofía, que compartían una especie de cultura esotérica. En esta cosmovisión, los universos visible e invisible están vinculados por una serie de correspondencias, analogías e influencias entre el microcosmos y el macrocosmos, entre metales y planetas, entre los planetas y las distintas partes del cuerpo humano, entre el cosmos visible y las regiones invisibles de la realidad. La naturaleza es un ser viviente, atravesado por redes de simpatía y antipatía, animado por una luz y un fuego secreto que los seres humanos tratan de controlar. La gente puede entrar en contacto con mundos superiores o inferiores mediante la imaginación (un órgano del alma o espíritu), o bien recurriendo a mediadores (ángeles, espíritus, demonios) o rituales.
La gente puede iniciarse en los misterios del cosmos, de Dios, o del yo, mediante un camino espiritual de transformación. La meta última es la gnosis, la forma más elevada de conocimiento, el equivalente de la salvación. Implica una búsqueda de las tradiciones más antiguas y elevadas de la filosofía (lo que de forma inapropiada se denomina philosophia perennis) y de la religión (teología primordial), una doctrina secreta (esotérica) que es la clave de todas las tradiciones exotéricas accessibles a todos. Las enseñanzas esotéricas se transmiten de maestro a discípulo en un programa gradual de iniciación.
Algunos ven al esoterismo del siglo XIX como totalmente secularizado. La alquimia, la magia, la astrología y otros elementos del esoterismo tradicional se habían integrado completamente con aspectos de la cultura moderna, incluyendo la búsqueda de las leyes causales, el evolucionismo, la sicología y el estudio de las religiones. Este tipo de esoterismo alcanzó su forma más clara en las ideas de Helena Blavatsky, una médium rusa que en 1875 fundó en Nueva York con Henry Olcott la Sociedad Teosófica. La Sociedad tenía por objeto fundir elementos de las tradiciones orientales y occidentales en una forma de espiritismo evolucionista, y tenía tres objetivos principales:
«Lo significativo de estos objetivos... debería estar claro. El primer objetivo rechaza implícitamente el 'fanatismo irracional' y el 'sectarismo' del cristianismo tradicional tal como lo percibían los espiritistas y los teosóficos... Lo que no es inmediatamente evidente en estos objetivos es que por 'ciencia' los teósofos entendían las ciencias ocultas, y por filosofía la occulta philosophia, que las leyes de la naturaleza eran de índole oculta o síquica, y que se esperaba que la religión comparada develase una 'tradición primordial', modelada en última instancia según la philosophia perennis hermética» [32].
Un componente destacado de los escritos de Madame Blavatsky era la emancipación de la mujer, que implicaba un ataque al Dios «masculino» del judaísmo, del cristianismo y del Islam. Ella urgía a retornar a la Diosa-Madre del hinduísmo y a la práctica de las virtudes femeninas. Estas ideas fueron llevadas adelante por Annie Besant, en la vanguardia del movimiento feminista. En la actualidad, la «Wicca» y la «espiritualidad de las mujeres» continúan esta lucha contra el cristianismo «patriarcal».
Marilyn Ferguson dedicó un capítulo de su libro The Aquarian Conspiracy (La Conspiración de Acuario), a los precursores de la Era de Acuario, aquellos que habían tejido una visión transformadora basada en la expansión de la conciencia y en la experiencia de la autotrascendencia. Dos de los mencionados fueron el sicólogo norteamericano William James y el siquiatra suizo Carl Gustav Jung. James definió la religión como experiencia, no como dogma, y enseñó que los seres humanos pueden cambiar sus actitudes mentales a fin de llegar a ser artífices de su propio destino. Jung subrayó el carácter trascendente de la conciencia e introdujo la idea del inconsciente colectivo, una especie de almacén de símbolos y recuerdos compartidos con personas de diversas épocas y culturas. Según Wouter Hanegraaff, ambos estudiosos contribuyeron a la «sacralización de la sicología», lo que ha llegado a ser un importante elemento del pensamiento y de las prácticas de la Nueva Era. Jung, de hecho, «no solo sicologizó al esoterismo sino que también sacralizó la sicología, llenándola de los contenidos de la especulación esotérica. El resultado es un cuerpo de teorías que ha permitido hablar de Dios queriendo en realidad decir la propia psique, y hablar de la propia psique pensando de hecho en lo divino. Si la psique es la mente, y Dios también es la mente, entonces hablar de una cosa significa hablar de la otra» [33]. Jung respondió a la acusación de haber sicologizado el cristianismo, afirmando que «la sicología es el mito moderno y sólo podemos entender la fe mediante tal mito» [34]. Es cierto que la sicología de Jung ilumina numerosos aspectos de la fe cristiana, en particular la necesidad de enfrentar la realidad del mal, pero sus convicciones religiosas varían de tal modo a lo largo de las diversas etapas de su vida, que la imagen de Dios que se desprende es sumamente confusa. Un elemento central de su pensamiento es el culto al sol, donde Dios es «la energía vital (libido) dentro de una persona» [35]. Como dice él mismo: «esta comparación no es un mero juego de palabras» [36]. Éste es el «Dios interior» al que se refiere Jung, la divinidad esencial que creía estaba presente en cada ser humano. El camino hacia el universo interior pasa a través del inconsciente. La correspondencia del mundo interior con el mundo exterior reside en el inconsciente colectivo.
