III. Distinciones y criterios |
|
|
La última parte de esta exposición es por lo tanto plantear la pregunta sobre los criterios para el discernimiento. Para poder responder bien a esta pregunta, primero tendríamos que definir un poco más precisamente el término «movimiento», y quizás incluso intentar una clasificación de movimientos. Claramente, todo esto está más allá del alcance del documento. Deberíamos también guardarnos de una definición demasiado estricta, porque el Espíritu Santo siempre tiene preparadas sorpresas, y sólo retrospectivamente somos capaces de reconocer que, a pesar de su gran diversidad, los movimientos tienen una esencia común. Sin embargo, como contribución preliminar a la clarificación de la terminología, quisiera muy brevemente distinguir tres diversos tipos de movimiento, que se pueden observar por lo menos en la historia reciente. Los llamaría movimientos, corrientes y las acciones. Al movimiento litúrgico de la primera mitad de este siglo, como también al movimiento mariano que ha estado ganando creciente prominencia en la Iglesia desde el siglo XIX, no los caracterizaría como movimientos, sino como corrientes. Estas corrientes pueden haber adquirido posteriormente forma concreta en movimientos específicos tales como la Congregación Mariana o las varias asociaciones de la juventud católica, pero se extendieron claramente más allá de ellas. Los petitorios, o las campañas para reunir firmas, pidiendo por un cambio en la enseñanza o la práctica de la Iglesia, que hoy se están convirtiendo en costumbre, no se pueden describir como movimientos, sino como acciones. El despertar franciscano en el siglo XIII proporciona probablemente el caso más claro de qué es un movimiento: los movimientos generalmente derivan su origen de un líder carismático y se configuran en comunidades concretas, inspiradas por la vida de su fundador; procuran vivir el Evangelio a fondo, en su totalidad, y reconocen sin vacilación a la Iglesia como la raíz de su vida sin la cual no podrían existir [22]. Este intento de encontrar una cierta clase de definición de qué constituye un movimiento eclesial es sin ninguna duda muy insatisfactoria. Pero nos ayuda a aislar un número de criterios que pueden, por así decirlo, tomar el lugar de una definición. El criterio esencial ya ha emergido espontáneamente: es el arraigo en la fe de la Iglesia. Quien no comparte la fe apostólica, no puede decir que ejerce una actividad apostólica. Puesto que hay una sola fe para toda la Iglesia, y puesto que esta fe es de hecho la causa de su unidad, se deduce que la fe apostólica es inseparable del deseo de unidad, la voluntad de ser incorporado en la comunidad viviente de toda la Iglesia, el deseo, bien concretamente, de estar de pie junto a los sucesores de los Apóstoles y del sucesor de Pedro, que lleva la responsabilidad de la interacción armoniosa entre la Iglesia local y la Iglesia universal como el único pueblo de Dios. Si la dimensión «apostólica» es aquella en la cual los movimientos encuentran su lugar en la Iglesia, entonces en cada período debe ser fundamental para ellos el deseo de llevar una vida apostólica. La renuncia a la propiedad, el celibato, el abandono de cualquier tentativa de imponer su propia imagen de la Iglesia, en suma, la obediencia en el seguimiento de Cristo, han sido considerados en todas las épocas como los elementos esenciales de la vida apostólica. Por supuesto que éstos no se pueden aplicar indistintamente a todos los participantes de un movimiento, pero forman, aunque de diversas maneras, puntos de referencia para la vida personal. La vida apostólica, a su vez, no es un fin en sí mismo, sino que crea libertad para el servicio. La vida apostólica llama a la actividad apostólica. El primer lugar se da —también de diversas maneras— al anuncio del Evangelio como el elemento misionero por excelencia. En el seguimiento de Cristo la evangelización es siempre principalmente evangelizare pauperibus, anunciar el Evangelio a los pobres. Pero esto nunca sucede solamente de palabra; la caridad, que es su fuente interior, el manantial a la vez de su verdad y su acción, tiene que ser vivida y así convertirse en proclamación. Es por eso que el servicio social, en cualquiera de sus formas, está siempre unido a la evangelización. Todo esto presupone —principalmente gracias a la fuerza y a la inspiración del carisma original— un encuentro profundo y personal con Cristo. Llegar a ser una comunidad, y la edificación de la comunidad, no excluye la dimensión personal, sino que la exige. Solamente cuando la persona es conmovida y penetrada por Cristo hasta las profundidades de su ser, pueden otros también ser tocados en su ser íntimo; sólo entonces puede haber reconciliación en el Espíritu Santo; sólo entonces puede construirse una verdadera comunidad. Dentro de esta estructura cristológica-pneumatológica y existencial básica, puede existir una gran variedad de acentuaciones y de énfasis, en los cuales el cristianismo se renueva incesantemente y el espíritu de la Iglesia rejuvenece continuamente «como la juventud del águila» (cf. Sal 103,5). Aquí aparecen con claridad tanto los peligros como los caminos de superación que existen en los movimientos. La unilateralidad amenaza por la sobreacentuación de la misión específica que emerge en un período particular o con un carisma particular. Que el despertar espiritual que da lugar a un movimiento se experimente no como una de las muchas formas de vida cristiana, sino como una respuesta a lo que se percibe como el Evangelio en su totalidad, puede conducir a absolutizar el propio movimiento. Pasa a ser identificado con la Iglesia misma, termina siendo entendido como el único camino para todos, cuando en realidad este único camino puede tomar y se da a conocer en una variedad de formas. |
