Capítulo I
¿QUÉ TIPO DE REFLEXIÓN?

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1.1 ¿Por qué ahora?
1.2 La era de las comunicaciones 
1.3 El contexto cultural 
1.4 La Nueva Era y la fe católica
1.5 Un desafío positivo

 

Las siguientes reflexiones tienen por objeto orientar a los encargados de la predicación del Evangelio y la enseñanza de la fe en la Iglesia, en todos los niveles. Este documento no pretende ofrecer un conjunto exhaustivo de respuestas a los numerosos interrogantes suscitados por la Nueva Era o por otros signos contemporáneos de la perenne búsqueda humana de felicidad, sentido y salvación. Es una invitación a comprender esta corriente cultural y a entablar un diálogo auténtico con quienes se ven influidos por sus ideas. El documento ayuda a los agentes de pastoral a comprender y responder a la espiritualidad de la Nueva Era, ilustrando los puntos donde dicha espiritualidad contrasta con la fe católica y refutando las posturas propugnadas por los pensadores de la Nueva Era que se oponen a la fe cristiana.

Lo que se exige de los cristianos es, ante todo y sobre todo, estar fundamentados firmemente en su fe. Sobre esta sólida base, pueden construir una vida que responda positivamente a la invitación de la primera carta de san Pedro: «estén siempre dispuestos a defenderse delante de cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen. Pero háganlo con suavidad y respeto, y con tranquilidad de conciencia» (1° Pe 3,15-16).

1.1 ¿Por qué ahora?

El comienzo del tercer milenio no sólo llega dos mil años después del nacimiento de Jesús, sino también en una época en que los astrólogos creen que la Era de Piscis, que conocen como la era cristiana, está llegando a su fin. Estas reflexiones se refieren a la Nueva Era (New Age), que recibe su nombre de la inminente era astrológica de Acuario. La Nueva Era es una de las tantas explicaciones de lo significativo de este momento histórico que bombardean la cultura contemporánea (en particular la occidental), y resulta difícil ver con claridad qué es compatible con el mensaje cristiano y qué no. Por eso parece que éste es el momento oportuno para ofrecer una valoración cristiana del pensamiento de la Nueva Era y del movimiento de la Nueva Era como conjunto.

Se ha dicho, bastante acertadamente, que en estos días muchos oscilan entre la certeza y la incertidumbre, especialmente en lo que se refiere a su identidad [1]. Algunos dicen que la religión cristiana es patriarcal y autoritaria, que las instituciones políticas son incapaces de mejorar el mundo, y que la medicina tradicional (alopática) no logra curar eficazmente a la gente. El hecho de que los que una vez fueron elementos centrales de la sociedad se perciban actualmente como indignos de confianza o carentes de verdadera autoridad, ha creado un clima en el que la gente dirige su mirada hacia el interior, hacia sí misma, en busca de sentido y de fuerza. Existe también una búsqueda de instituciones alternativas, en la esperanza de que puedan satisfacer sus necesidades más profundas. La vida caótica o desestructurada de las comunidades alternativas de los años '70 ha ido dando paso a una búsqueda de disciplina y de estructuras, que son claramente elementos clave de los popularísimos movimientos «místicos». La Nueva Era es atrayente sobre todo porque mucho de cuanto ofrece satisface aspiraciones con frecuencia insatisfechas por las instituciones establecidas.

Aunque gran parte de la Nueva Era es una reacción frente a la cultura contemporánea, en muchos aspectos se revela hija de esa misma cultura. El Renacimiento y la Reforma han plasmado al individuo occidental moderno, que no se siente agobiado por cargas externas como la autoridad meramente extrínseca y la tradición.

Hay muchos que sienten cada vez menos necesidad de «ser parte de» alguna institución (y sin embargo la soledad sigue siendo una verdadera plaga de la vida moderna), y no se inclinan a someterse a juicios «oficiales» por encima del suyo propio. Con este culto del hombre, la religión se ve reorientada a la esfera íntima, lo que prepara el terreno para una celebración de la sacralidad del yo. Por eso la Nueva Era comparte muchos de los valores propugnados por la cultura de la empresa y el «Evangelio de la prosperidad» (de los que se hablará en la sección 2.4), y también por la cultura consumista, cuya influencia se manifiesta claramente en el número cada vez mayor de personas que afirman que es posible mezclar el cristianismo y la Nueva Era, tomando lo que les parece lo mejor de cada uno [2]. Vale la pena recordar también que las desviaciones dentro del cristianismo han superado el teísmo tradicional, aceptando una vuelta unilateral al Yo, y esto ha alentado tal confusión de perspectiva. Lo importante es observar que, en ciertas prácticas de la Nueva Era, Dios queda reducido con el fin de promover el desarrollo del individuo.