La tendencia a intercambiar sicología y espiritualidad fue asumida firmemente por el Movimiento del Potencial Humano que se desarrolló hacia fines de los años '60 en el Esalen Institute de California. La sicología transpersonal, fuertemente influenciada por las religiones orientales y por Jung, ofrece un camino contemplativo donde la ciencia se encuentra con la mística. El acento que se pone en la corporeidad, la búsqueda de métodos para expandir la conciencia y el cultivo de los mitos del inconsciente colectivo eran todos recomendaciones para buscar al «dios interior» dentro de uno mismo. Para realizar el propio potencial, había que superar el propio ego a fin de convertirse en el dios que cada uno es en lo más hondo de sí mismo. Esto podía hacerse eligiendo la terapia adecuada: la meditación, las experiencias parasicológicas, el uso de alucinógenos. Todos estos eran los caminos para alcanzar las «experiencias cumbre», experiencias «místicas» de fusión con Dios y con el cosmos.
El simbolo de Acuario fue tomado de la mitología astrológica, pero luego llegó a significar el deseo de un mundo radicalmente nuevo. Los dos centros que funcionaron como propulsores iniciales de la Nueva Era, y en cierta medida lo son aún, fueron la Comunidad-Jardín de Findhorn en el nordeste de Escocia, y el Centro para el Desarrollo del Potencial Humano de Esalen, en Big Sur, California, Estados Unidos. Sin embargo, lo que más alimenta la difusión de la Nueva Era es el desarrollo de una progresiva conciencia global y la creciente percepción de una inminente crisis ecológica.
La Nueva Era no es exactamente una religión, pero se interesa por lo que llama «lo divino». La esencia de la Nueva Era es la libre asociación de las distintas actividades, ideas y personas atraídas por estos términos. No existe, en efecto, una articulación definitiva como en las doctrinas de las grandes religiones. No obstante, y a pesar de la inmensa variedad que hay en la Nueva Era, se pueden individualizar algunos puntos comunes:
La Nueva Era cree en la perfectibilidad de la persona humana por medio de una amplia variedad de técnicas y terapias (en contraposición con la idea cristiana de cooperación con la gracia divina). En general concuerda con Nietzsche, según el cual el cristianismo ha impedido la manifestación plena de la genuina humanidad. La perfección, en este contexto, significa alcanzar la auto-realización, según un orden de valores que nosotros mismos creamos y que alcanzamos por nuestras propias fuerzas: se puede por lo tanto hablar de un yo auto-creador. Esta visión evidencia que existe mayor diferencia entre los seres humanos actuales y lo que serán cuando hayan realizado plenamente su potencial, que la que existe actualmente entre los seres humanos y los antropoides.
Resulta útil distinguir entre el esoterismo, o sea una búsqueda de conocimiento, y la magia, u ocultismo: esta última es una forma de obtener poder. Algunos grupos son a la vez esotéricos y ocultistas. En el centro del ocultismo existe una voluntad de poder basada en el sueño de volverse dioses.
Las técnicas de expansión de la mente intentan revelar al hombre su poder divino. Usando este poder, se prepara el camino para la Era de la Iluminación. Esta exaltación de la humanidad, cuya forma extrema es el satanismo, subvierte la justa relación entre el Creador y la creatura. Satanás se convierte en el símbolo de la rebelión contra las convenciones y las reglas, un símbolo que con frecuencia adopta formas muy agresivas, egoístas y violentas. Algunos grupos evangélicos han expresado su preocupación por la presencia subliminal de lo que consideran simbolismo satánico en algunas expresiones de la música rock, que ejercen una fuerte influencia en los jóvenes. Todo lo cual está completamente ausente en el mensaje de paz y armonía del Nuevo Testamento, y a menudo es una de las consecuencias de la exaltación de la humanidad cuando implica la negación de un Dios trascendente.