Es casi inevitable, por lo tanto, que la vitalidad y la totalidad de la experiencia carismática original nazcan constantemente conflictos con la comunidad local, un conflicto en el que ambas partes pueden estar en falta, y ambas pueden ser espiritualmente sacudidas. Las Iglesias locales pudieron haber entrado en un tipo de vida conformista con el mundo; la sal puede perder su sabor, una situación que Kierkegaard describió con hiriente crudeza en su crítica del cristianismo. Incluso si el apartamiento de las demandas radicales del Evangelio no ha alcanzado el punto que provocó la denuncia de Kierkegaard, la irrupción de lo nuevo no obstante se experimenta como una ruptura, especialmente cuando es acompañado, como sucede con frecuencia, por caprichos infantiles y absolutizaciones erróneas de todo tipo. Ambas partes deben dejarse educar por el Espíritu Santo y también por sus superiores eclesiásticos. Ambas deben aprender el olvido de sí mismos, sin el cual no es posible el consenso interior a la multiplicidad de formas en las cuales se vive la fe. Ambas partes deben aprender una de la otra, dejarse purificar, soportarse, y descubrir cómo alcanzar esos dones espirituales de los que habla Pablo en su gran himno al amor (cf. 1 Cor 13,4-7). Los movimientos necesitan que les recuerden que, aunque en su camino hayan encontrado y transmitido la totalidad de la fe, son un regalo a la Iglesia entera, y debe someterse a las demandas de esta totalidad, para ser fieles a su propia esencia [23]. Pero las Iglesias locales, también, incluso los obispos, deben ser recordadas que deben evitar cualquier uniformidad de organizaciones y de programas pastorales. No deben transformar sus propios planes pastorales en el criterio de lo que el Espíritu Santo tiene permitido hacer: una obsesión con la planificación podría dejar a las Iglesias impermeables a la acción del Espíritu Santo, al poder de Dios por el cual viven [24]. No todo debe caber en el estrecho molde de una sola organización uniforme; ¡lo que se necesita es menos organización y más espíritu! Sobre todo debe rechazarse un concepto de comunión en el que el valor pastoral supremo sea evitar el conflicto. La fe sigue siendo una espada y puede exigir el conflicto por el bien de la verdad y del amor (cf. Mt 10,34). Un concepto de unidad de la Iglesia donde a priori se descartan los conflictos como polarización, y donde la paz interna se logra al precio de la renuncia a la totalidad del testimonio, demostraría rápidamente ser ilusorio. En último análisis, lo que necesita establecerse no es una cierta actitud de superioridad intelectual que inmediatamente califica el celo de aquellos animados por el Espíritu Santo y fe desinhibida con el anatema del fundamentalismo, y solamente autoriza una fe en la cual los "si" y los "peros" sean más importantes que la sustancia de lo que se cree. En último análisis, cada uno debe dejarse medir por la unidad de la única Iglesia, que sigue siendo una en todas las Iglesias locales y como tal aparece una y otra vez en los movimientos apostólicos. Las Iglesias locales y los movimientos apostólicos deben reconocer y aceptar constantemente la verdad simultánea de dos proposiciones: ubi Petrus, ibi ecclesia, y ubi episcopus, ibi ecclesia. El primado y el episcopado, el sistema eclesial local y los movimientos apostólicos, se necesitan mutuamente. El primado solamente puede vivir con y a través de un episcopado vivo, el episcopado solamente puede preservar su unidad dinámica y apostólica en unión permanente con el primado. Donde uno de los dos se debilita, sufre toda la Iglesia. Después de todas estas reflexiones y consideraciones, en definitiva lo que debe permanecer es sobre todo una sensación de gratitud y la alegría. Gratitud de que el Espíritu Santo está actuando muy fuertemente en la Iglesia y también en nuestro tiempo está prodigando nuevos dones en ella, dones mediante los cuales ella vuelve a vivir la alegría de su juventud (cf. Sal 42,4 Vulgata). Gratitud por tantas personas, jóvenes y mayores, que aceptan la llamada de Dios y sin mirar atrás se lanzan alegremente al servicio del Evangelio. Gratitud por los obispos que se abren a los nuevos movimientos, crean espacio para ellos en sus Iglesias locales, tratan pacientemente con ellos para superar toda unilateralidad y conducirlos a la forma correcta. Y sobre todo, en este lugar y en este tiempo, agradezcamos al papa Juan Pablo II. Él nos sobrepasa a todos en su capacidad de entusiasmo, en su fuerza de rejuvenecimiento interior surgido de la fe, en su discernimiento de espíritus, en su lucha humilde y valerosa por la plenitud de los servicios a causa del Evangelio, y en su unidad con los obispos del mundo entero: una unidad basada en la buena voluntad de escuchar y de enseñar. Él nos conduce a todos a Cristo. Cristo vive, y envía al Espíritu Santo desde el Padre, que es la experiencia alegre y vivificante que nos es dada por el encuentro con los movimientos eclesiales de nuestro tiempo. |
|
† Kardinal Joseph RATZINGER Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe |
[22] Para una definición de la esencia de los movimientos es provechoso A. Cattaneo, I movimenti ecclesiali: aspetti ecclesiologici, Annales Theologici 2 (1997): 401-427, esp. 406-409.
[23] Ver Cattaneo, I movimenti ecclesiali, 423-425.
[24] El tema lo plantea insistentemente Cattaneo, I movimenti ecclesiali, 413-414 y 417.
Este documento se ofrece instar manuscripti para su divulgación. Es una copia de trabajo para uso interno de El Movimiento de la Palabra de Dios, y ha sido depurada dentro de lo posible de errores de tipeo o traducción.