La Nueva Era atrae a personas imbuidas de los valores de la cultura moderna. La libertad, la autenticidad, la autosuficiencia y otros valores similares se consideran sagrados. Atrae a cuantos tienen problemas con la sociedad patriarcal. «No requiere más fe que la necesaria para ir al cine» [3], y sin embargo pretende saciar las aspiraciones espirituales del hombre. Pero, y aquí se plantea la cuestión central: ¿qué se entiende por espiritualidad en el ambiente de la Nueva Era? La respuesta es clave para develar algunas de las diferencias entre la tradición cristiana y gran parte de lo que puede llamarse Nueva Era. Algunas versiones de la Nueva Era dominan las fuerzas de la naturaleza y buscan comunicarse con otros mundos para descubrir el destino de los individuos, ayudándoles a sintonizarse sobre la frecuencia adecuada para obtener lo mejor de sí y de sus circunstancias. En la mayoría de los casos, resulta completamente fatalista. El cristianismo, en cambio, es una invitación a dirigir la mirada hacia el exterior, al otro, al «Nuevo Adviento» del Dios que nos llama a vivir el diálogo del amor [4].

1.2 La era de las comunicaciones

En los últimos años, la revolución tecnológica en las comunicaciones ha creado una situación totalmente nueva. La facilidad y la velocidad con que hoy podemos comunicarnos es una de las razones por las que la Nueva Era ha captado la atención de gente de toda edad y formación, confundiendo también a muchos discípulos de Cristo que no están seguros de qué es en realidad. La Internet, en particular, se ha hecho enormemente influyente, sobre todo entre los más jóvenes, que la consideran un modo fascinante y afín a ellos de obtener información.

No obstante, es un cambiante vehículo de equívocos sobre muchísimos aspectos de la religión: no se puede confiar en que todo lo que allí se presenta como «cristiano» o «católico» refleje la enseñanza de la Iglesia Católica y, al mismo tiempo, existe una notable difusión de fuentes de la Nueva Era que van desde lo serio a lo ridículo. La gente necesita y tiene derecho a información confiable sobre las diferencias entre el cristianismo y la Nueva Era.

1.3 El contexto cultural

Examinando varias tradiciones de la Nueva Era rápidamente aparece en claro que, de hecho, hay poco de nuevo. El nombre parece haberse difundido entre los rosacruces y la masonería, en tiempos de las revoluciones francesa y norteamericana, pero la realidad que denota es una variante contemporánea del esoterismo occidental. Este último se remonta a los grupos gnósticos surgidos en los primeros tiempos del cristianismo, y que se afianzaron en Europa en el período de la Reforma. Se fue desarrollando paralelamente a las nuevas visiones científicas del mundo y adquirió una justificación racional en los siglos dieciocho y diecinueve.

Se caracteriza por el progresivo rechazo de un Dios personal y por centrarse en otras entidades que en el cristianismo tradicional a menudo actúan de intermediarios entre Dios y la humanidad, con adaptaciones cada vez más originales de estas últimas y la introducción de otras.

Una poderosa corriente de la cultura occidental moderna, que ha contribuido a difundir las ideas de la Nueva Era, es la aceptación general de la teoría evolucionista de Darwin.

Esta última, junto con la atención puesta en los poderes espirituales o fuerzas ocultas de la naturaleza, ha constituido la columna vertebral de mucho de lo que hoy se conoce como teoría de la Nueva Era.

En realidad, la Nueva Era ha tenido un notable grado de aceptación porque la cosmovisión en la que se basa ya era ampliamente aceptada. El terreno estaba bien preparado por el crecimiento y la difusión del relativismo y de la antipatía o indiferencia hacia la fe cristiana.

Más aún, ha habido un vivo debate sobre si y en qué sentido se puede calificar la New Age como un fenómeno posmoderno. La existencia misma y el fervor del pensamiento y de las prácticas de la Nueva Era testimonian las inextinguibles aspiraciones del espíritu humano hacia la trascendencia y el sentido religioso, que no es sólo un fenómeno cultural contemporáneo, sino que ya era evidente en el mundo antiguo, tanto cristiano como pagano.

1.4 La Nueva Era y la fe católica

Aún admitiendo que la religiosidad Nueva Era de algún modo responde al legítimo anhelo espiritual de la naturaleza humana, se debe reconocer que intenta hacerlo oponiéndose a la revelación cristiana. En particular en la cultura occidental, la fascinación ejercida por los enfoques «alternativos» a la espiritualidad es muy fuerte. Por un lado, entre los católicos se han difundido nuevas formas de afirmación sicológica del individuo, aún en casas de retiro, seminarios e institutos de formación para religiosos. Por otra parte, existe una creciente nostalgia y curiosidad por la sabiduría y los rituales antiguos, lo cual es una de las razones del notable incremento en la popularidad del esoterismo y del gnosticismo. Muchos se sienten particularmente atraídos por lo que se conoce, bien o mal, como la «espiritualidad celta» [5], o por las religiones de pueblos antiguos. Los libros y cursos sobre espiritualidad y sobre religiones antiguas u orientales son un negocio en fuerte expansión, y por motivos comerciales son etiquetados como Nueva Era. Pero los vínculos con dichas religiones no siempre están claros y de hecho muchas veces se niegan.