Pero no se trata solamente de algo que afecte a los jóvenes. Los temas fundamentales de la cultura esotérica también están presentes en los ámbitos de la política, la educación y la legislación [37]. Esto se aplica especialmente a la ecología. El énfasis puesto por la ecología radical sobre el biocentrismo niega la visión antropológica de la Biblia, según la cual el hombre es el centro del mundo por ser cualitativamente superior a las demás formas de vida natural. El ecologismo desempeña hoy un papel destacado en la legislación y en la educación, a pesar de que de este modo menoscaba a la humanidad. La misma matriz cultural esotérica se vuelve a encontrar en la ideología subyacente a las políticas de control demográfico y los experimentos de ingeniería genética, que parecen expresar el sueño humano de recrearse a sí mismo. ¿Cómo se espera hacerlo? Descifrando el código genético, alterando las reglas naturales de la sexualidad, y desafiando los límites de la muerte.
En lo que se podría llamar un típico relato de la Nueva Era, los hombres nacen con una chispa divina, en un sentido que recuerda al antiguo gnosticismo; ella los vincula a la unidad del Todo. Son considerados como esencialmente divinos, si bien participan de esta divinidad cósmica con diversos niveles de conciencia. Somos co-creadores, y creamos nuestra propia realidad. Según una concepción que considera a cada individuo la fuente creativa del universo, varios autores de la Nueva Era sostienen que nosotros elegimos las circunstancias de nuestra vida (incluso nuestra propia enfermedad y salud). Pero para comprender bien cómo encajamos en la unidad del cosmos debemos hacer un viaje. El viaje es la sicoterapia, y la salvación es el reconocimiento de la conciencia universal. El pecado no existe; solamente es un conocimiento imperfecto. La identidad de cada ser humano se diluye en el ser universal y en el proceso de las sucesivas encarnaciones. Los hombres están sometidos a las influencias determinantes de las estrellas, pero pueden abrirse a la divinidad que vive en su interior, en una búsqueda continua (mediante las técnicas apropiadas) de una armonía cada vez mayor entre el yo y la energía cósmica divina. No hay necesidad de Revelación o Salvación alguna que provenga de fuera de sí mismos, sino sencillamente la necesidad de experimentar la salvación escondida en el propio interior (auto-salvación), dominando las técnicas sicofísicas que conducen a la iluminación definitiva.
Algunas fases del camino hasta la auto-redención son preparatorias (la meditación, la armonía corporal, la liberación de energías de auto-curación). Son el punto de partida para procesos de espiritualización, perfección e iluminación que ayudan a las personas a adquirir mayor autocontrol y concentración síquica en la «transformación» individual de sí en la «conciencia cósmica». El destino de la persona humana es una serie de reencarnaciones sucesivas del alma en diversos cuerpos. No se refiere a un ciclo de samsara, en el sentido de purificación como castigo, sino a una ascensión gradual hacia el desarrollo perfecto del propio potencial.
La sicología se utiliza para explicar la expansión de la mente como experiencias «místicas». El yoga, el zen, la meditación trascendental y los ejercicios tántricos conducen a la autorealización o iluminación, una experiencia de plenitud del yo. Se cree que las «experiencias cumbre» (revivir el propio nacimiento, viajar hasta las puertas de la muerte, el biofeedback, la danza e incluso las drogas, cualquier cosa que pueda provocar un estado alterado de conciencia), conducen a la unidad y a la iluminación. Ya que hay una sola Mente, algunas personas pueden ser canales, cauces para los seres superiores. Cada parte de este único ser universal está en contacto con todas las otras. El enfoque clásico de la Nueva Era es la sicología transpersonal, cuyos conceptos básicos son la Mente universal, el Yo Superior, el inconsciente personal y colectivo, y el yo individual. El Yo Superior es nuestra identidad real, un puente entre Dios como la Mente divina, y la humanidad. El desarrollo espiritual consiste en el contacto con el Yo Superior, que supera todas las formas de dualismo entre el sujeto y el objeto, la vida y la muerte, la psique y el soma, el yo y los aspectos fragmentarios de ese mismo yo. Nuestra personalidad limitada es como una sombra o un sueño creado por el yo real. El Yo Superior contiene los recuerdos de las (re-)encarnaciones anteriores.
La Nueva Era tiene una marcada preferencia por las religiones orientales o precristianas, porque las considera incontaminadas por las distorsiones judeo-cristianas. De allí que tributa gran respeto a los antiguos ritos agrícolas y los cultos de fertilidad. Gaia, la Madre Tierra, se presenta como alternativa a Dios Padre, cuya imagen se ve vinculada a una concepción patriarcal del dominio masculino sobre la mujer. Se habla de Dios, pero no se trata de un Dios personal. El Dios de quien habla la Nueva Era no es ni personal ni trascendente. Tampoco es el Creador y el amoroso regente del universo, sino una «energía impersonal», inmanente al mundo, con el cual forma una «unidad cósmica»: «Todo es uno». Esta unidad es monista, panteísta, o más precisamente, panenteísta. Dios es el «principio vital», el «espíritu o alma del mundo», la suma total de la conciencia existente en el mundo. En cierto sentido, todo es Dios. La presencia de Dios es más evidente en los aspectos espirituales de la realidad, de modo que cada mente/espíritu es, en cierto sentido, Dios.
