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Aquel viernes santo de 1983 me acerqué al confesionario (el primero de la derecha) del templo de la Medalla Milagrosa. Para entonces tenía 16 años y habían pasado alrededor de tres sin confesarme. No sé muy bien por qué decidí hacerlo, porque sentía como siempre, vergüenza e indignidad para acercarme a Dios, mezcladas con momentos de "angustia existencial"; y la sensación de un gran peso sobre mis espaldas interiores. Aquel viernes el cura me recibió con una sonrisa franca, me escuchó, no hizo demasiadas preguntas, me dio la absolución y recuerdo que palmeándome, me dijo: "¡Arriba!". Aquel viernes santo me puse de pie. Mi vida se puso de pie. Sentí que mi cuerpo pesaba la mitad. Creo que nunca había registrado qué es sentir alegría, gozo interior, libertad. Una sonrisa incontenible se dibujó en mi cara y quería saludar a todos. De veras me había puesto de pie... Aquel cura había estado allí, en medio, entre la Misericordia entrañable y mi historia. Aquel cura nunca supo lo que esos tres o cuatro minutos significaron para el pasado y el futuro de mi vida. ¡Dios lo bendiga! "Alguien" a quien todavía no conocía bien, me había puesto de pie. Ese Alguien aligeró mi carga, perdonó mis pecados y me liberó de la angustia y el sin sentido. A los pocos días, esta vez con la complicidad de mi hermana Graciela, ese "Alguien", a quien aprendí a llamar Padre, me tenía preparada una comunidad, la oración espontánea, su Palabra que le hablaba a mi vida... |
Y ese Padre me tenía preparada —de nuevo a pesar de mi vergüenza e indignidad—, el llamado a ser instrumento de la reconciliación. ¡Qué noticia! ¡Qué alegría para mí! El Señor me ofrecía el privilegio de aquel curita: estar en el medio del milagro, en medio de la mismísima Misericordia. Frente al hermano que se acerca a pedir la reconciliación no existe nadie más, sólo ese hermano, esa hermana. Mi corazón de sacerdote está ahí entero, totalmente presente. Y también está allí mi corazón de hijo, aquel del '83, éste del '99, que conoce bien en qué barro es capaz de andar. De veras, no conozco otra fiesta igual. Percibo en esos minutos, mientras mi hermano se confiesa, la mirada tierna del Padre que desde "cuando todavía estaba lejos" lo venía siguiendo. Y cómo sus brazos se ensanchan para encontrarlo y abrazarlo. "Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con Él por intermedio de Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque es Dios —el Padre— el que estaba en Cristo crucificado, reconciliando al mundo consigo, no teniendo en cuenta los pecados de los hombres, y confiándonos la palabra de la reconciliación. Por eso, les suplicamos en nombre de Cristo: Déjense reconciliar con Dios" (2° Cor 5,18-20). |
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© El Movimiento de la Palabra de Dios, una comunidad pastoral y discipular católica. Este documento fue inicialmente publicado por su Editorial de la Palabra de Dios y puede reproducirse a condición de mencionar su procedencia.