Un discernimiento cristiano adecuado del pensamiento y de las prácticas de la Nueva Era no puede desconocer que, como en el gnosticismo de los siglos segundo y tercero, representa una especie de compendio de posturas que la Iglesia ha identificado como heterodoxas. Juan Pablo II ha alertado sobre el «renacimiento de las antiguas ideas gnósticas en la forma de la así llamada Nueva Era. No debemos engañarnos pensando que esto pueda llevar a una renovación religiosa. Es solamente un nuevo modo de practicar la gnosis, es decir, esa actitud del espíritu que, en nombre de un profundo conocimiento de Dios, termina por tergiversar su Palabra sustituyéndola por palabras que son solamente humanas. El gnosticismo nunca se retiró completamente del ámbito del cristianismo, y siempre ha convivido con él, a veces bajo la forma de corrientes filosóficas, pero más frecuentemente con modalidades religiosas o pararreligiosas, en decidido si no declarado conflicto con todo lo que es esencialmente cristiano» [6]. Se puede ver un ejemplo en el eneagrama, un instrumento para el análisis del carácter según nueve tipos, el cual, cuando se utiliza como medio de crecimiento espiritual, introduce ambigüedad en la doctrina y en la vivencia de la fe cristiana.

1.5 Un desafío positivo

No se debe subestimar la fascinación de la Nueva Era. Cuando el conocimiento de los contenidos de la fe cristiana es débil, hay quienes erróneamente pueden sostener que la religión cristiana no es capaz de inspirar una profunda espiritualidad, y así son tentados a buscar en otra parte. A decir verdad, algunos dicen que la Nueva Era ya está pasando, y hablan de la era siguiente o «next Age» [7]. Se refieren a una crisis que comenzó a manifestarse en los Estados Unidos a principios de los '90, pero admiten que, en particular fuera del mundo anglófono, tal «crisis» puede llegar después. Sin embargo, las librerías, las emisoras de radio, y la multitud de grupos de auto-ayuda surgidos en numerosas ciudades occidentales, parecen contar otra historia. Parece que, al menos por el momento, la Nueva Era sigue estando bien viva y es parte del actual panorama cultural.

El éxito de la Nueva Era lanza un desafío a la Iglesia. Muchos sienten que la religión cristiana ya no les ofrece —o tal vez nunca les ha dado— lo que verdaderamente necesitaban. La búsqueda que con frecuencia conduce a una persona a la Nueva Era es un anhelo auténtico de una espiritualidad más profunda, de algo que les toque el corazón, de una manera de darle sentido a un mundo confuso y muchas veces alienante.

Hay algo de positivo en las críticas que la Nueva Era hace al «materialismo de la vida diaria, de la filosofía e incluso de la medicina y la siquiatría; al reduccionismo que rechaza tener en cuenta las experiencias religiosas y sobrenaturales; a la cultura industrial del individualismo desenfrenado, que enseña el egoísmo y se despreocupa de los demás, del futuro y del medio ambiente» [8]. Los problemas que plantea la Nueva Era nacen más bien de lo que propone como respuestas alternativas a las cuestiones existenciales.

Si no queremos que la Iglesia sea acusada de permanecer sorda a los anhelos de los hombres, sus miembros deben hacer dos cosas: enraizarse todavía más sólidamente en los fundamentos de su fe, y escuchar el grito, a menudo silencioso, que se eleva del corazón de los hombres y que, si no es atendido por la Iglesia, los lleva a alejarse.

En todo ello también hay un llamado a unirse más íntimamente a Jesucristo y a estar dispuestos a seguirlo, porque Él es el verdadero camino hacia la felicidad, la verdad sobre Dios y la plenitud de vida para todo hombre y mujer capaz de responder a su amor.



NOTAS

[1] Paul Heelas, The New Age Movement. The Celebration of the Self and the Sacralization of Modernity, Oxford (Blackwell) 1996, p. 137. 

[2] Cf. P. Heelas, op. cit., p. 164ss. 

[3] Cf. P. Heelas, op. cit., p. 173. 

[4] Cf. Juan Pablo II, carta encíclica Dominum et Vivificantem (18 de mayo de 1986), 53. 

[5] Cf. Gilbert Markus o.p., «Celtic Schmeltic», (1) en Spirituality, vol. 4, Noviembre-Diciembre 1998, Nº 21, p. 379-383; (2) en Spirituality, vol. 5, Enero- Febrero 1999, Nº 22, p. 57-61. 

[6] Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, Barcelona (Plaza & Janés) 1994, p. 99. 

[7] Cf. especialmente Massimo Introvigne, New Age & Next Age, Casale Monferrato (Piemme) 2000. 

[8] M. Introvigne, op. cit., p. 267.  


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