Cuando los seres humanos la reciben conscientemente, la energía divina suele describirse como «energía crística». Se habla también de Cristo, pero no se trata de Jesús de Nazareth. «Cristo» es un título aplicado a cualquiera que ha alcanzado un estado de conciencia donde percibe la propia divinidad y puede por lo tanto pretender ser un «Maestro universal». Jesús de Nazareth no era el Cristo, sino simplemente una de las muchas figuras históricas en las que se reveló esa naturaleza crística, al igual que Buda y otros. Cada manifestación histórica del Cristo muestra claramente que todos los seres humanos son celestiales y divinos, y los conduce hacia esa realización.
El nivel más interior y personal («síquico») en el que los seres humanos «oyen» esta «energía cósmica divina» es llamado también «Espíritu Santo».
El paso del modelo mecanicista de la física clásica al modelo holístico de la moderna física atómica y subatómica, basado en la concepción de la materia constituida por ondas o paquetes (cuantos) de energía en lugar de partículas, es central a gran parte del pensamiento de la Nueva Era. El universo es un océano de energía, la energía es única, es una red de enlaces. La energía que anima a este organismo único que es el universo es el «espíritu». No existe alteridad entre Dios y el mundo. El mundo mismo es divino y está sometido a un proceso evolutivo que lo lleva de la materia inerte a una «conciencia más elevada y perfecta». El mundo es increado, eterno y autosuficiente. El futuro del mundo se basa en un dinamismo interior, necesariamente positivo, que conduce a la unidad (divina) reconciliada de todo cuanto existe. Dios y el mundo, alma y cuerpo, inteligencia (racionalidad) y emotividad, cielo y tierra, son un único e inmenso campo de energía ondulatoria.
James Lovelock en su libro sobre la Hipótesis Gaia sostiene que «todo el ámbito de la materia viviente sobre la tierra, desde las ballenas hasta los virus, y desde los robles hasta las algas, se podría considerar como una única entidad viviente, capaz de manipular la atmósfera de la Tierra para satisfacer sus exigencias y dotada de facultades y poderes muy superiores a los de sus partes constitutivas» [38]. Para algunos, la hipótesis Gaia es «una extraña síntesis de individualismo y colectivismo. Es como si la Nueva Era, tras haber arrancado a la gente de las políticas fragmentarias, estuviera deseando arrojarlas al gran caldero de la mente global». El cerebro global necesita instituciones con las cuales gobernar, en otras palabras, un gobierno mundial. «Para enfrentar los problemas de hoy, la Nueva Era sueña con una aristocracia espiritual al estilo de La República de Platón, dirigida por sociedades secretas...» [39]. Acaso sea exagerado afirmarlo, pero está comprobado que el elitismo gnóstico y el gobierno global coinciden en numerosas cuestiones de política internacional.
En el universo todo está interrelacionado. De hecho, cada parte es en sí misma una imagen de la totalidad. El todo está en cada cosa, y cada cosa está en el todo. En la «gran cadena de la existencia», todos los seres están íntimamente vinculados y forman una única familia con diferentes grados de evolución. Cada persona humana es un holograma, una imagen de la creación entera, en la cual cada cosa vibra en su propia frecuencia. Cada ser humano es una neurona del sistema nervioso central de la Tierra, y todas las entidades individuales están en relación mutua de complementariedad. De hecho, existe una complementariedad interior o androginia en toda la creación [40].
Uno de los temas recurrentes en los escritos y en el pensamiento de la Nueva Era es el del «nuevo paradigma» introducido por la ciencia contemporánea. «La ciencia nos ha permitido una visión de la totalidad y de los sistemas, de tensión y transformación. Estamos aprendiendo a interpretar las tendencias, a reconocer los primeros signos de un paradigma más prometedor. Creamos escenarios futuros alternativos. Hablamos de las fallas de los viejos sistemas, introduciendo nuevas soluciones a los problemas en todos los campos» [41]. Hasta ahora, el «cambio de paradigma» es un cambio radical de perspectiva, pero nada más. La cuestión es si el pensamiento y el cambio real están en proporción, y si puede comprobarse la eficacia que tendría una transformación interior sobre el mundo exterior. Es inevitable preguntarse, aún sin expresar un juicio negativo, hasta qué punto puede considerarse científico un proceso conceptual cuando implica afirmaciones como ésta: «la guerra es impensable en una sociedad de personas autónomas que han descubierto que toda la humanidad es interdependiente, que no temen ideas extrañas ni culturas extranjeras, que saben que todas las revoluciones comienzan en la interioridad y que no se puede imponer el propio camino de iluminación a nadie» [42]. Es ilógico deducir que algo no podrá acontecer sólo porque es impensable. Este razonamiento es típicamente gnóstico, en el sentido que atribuye un poder excesivo al conocimiento y a la conciencia. Y esto no significa negar el papel fundamental y crucial del desarrollo de la conciencia en la investigación científica, sino sencillamente alertar contra la posibilidad de imponer fácilmente sobre la realidad externa lo que hasta el momento sólo está en la mente.
«En el fondo, la fascinación de la Nueva Era tiene que ver con el interés por el yo, su valor, sus capacidades y problemas, que la cultura actual fomenta. Mientras la religiosidad tradicional, con su organización jerárquica, se adapta a la comunidad, la espiritualidad destradicionalizada se adapta bien al individuo. La Nueva Era es "del" yo, en cuanto que facilita la celebración de lo que ha de ser y debe llegar a ser, y es "para" el yo, porque al diferenciarse de lo establecido, puede atender los problemas de identidad generados por las formas de vida convencionales» [44].
El rechazo a la tradición como organización patriarcal, jerárquica o eclesial conlleva la búsqueda de una forma alternativa de sociedad que se inspire claramente en la noción moderna del yo. Muchos escritos de la Nueva Era explican que no se puede hacer nada (directamente) para cambiar el mundo, pero en cambio se ha de hacer todo para cambiar uno mismo. Modificar la conciencia individual parece ser el modo (indirecto) de cambiar el mundo. El instrumento de cambio social más importante es el ejemplo personal. El reconocimiento universal de estos ejemplos personales llevará paulatinamente a la transformación de la mente colectiva, y tal transformación será el mayor logro de nuestro tiempo. Esto claramente es parte del paradigma holístico, y constituye una nueva formulación de la clásica cuestión filosófica de la unidad y la pluralidad. Se relaciona también con el planteo jungiano de la teoría de la correspondencia y su rechazo de la causalidad. Los individuos son imágenes fragmentarias del holograma planetario; mirando al propio interior no sólo se conoce el universo, sino que también es posible cambiarlo. Cuanto más se mira al interior, más pequeña se vuelve la arena política. ¿Todo esto está verdaderamente en sintonía con la retórica de la participación democrática en un nuevo orden planetario, o bien es una manera inconsciente y sutil de privar de poder a la gente, exponiéndola así al riesgo de ser manipulada? ¿La actual preocupación por los problemas planetarios (los temas ecológicos, el agotamiento de los recursos naturales, la superpoblación, la brecha económica entre Norte y Sur, el enorme arsenal atómico y la inestabilidad política) favorecen o impiden el compromiso con otras cuestiones sociales y políticas igualmente acuciantes? El viejo adagio «la caridad empieza por casa» puede proporcionar un sano equilibrio en el propio enfoque a tales cuestiones. Algunos observadores de la Nueva Era detectan un siniestro autoritarismo detrás de su aparente indiferencia hacia la política. El mismo David Spangler subraya que una de las sombras de la Nueva Era es «una sutil capitulación frente a la impotencia y la irresponsabilidad en nombre de la espera de la Nueva Era que viene, en vez de ser creadores activos de plenitud en la propia vida» [45].
Sería ciertamente exagerado afirmar que el quietismo es general en las actitudes de la Nueva Era. No obstante, una de las principales críticas al movimiento Nueva Era es que la búsqueda individualista de la propia realización en el fondo puede actuar en contra de una sólida cultura religiosa. Ello es puesto en evidencia por tres puntos:
Independientemente de las objeciones y críticas que pueda suscitar, la Nueva Era es un intento de entibiar un mundo que muchos experimentan como duro y despiadado. Como reacción a la modernidad, actúa más a nivel de los sentimientos, los instintos y las emociones. La ansiedad por un futuro apocalíptico de inestabilidad económica, incertidumbre política y cambios climáticos juega un importante papel en la búsqueda de una alternativa, de una relación decididamente optimista con el cosmos. Hay una búsqueda de plenitud y felicidad, a menudo a un nivel explícitamente espiritual. Pero es significativo que la Nueva Era haya gozado de un éxito enorme en una época que puede caracterizarse por la exaltación casi universal de la diversidad. La cultura occidental ha dado un paso más allá de la tolerancia, en el sentido de aceptación forzada o de resignación a la idiosincrasia de una persona o de un grupo minoritario, y ha llegado a una erosión consciente del respeto por la normalidad. La normalidad se presenta como un concepto con connotaciones moralistas, necesariamente ligado a normas absolutas. Para un número cada vez mayor de personas, las normas o creencias absolutas no indican más que la incapacidad de tolerar los puntos de vista y las convicciones de los demás. En este clima, los estilos de vida y las teorías alternativos realmente han tenido un despegue: ser diferente no sólo es aceptable, sino algo positivamente bueno [48]. Es esencial recordar que la gente se relaciona con la Nueva Era de maneras muy distintas y en grados diversos. En la mayoría de los casos no se trata realmente de una «pertenencia» a un grupo o movimiento, ni de ser plenamente consciente de los principios sobre los que se basa la Nueva Era. Según parece, la mayoría se siente atraída por terapias o prácticas particulares, sin fijarse en su trasfondo, y otros no son más que consumidores ocasionales de productos etiquetados «Nueva Era». Quien utiliza la aromaterapia o escucha música New Age, por ejemplo, suele estar interesado en el efecto que tiene en su salud o bienestar. Sólo una minoría profundiza el tema y busca comprender su significado teórico (o «místico»). Esto calza perfectamente con los modelos de consumo de la sociedad, donde el ocio y el esparcimiento tienen tanta importancia. El «movimiento» se ha adaptado perfectamente a las leyes del mercado, y su gran difusión en parte se debe justamente a su atrayente propuesta económica. Al menos en algunas culturas, la Nueva Era se presenta como una etiqueta para un producto creado por la aplicación de principios de mercadotecnia a un fenómeno religioso [49]. Siempre habrá un modo de sacar provecho económico de las necesidades espirituales de la gente. Como muchos otros elementos de la economía contemporánea, la Nueva Era es un fenómeno global que se mantiene unido y se alimenta con la información de los medios masivos de comunicación.
Se puede discutir si esta comunidad global fue creada mediante los medios de comunicación social, y está bastante claro que la literatura popular y la comunicación de masas aseguran que las nociones comunes sostenidas por los «creyentes» y simpatizantes se difundan muy rápidamente casi por todas partes.Sin embargo, no es posible saber si esta rápida difusión de sus ideas obedece al azar o bien está sostenida por un proyecto deliberado, dado que se trata de una forma muy libre de «comunidad». Como las cibercomunidades creadas por Internet, es un dominio donde los vínculos humanos pueden ser muy impersonales o bien interpersonales en un sentido muy selectivo.
La Nueva Era se hizo inmensamente popular como un difuso conjunto de creencias, terapias y prácticas, a menudo elegidas y combinadas a voluntad, sin considerar las incompatibilidades e incoherencias que implique. Pero esto obviamente era de esperarse en una cosmovisión basada deliberadamente en el pensamiento intuitivo del «lado derecho del cerebro». Y por eso precisamente es importante descubrir y reconocer las características fundamentales de las ideas de la Nueva Era. Cuanto propone suele describirse simplemente como «espiritual», más que como perteneciente a una religión, pero existen vínculos bastante más estrechos con ciertas religiones orientales de lo que muchos «consumidores» suponen. Obviamente esto es importante sobre todo en los grupos de «oración» a los que asiste la gente, pero también es un problema administrativo real en un número creciente de empresas, a cuyos empleados se les exige practicar la meditación y adoptar técnicas de expansión mental como parte de su vida laboral [50].
Valdría la pena añadir aún unas breves palabras sobre la promoción orgánica de la Nueva Era como ideología, pero se trata de un asunto muy complejo. Algunos grupos han reaccionado ante la Nueva Era con acusaciones genéricas de conspiración, pero la respuesta en general sería que estamos asistiendo a un cambio cultural espontáneo cuya trayectoria está bastante determinada por influencias que escapan al control humano. Sin embargo, baste señalar que la Nueva Era comparte con un buen número de grupos internacionalmente influyentes el objetivo de suplantar o superar las religiones particulares para hacer lugar a una religión universal capaz de unir a la humanidad. Estrechamente ligado a este fin hay un esfuerzo, bastante concertado entre varias instituciones, por inventar una Ética Global, un marco ético que refleje la naturaleza global de la cultura, la economía y la política contemporáneas. Más aún, la politización de las cuestiones ecológicas ciertamente colorea todo el tema de la hipótesis Gaia o culto de la Madre Tierra.
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[9] Cf. Michel Lacroix, L'Ideologia della New Age, Milán (Il Saggiatore) 1998, p. 86. En esta obra la palabra «secta» no se usa en sentido peyorativo, sino más bien para denotar un fenómeno sociológico.
[10] Cf. Wouter J. Hanegraaff, New Age Religion and Western Culture. Esotericism in the Mirror of Secular Thought, Leiden-New York-Köln (Brill) 1996, p. 377 et passim.
[11] Cf. Rodney Stark y William Sims Bainbridge, The Future of Religion. Secularisation, Revival and Cult Formation, Berkeley (University of California Press) 1985.
[12] Cf. M. Lacroix, op. cit., p. 8.
[13] El curso suizo «Theologie für Laien» (Teología para los laicos) titulado Faszination Esoterik lo explica con claridad. Cf. «Kursmappe 1 - New Age und Esoterik», texto que acompaña las diapositivas, p. 9.
[14] El término ya aparece en el título de The New Age Magazine, publicado al inicio de 1900 por el Ancient Accepted Scottish Masonic Rite en la jurisdicción meridional de los Estados Unidos. Cf. M. York, «The New Age Movement in Great Britain», en Syzygy. Journal of Alternative Religion and Culture, 1:2-3 (1992), Stanford CA, p. 156, nota 6. El momento y la naturaleza exactos del paso a la Nueva Era son interpretados de varias maneras por los diferentes autores; las estimaciones relativas al momento del pasaje van de 1967 a 2376.
[15] A fines de 1977, Marilyn Ferguson envió un cuestionario a 210 «personas comprometidas en la transformación social», a quienes también llamó «Aquarian Conspirators» (conspiradores de Acuario). El siguiente párrafo parece más que interesante:
«Cuando se pidió a los encuestados que nombren los individuos cuyas ideas los habían influido, sea a través de un contacto personal o mediante sus escritos, los más nombrados fueron, en orden de frecuencia, Pierre Teilhard de Chardin, C. G. Jung, Abraham Maslow, Carl Rogers, Aldous Huxley, Roberto Assagioli y J. Krishnamurti. También aparecen mencionados frecuentemente: Paul Tillich, Hermann Hesse, Alfred North Whitehead, Martin Buber, Ruth Benedict, Margaret Mead, Gregory Bateson, Tarthang Tulku, Alan Watts, Sri Aurobindo, Swami Muktananda, D. T. Suzuki, Thomas Merton, Willis Harman, Kenneth Boulding, Elise Boulding, Erich Fromm, Marshall McLuhan, Buckminster Fuller, Frederic Spiegelberg, Alfred Korzybski, Heinz von Foerster, John Lilly, Werner Erhard, Oscar Ichazo, Maharishi Mahesh Yogi, Joseph Chilton Pearce, Karl Pribram, Gardner Murphy, y Albert Einstein»: The Aquarian Conspiracy. Personal and Social Transformation in Our Time, Los Ángeles (Tarcher) 1980, p. 50 (nota 1) y p. 434. (Trad. esp. La conspiración de Acuario. Transformaciones personales y sociales en este fin de siglo, Barcelona [Kairós] 1985).
[16] W.J. Hanegraaff, op. cit., p. 520.
[17] Comisión Teológica Irlandesa, A New Age of the Spirit? A Catholic Response to the New Age Phenomenon, Dublín 1994, capítulo 3.
[18] Cf. La estructura de las revoluciones científicas, México, FCE, 1995.
[19] Cf. Alessandro Olivieri Pennesi, Il Cristo del New Age. Indagine critica, Ciudad del Vaticano (Libreria Editrice Vaticana) 1999, passim, en particular las pp. 11-34. Véase también la sección 4.
[20] Es importante recordar la letra de esta canción
que se grabó rápidamente en las mentes de toda una generación,
tanto en Norteamérica como en Europa Occidental:
«Cuando la Luna esté en la Séptima Casa, y Júpiter se alinee con Marte, /
entonces la Paz guiará los Planetas, y el Amor orientará las Estrellas. /
Éste es el alba de la Era de Acuario... / Armonía y comprensión, simpatía y
confianza abundarán, / no habrá más falsedad o desdén: una vida dorada,
sueños de visiones, / revelación mística por cristales, y la auténtica
liberación de la mente. / Acuario... ».
[21] Paul Heelas, op. cit., p. 1ss. En agosto de 1978 el diario de la Berkeley Christian Coalition escribió: «Hace diez años, la espiritualidad “funky” de los hippies basada sobre las drogas y el misticismo de los maestros de yoga en occidente, estaban limitados a la contracultura. Hoy, ambas están insertas en la corriente dominante de nuestra mentalidad cultural. La ciencia, las profesiones de la salud, las artes, para no hablar de la sicología y la religión, están todas dedicadas a una radical reconstrucción de sus premisas básicas». Citado en Marilyn Ferguson, The Aquarian Conspiracy, op. cit., p. 370ss.
[22] Cf. Chris Griscom, Ecstasy is a New Frequency: Teachings of the Light Institute, New York (Simon & Schuster) 1987, p. 82.
[23] Véase el Glosario selecto de términos New Age, § 7.2.
[24] Cf. W. J. Hanegraaff, op. cit., capítulo 15 («The Mirror of Secular Thought»). El sistema de correspondencias es una clara herencia del esoterismo tradicional, pero asume un nuevo significado para cuantos siguen a Swedenborg (conscientemente o no). Mientras que en la doctrina esotérica tradicional cada elemento natural poseía dentro de sí la vida divina, para Swedenborg la naturaleza es un reflejo muerto del mundo espiritual viviente. Esta idea es central en la visión post-moderna de un mundo desencantado y de varios intentos por restituirle el encanto perdido. Madame Blavatsky rechazó las correspondencias mientras Jung relativizó enfáticamente la causalidad en favor de la cosmovisión esotérica basada sobre las correspondencias.
[25] W.J. Hanegraaff, op. cit., pp. 54-55.
[26] Cf. Reinhard Hümmel, «Reinkarnation», en Hans Gasper, Joachim Müller, Friederike Valentin (eds.), Lexikon der Sekten, Sondergruppen und Weltanschauungen. Fakten, Hintergründe, Klärungen, Friburgo-Basilea-Viena (Herder) 2000, pp. 886-893.
[27] [28] Michael Fuss, «New Age and Europe - A Challenge for Theology», en Mission Studies vol. VIII-2,16, 1991, p. 192.
[29] Ibid., p. 193.
[30] Ibid., p. 199.
[31] Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre algunos aspectos de la meditación cristiana Orationis Formas, 14. Cf. Gaudium et Spes, 19; Fides et Ratio, 22.
[32] W.J. Hanegraaff, op. cit., p. 448s. Los objetivos son citados según la versión definitiva (1896); las primeras versiones subrayaban la irracionalidad del «fanatismo» y la urgencia de promover una educación no sectaria. Hanegraaff cita la descripción que hace J. Gordon Melton de la religión de la Nueva Era como enraizada en la tradición «oculta-metafísica» (ibid., p. 455).
[33] W.J. Hanegraaff, op. cit., p. 513.
[34] Thomas M. King, s.j., «Jung and Catholic Spirituality», en America, 3 abril 1999, p. 14. El autor indica que los seguidores de la New Age «citan pasajes del I Ching, la astrología y el zen, mientras que los católicos citan pasajes relativos a la mística cristiana, a la liturgia y al valor sicológico del Sacramento de la Reconciliación» (p. 12). Lista también las personalidades e instituciones espirituales católicas claramente inspiradas y guiadas por la sicología de Jung.
[35] Cf. W. J. Hanegraaff, op. cit., p. 501ss.
[36] Carl Gustav Jung, Wandlungen und Symbole der Libido, citado en Hanegraaff, op. cit., p. 503.
[37] Sobre este punto cf. Michel Schooyans, L'Évangile face au désordre mondial, con un prefacio del Cardenal Joseph Ratzinger, París (Fayard) 1997.
[38] Citado en The True and the False New Age. Introductory Ecumenical Notes, de la Comunidad Maranatha, Manchester (Maranatha), 8/10/1993.
[39] Michel Lacroix, L'Ideologia della New Age, Milán (Il Saggiatore) 1998, p. 84ss.
[40] Cf. la sección dedicada a las ideas de David Spangler en Actualité des Religions nº 8, setiembre 1999, p. 43.
[41] M. Ferguson, op. cit., p. 407.
[42] Ibid., p. 411.
[43] «Ser americano... significa precisamente imaginar un destino más que heredarlo. Somos siempre habitantes del mito más que de la historia»: Leslie Fiedler, citado en M. Ferguson, op. cit. p. 142.
[44] Cf. P. Heelas, op. cit., p. 173ss.
[45] David Spangler, The New Age, Issaquah (Mornington Press) 1988, p. 14.
[46] P. Heelas, op. cit., p. 168.
[47] Véase el prefacio a Michel Schooyans, L'Évangile face au désordre mondial, op. cit. Cita traducida de la edición italiana Il nuovo disordine mondiale, Cinisello Balsamo (San Pablo) 2000, p. 6.
[48] Cf. Our Creative Diversity. Report of the World Commision on Culture and Development, París (UNESCO) 1995, que ilustra la importancia asignada a la celebración y promoción de la diversidad.
[49] Cf. Christoph Bochinger, «New Age» und moderne Religion: Religionswissenschaftliche Untersuchungen, Güttersloh (Kaiser) 1994, en particular el capítulo 3.
[50] Las limitaciones de estas técnicas, que no pueden ser consideradas como oración, se discuten más adelante en § 3.4, «Mística cristiana y mística Nueva Era».
El presente documento mantiene los derechos de sus autores y se ofrece instar manuscripti para su divulgación. Versión comparada con los originales italiano e inglés para uso interno de El Movimiento de la Palabra de Dios, y depurada dentro de lo posible de errores de tipeo o traducción. Para facilitar su lectura las citas bíblicas se tomaron de El Libro del Pueblo de Dios.